Secretos de una doble vigencia política afincada en la grieta. Los motivos de la nostalgia. Escenarios posibles. Ella y Alberto; él, entre halcones y palomas.
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Némesis: 1. f. Castigo fatal que restablece un orden anterior. A Edipo le llegó su némesis en Tebas. / 2.f. Persona enfrentada a otra o enemiga suya. Era su enemigo mortal, su némesis.
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A Cristina Kirchner y a Mauricio Macri les cabe como a pocos el apelativo de "némesis". Y es así por partida doble. Por un lado, porque su persistencia en la política argentina se explica en que, para sus incondicionales, nada de lo que vino después los ha superado y las crisis recurrentes aconsejan un retorno a un pasado que recuerdan como mejor. Por el otro, porque son enemigos políticos jurados, las dos caras de la moneda de la grieta, recurso que sigue dando réditos y al que –por algo será– las dos principales alianzas nacionales juegan sus fichas en los cierres de campaña. Así las cosas, en una coyuntura que no sale del oxímoron de la "crisis permanente", los –no tan– nuevos referentes decididos a jubilarlos suenan un tanto osados.
Los ejercicios contrafácticos gozan de una mala fama inmerecida. Es claro que no es posible fundar un juicio en lo que alguien supone que podría haber pasado, pero que en rigor no sucedió. Sin embargo, aquellos son útiles para preguntarse si un determinado estado de cosas es un producto inevitable. Tanto en el caso de ella como en el de él, lo hipotético puede brindar las claves de una permanencia que sus respectivos detractores no logran explicarse.
Comencemos con uno de esos ejercicios. Alberto Fernández asume el 10 de diciembre de 2019 y la pandemia sobre la que advierte Bill Gates no se concreta; el fundador de Microsoft es el hazmerreír del mundo. Martín Guzmán renegocia exitosamente la deuda con los acreedores privados, con el Club de París y, finalmente, con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La economía comienza a rebotar desde el subsuelo en que la había dejado Macri, la inflación inicia una suave declinación desde el 53,8% heredado, los ingresos de la población se recuperan razonablemente, el nuevo presidente escucha consejos, comunica lo justo y necesario y cumple con su rol de mostrar el rostro dialoguista del peronismo. Llegada la elección de mitad de mandato, su imagen positiva supera a la negativa y Cristina, la king maker de 2019, se mantiene en un prudente segundo plano. El mal desempeño electoral de 2017 le permite al peronismo reunificado ganar la decena de bancas que le faltaba para tener cuórum en Diputados y, desde ya, mantener su cómoda mayoría en el Senado. La reelección en 2023 cae de madura.
Un mayor protagonismo de la vicepresidenta depende de la concreción de una hipótesis: la de la primera acepción de "némesis", esto es el "castigo fatal que restablece un orden anterior". Las encuestas conocidas no resultan demasiado fiables dado el nivel de indecisión demasiado elevado que han debido proyectar. Sin embargo, si lo que muchas han vaticinado, esto es un voto nacional del orden del 35% para el oficialismo en las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del domingo, el Frente de Todos volvería a depender, básicamente, del voto duro cristinista. Retrocedería, de algún modo, a la condición de Unidad Ciudadana y el señalado por eso sería, inevitablemente, el principal responsable de la administración del país.
En tal caso, no es difícil imaginar a Cristina Kirchner diciendo algo más que "ordená todo lo que haya que ordenar" y poniéndose mucho más al hombro la campaña hacia la elección de noviembre. Y, junto con eso, claro, tomando un altavoz todavía más potente que el actual para marcar el paso en asuntos cruciales de la acción de gobierno. A futuro, ¿podría haber acaso algo más que eso? Si la fragmentación del voto dejara de ser un lujo de comicios de mitad de mandato para instalarse como rasgo del sistema político, tal vez. Una reedición en 2023 del escenario de 2003, digamos.
Es curioso: si Macri es un collar de melones, ¿por qué simplemente no lo jubilan?
La ambigüedad del trato que el larretismo le da al expresidente surge de la propia condición ambigua de este ante la sociedad. A igual que Cristina Kirchner, registra un saldo negativo de su imagen, pero aun así la positiva sigue siendo relevante. Además, mientras Larreta y María Eugenia Vidal enfrentan reproches del ala talibán del electorado opositor –"¿por qué no dijeron nada en estos dos años de avasallamiento populista?"– y mientras Patricia Bullrich se anota en el reality show "Yo quiero ser el Bolsonaro argentino", Macri sigue representando una expresión eficaz, por lo unificadora, de las diversas alas del antiperonismo de la Argentina. Cuando se piensa en ello, ¿no sigue resultando algo sorprendente que se haya retirado del poder con el 40,28% de los votos a pesar del caos económico y social en el que terminó su mandato?
Macri vive de la ambigüedad: su libro Segundo Tiempo hizo pensar en un plan para relanzarse en 2023, pero a la vez alienta a todos “los curas que quieran ser papa". ¿Imaginará algún escenario en el que halcones y palomas –cuantos más sean, mejor– se desgarren a picotazos y en el que él, una vez más, emerja como la figura del consenso posible? La némesis, en su primera acepción, también tiene su lugar en las especulaciones que se trazan en la interna antiperonista.
Muchos dicen que son el pasado y que las sociedades se mueven siempre hacia adelante. Lo que no se explica es que, para que eso ocurra, el futuro tiene que lucir mínimamente seductor, por más controvertido que sea lo viejo.
¿Será la Argentina, con su infinita crisis a cuestas, la tierra del eterno retorno?