10|10|2021

Guzmán vs. Lacunza, la campaña imposible

08 de agosto de 2021

08 de agosto de 2021

La economía es un drama para los dos tanques en pugna, pero la sociedad quiere preguntar. ¿Por el centro o por los extremos? Crisis a la velocidad del click.

Si pudieran, ni el Frente de Todos ni Juntos por el Cambio hablarían de "eso". La economía –no hay por qué no llamar a las cosas por su nombre en esta columna– es terreno resbaladizo para los dos grandes contendientes de la política argentina, pero la campaña electoral les impone, al menos, decir algo, ya sea para justificar errores del pasado como para mostrar alguna módica autocrítica y, si no fuera mucho pedir, encender alguna luz de esperanza. Los voceros están designados para esa tarea delicada: el ministro de Economía, Martín Guzmán, y Hernán Lacunza, hombre clave del esquema que piensa para esa área el presidenciable Horacio Rodríguez Larreta.

 

Como había anticipado en su momento Letra P, el titular del Palacio de Hacienda salió a la cancha en los últimos días para bancar los trapos en clave más política que técnica. El hombre juega ese partido de visitante, pero la necesidad aprieta.

 

En realidad, todo el equipo económico está a disposición del dispositivo electoral, lo que incluye al ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas; a la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca, y a funcionarios de menor rango, pero, naturalmente, la visión global no puede sino corresponderle a Guzmán.

 

El drama que dejó el macrismo es un atenuante real para los sinsabores actuales, más cuando el mismo se vio agravado –y las respuestas posibles, en buena medida congeladas– por una pandemia que ya está durando demasiado. Sin embargo, los argentinos y las argentinas de a pie, quienes han perdido su fuente de ingresos o la conservan precariamente, quienes no llegan a fin de mes o, directamente, esa mitad que ha caído en la pobreza tienen razones sobradas para hacer oídos sordos a lo que sienten como excusas. Para Todos, eso constituye un problema mayúsculo, porque en esa multitud de personas dañadas por la mala praxis de su dirigencia anidaba la esperanza hace apenas dos años.

 

El ministro se afianza en sus recorridas federales en un discurso que asegura la estabilidad del dólar, esto es, la aparente garantía de que no habrá estallido en el nudo de todas las grandes crisis nacionales. Además, afirma que la inflación inició una tendencia a la baja, que el crecimiento del año apunta al 7% y que no es un simple rebote por cuanto involucra mejoras sostenidas en la industria, el empleo y un horizonte positivo del orden del 4,5% para 2022. ¿Alguien siente algo?

 

Con su mantra de "tranquilizar la economía" poco a poco, acaba de conseguir un triunfo importante en la interna oficialista con la renuncia de la vicepresidenta, Cristina Kirchner, a resistir el uso de los recursos excepcionales que el Fondo Monetario Internacional (FMI) repartirá entre sus países miembros –para Argentina, unos 4.400 millones de dólares que llegarían antes de fin de mes– para pagar los vencimientos inminentes con el propio organismo y, así, evitar un default demasiado ruidoso mientras el Gobierno sigue negociando la refinanciación de los 45.000 millones que Mauricio nos legó.

 

Más allá de eso, de su cambio de perfil en modo campaña y del modo en que usará los recursos que ahorró en el primer semestre para cebar el consumo justo antes de la apertura de las urnas, es inocultable que, cuando acaben las sumas y las restas de lo que dejarán los comicios, volverá a quedar claro que su mirada difiere de la del cristinismo duro. Creer que la reducción de la inflación depende de un conjunto de acciones que incluyen, entre otros, elementos mal llamados "ortodoxos" como el equilibrio fiscal y la prudencia monetaria choca con la renuncia de los economistas a su propia ciencia, esto es, la creencia de que todo depende de la política y que la superposición de controles puede hacer magia. Más que en el amor que despierta, la fortaleza de Guzmán acaso radique más en su condición de punto de encuentro de las distintas alas del Frente de Todos, en ser el cruce de caminos viable entre el massismo, lo que sea que signifique el albertismo y un cristinismo que, pese a los golpes que se autoinfligió entre 2011 y 2015, nunca atina a revisar su caja de herramientas.

 

Al otro lado del ring, Lacunza articula el discurso posible del ala moderada de Juntos por el Cambio. El hombre, de hecho, es un sobreviviente al que hay que reconocerle el mérito de haberse hecho cargo del desastre de sus antecesores durante el gobierno anterior y de haber ayudado decisivamente a que Mauricio Macri pudiera completar, aunque con muletas, su malhadada gestión.

 

Una interesante entrevista a Lacunza, publicada esta semana por Letra P, tuvo el valor de haber puesto por fin a la oposición a hablar de economía. En la misma, el exministro enfocó sus críticas a la gestión oficial en una inflación igual de elevada que la que él mismo había dejado pero que parece más grave por el atraso tarifario y cambiario que conlleva, en el manejo del gasto público en la pandemia y en desequilibrios macro que se traducen en una brecha cambiaria demasiado elevada. Su idea del futuro, promete, es un "plan de desarrollo" y "un programa de inclusión productiva y social" que no "tire por la ventana" a los perdedores que, no lo oculta, supondría ese proceso.

 

Si las diferencias doctrinarias dentro del Frente de Todos son notables, lo son más todavía en Juntos por el Cambio, cuyas facciones van desde las posturas más moderadas de Larreta, Lacunza y María Eugenia Vidal al ajuste brutal que sugiere, pero no confiesa, una Patricia Bullrich que promete que, con ella al mando, esa alianza dejaría de ser "Sigamos". Asimismo, suma ahora un ala ultraliberal y coquetea con otra, libertaria, que le compite por afuera pero que, acaso, podría tener más fuerza en el futuro para transfundir un programa de gobierno que para sumar votos, como sucedió con la UCeDé en tiempos de Carlos Menem.

 

Claro que habría que aspirar a que los sectores predominantes de la política nacional pongan el foco en la cuestión de fondo, esto es, la puesta de un piso a una decadencia nacional que –para no ir más atrás– se remonta a diez años de estancamiento o retroceso productivo e inflación elevada. Sin embargo, lamentablemente la pospandemia trae un desafío más urgente: evitar una nueva crisis de grandes proporciones.

 

Sea por la gravedad de la situación del país, sea por la velocidad a la que se mueve el dinero financiero en la era del click, las crisis grandes de la Argentina se suceden cada vez con mayor velocidad. A la de 1975 siguió la de 1982 y luego llegaron la de 1989-1990, la de 2001 –precedida, pero sin que se tocara fondo, por las internacionales de 1994 y 1998– y la de 2014. La macrista, hecha de hiperendeudamiento y negligencia, comenzó en 2018, pero, si se mira bien, nunca terminó. El proceso de destrucción de la moneda nacional que volvió a comenzar a mediados de ese año marca un continuo que llega, pandemia mediante, hasta hoy, algo que el supercepo apenas logra disimular.

 

Evitar otra megacrisis, una que baje todavía más el piso de las condiciones de vida de la sociedad, depende de lo que se haga en materia de equilibrios macro, inflación, ingresos populares, tarifas, tipo de cambio, consumo e inversión. El rompecabezas es demasiado complejo y requeriría alguna forma de concertación.

 

El debate económico, el que no quieren dar quienes hacen jueguito con una grieta ideológica inconducente y alimentan el troleo de las redes sociales con disparates más grandes cada día, no tiene favoritos, dados los pobres antecedentes de los contendientes.

 

Si esto fuera un partido de fútbol, merecería dirimirse con disparos desde el punto del penal. Tal vez así habría chances de alguna alegría grande.