14|10|2021

El precio de la torpeza

15 de agosto de 2021

15 de agosto de 2021

Fernández y #LaFoto de la campaña. Costos para el Gobierno y para el país. Elecciones, rumbo y sucesión. Cristina y el plan Axel. ¿El huevo de la serpiente?

Equivocarse no es el peor pecado que se puede cometer. Más grave es persistir en el error. Sin embargo, el placer que encuentra el oficialismo en ametrallarse los pies hizo que ese fuera, justamente, el reflejo del Gobierno como un todo y, en particular, del propio Alberto Fernández tras la difusión de la foto que lo muestra violando, en julio del año pasado, la cuarentena estricta que él mismo había impuesto por decreto en las zonas del país más afectadas por la pandemia, las que, claro, incluían la quinta de Olivos. Si, por autodestructiva que sea, aquella inclinación no puede evitarse, lo mismo cabe decir sobre sus consecuencias, que amenazan en este caso con ser variadas y profundas.

 

Con independencia de la moralina sobreactuada, las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12 de septiembre, así como las elecciones legislativas del 14 de noviembre, están demasiado cerca. ¿Habrá tiempo para taparle el agujero al bote?

 

La imagen de Fernández, que no es precisamente la de julio de 2020, sufrirá más en el corto plazo. Muchos de quienes miran la foto filtrada ven en ella a un hombre que se puso por encima de la ley, para peor, de una que él mismo había dictado. Alguien que, mientras se daba esos permisos, amenazaba además con descargar el peso de las fuerzas de seguridad y del Código Penal encima de violadores de la cuarentena a quienes, además, trataba de “idiotas”.

 

Asimismo, la pose del festejo contrasta demasiado con el clima lúgubre de la época, con el encierro de tanta gente, con las estrecheces que implicó el no poder siquiera ir a trabajar y, tiempo después, con un saldo luctuoso para decenas de miles de familias.

 

Si fuera un hecho aislado, sería otro cantar, pero el Gobierno ya había quedado tocado en su credibilidad por el llamado “vacunatorio VIP” y por repetidas demostraciones públicas del poco apego del Presidente a las recomendaciones de distanciamiento interpersonal y uso del barbijo.

 

En relación con la mencionada persistencia en el error, cabe recordar que inicialmente, cuando la oposición ya olía sangre pero aún no atinaba a acertarle al blanco y se enredaba en el machismo y la obsesión con el sexo, Fernández había negado haber mantenido reuniones en Olivos por fuera de sus deberes. Cuando la difusión de la foto hizo inviable ese atajo, el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, admitió que "se cometió un error, (que) no debería haber pasado, (que) estuvo mal". Hasta ahí, era lo mejor que podía decirse, pero enseguida el funcionario se despachó con una serie de críticas a una oposición que se escandaliza ahora, pero que en su momento socavó la cuarentena con manifestaciones permanentes. Por más que haya verdad en ese señalamiento, no pareció oportuna la mención en el marco de un hecho que, simplemente, debía ser reparado con un pedido de disculpas sin atenuantes.

 

Como eso no resultó suficiente, el propio presidente se refirió el viernes al caso en un acto de campaña, en el que apareció junto a Axel Kicillof y a Sergio Massa. Ninguno de estos debe haber querido estar allí y, de hecho, en la gobernación de La Plata va en aumento la molestia con Fernández, con sus gambetas a los decretos que él mismo firma y con su torpe manejo de los escándalos.

 

«“Cada vez resultan más notorias las falencias del entorno del Fernández para orientarlo cuando se aturde, para evitarle pasos en falso y para ayudarlo a retomar el rumbo cuando lo pierde”.»

El jefe de Estado ensayó allí una autocrítica algo mejor, pero repitió el error de cebarse con una oposición que esta vez tiene razón y apeló al poco elegante recurso de atribuir la reunión a "una invitación de Fabiola” Yáñez. Una vez más: ante una incorrección tan irritante, solo cabía el pedido de disculpas, la promesa de asumir responsabilidades y hasta sanciones y brindar seguridades de que nunca volverá a ponerse por encima de la ley, dejando para otro momento la crítica a los otros. No fue lo que hizo.

 

Ya que el conductor no da señales de saber conducirse a sí mismo, cada vez resultan más notorias las falencias de su entorno para hacerle notar lo que debería ser evidente. ¿Nadie le advierte que no debe ser parte de una fiesta clandestina como la ahora conocida? Y si no hay cómo frenarlo, como se asegura en los corrillos, ¿nadie le habla de la inconveniencia de sacarse fotos? Una vez consumado el hecho, ¿quién y cómo define la comunicación de crisis y la contención de daños? El mandatario no sabe hacerlo por sí mismo, como ya queda probado, y el Gobierno no deja de proyectar una imagen de desprolijidad e improvisación.

 

Si la palabra y la imagen del jefe de Estado salen del trance inevitablemente devaluadas, cabe interrogarse por un segundo costo potencial de la saga: su impacto electoral.

 

El contexto de la votación inminente es el de un gobierno que, crisis y pandemia mediante, no tiene mucho para mostrar. Ante eso, en el discurso oficial se suele encontrar la apelación a "un voto de confianza" de la ciudadanía, justificado en la promesa de mejorar el estado de cosas en una pospandemia que dice ya otear, aunque a riesgo de ningunear la amenaza de la variante delta del nuevo coronavirus. Lo del "voto de confianza" resulta más complejo tras los hechos conocidos.

 

¿Regresará la tendencia, notada hace algunas semanas por las encuestadoras, pero que parecía diluirse, de una menor participación en los comicios venideros, motivada por el desencanto? ¿Primará el miedo a volver a lo que dejó Mauricio Macri o, en cambio, la ausencia de este en las listas de Juntos por el Cambio podría ampliar los más de 40 puntos porcentuales con los que se fue del poder hace casi dos años?

 

Todo eso no tiene hoy una respuesta concluyente, pero esos disparadores llevan a una tercera cuestión: cómo se podría engarzar el resultado del proceso electoral con la interna del Frente de Todos.

 

Hay radicales y macristas que han apostado a los fuegos artificiales del juicio político, demostrando una vez más preferir el efectismo por sobre el contenido. Sin embargo, Elisa Carrió, supuestamente la más dada a la denuncia, les recuerda a sus aliados con el silencio público que ha mantenido hasta ahora que detrás de Fernández viene Cristina Kirchner. No se trata, desde ya, de que el juicio político pueda resultar exitoso y que la vice vuelva al poder formal, sino del modo en que erosionar más al primero podría fortalecer a la segunda dentro de una administración que tiene todavía más de dos años por delante.

 

Cabe recordar, en ese sentido, que persiste en el Frente de Todos una puja de programa y de nombres. Esta involucra, en el primer ítem, el rumbo poselectoral de la economía, esto es, si será uno más dado a la búsqueda de equilibrios macro o uno más tendiente todavía a los controles superpuestos. En el segundo, está en juego el futuro de funcionarios como Martín Guzmán, Matías Kulfas y el propio Cafiero, entre otros.

 

De la mano de lo anterior y en cuarto lugar, un debilitamiento de largo plazo del Presidente y un fortalecimiento del ala cristinista no sería precisamente inocuo en la definición de la sucesión de 2023. Fernández confía –¿lo hará en estas horas?– en volver a ser el candidato común por decantación, síntesis natural de una coalición heterogénea, pero las fantasías sobre la posibilidad de que Kicillof dé el salto después de un solo mandato en La Plata se hacen más concretas para algunos. Asimismo, Massa mantiene sus aspiraciones conocidas y no puede descartarse que avance un casillero en la fila de los moderados si es que las condiciones siguen sin estar dadas para que el cristinismo pueda competir por sí mismo con posibilidades de éxito.

 

Hay, todavía, un quinto costo, no ya solo para el oficialismo, sino para el país, uno más temible y, acaso, difícil de ponderar en lo inmediato. Si el macrismo fue lo que fue, si como oposición se comporta como se comporta, si el Frente de Todos decepciona hasta a su base más convencida, si Fernández se desnuda de este modo ante la sociedad, si la pandemia sigue doliendo y si la economía no hace más que jugar en contra de las necesidades y los sueños de la mayoría, ¿qué cría cabe esperar que nazca, alguna vez, del huevo de semejante serpiente?

 

La ultraderecha gritona y siempre indignada, macartista, machirula y denegadora de derechos, ajustadora y anti-Estado, declaradamente republicana pero hostil en lo profundo a lo democrático gana, por ahora, más espacio en los medios que en las urnas. Sin embargo, si se hace silencio y se agudiza el oído, pueden escucharse algunos cambios sugestivos en el sentido común que recomendarían no subestimarla. Lo impensable ya ocurrió no solo en el barrio regional sino, incluso, en los Estados Unidos y acecha en Europa.

 

Dado todo lo que está en juego, cabría esperar de la dirigencia menos fiesta y más responsabilidad, empezando por la que gobierna, claro.