13|10|2021

23 de mayo de 2021

23 de mayo de 2021

El covid y la rebeldía sin causa sometieron a una dirigencia endeble. Medidas necesarias, pero tardías. La derecha populista del PRO acorrala a Larreta.

La Argentina se ha acostumbrado a negligir –el modo cínico de conocer– la muerte diaria y creciente de cientos de hombres y mujeres por covid-19. Mientras tanto, dirigentes que no dirigen se miden como ganadores o perdedores en términos de razones que se imponen o decaen ante los hechos, de fallos judiciales que, en aras de la salud psicológica, es mejor analizar lo menos posible y de sarmientinas alucinaciones colectivas. Que nadie se haga los rulos: ninguno gana en este juego y todos ellos son, en el mejor de los casos, vencedores vencidos.

 

Al anunciar el último jueves las nuevas restricciones sanitarias, el presidente Alberto Fernández no se privó de golpearse el pecho.

 

Atendió a la Corte Suprema al recordar que “un país no puede tener 24 estrategias sanitarias” diferentes y pasó velozmente, con más tacto que en otras ocasiones, por las resistencias de varios distritos a acogerse a sus últimos decretos de necesidad y urgencia (DNU), por la renuencia de estos a aplicar los controles debidos para hacer cumplir las medidas que sí aceptaban y hasta por el debate inflado sobre la presencialidad escolar. Tener razón a veces sirve de poco y también él es un vencedor vencido.

 

En el otro rincón del ring, también lo es Horacio Rodríguez Larreta, quien se metió en el bolsillo trasero del pantalón la sentencia suprema que hace menos de tres semanas veló por la autonomía porteña. Así, sin explicar la pirueta, esta vez decidió plegarse a un DNU lleno de restricciones, las que manchan incluso esa bandera que encontró en algún momento, la del valor de la educación.

 

A principios de septiembre, Letra P advertía sobre el peligro de perder por abandono en la pelea contra el nuevo coronavirus. Ya se advertía que el Presidente no se les animaba a una opinión pública rebelde y a medios de comunicación que en muchos casos pateaban en contra de la salud pública, justo cuando el jefe de Gobierno abandonaba el consenso en torno a la cuestión. Con casi 74 mil muertos desde la llegada de la pandemia, ese riesgo se hizo realidad. Especialmente por eso, puede decirse que el grueso de la dirigencia sale en default y derrotada de esta etapa crucial.

 

Rodríguez Larreta comunica bien, pero, además, cuenta con la suerte de que buena parte de la prensa lo cuestiona poco. Por caso, en la conferencia de prensa inmediatamente posterior al anuncio presidencial, no debió explicar por qué su triple estrategia sanitaria –testeos que describió como amplios, una campaña de vacunación que evaluó como satisfactoria y un compromiso social que ponderó– deriva hoy en el peor momento de la emergencia.

 

Claro que el alcalde de la Ciudad de Buenos Aires no cede la bandera de las clases presenciales: estas se interrumpirán desde el miércoles solo por tres días que se recuperarán justo antes de la Navidad. La porfía es tan fuerte que incluso prohibió que esas jornadas fueran de enseñanza virtual e ignora algo que ya debería tener claro: la curva de contagios no se guía por su voluntad.

 

Lo anterior es tan evidente que su ministro de Salud, Fernán Quirós, destiñó en los últimos días su condición de político expectable al dibujar en el aire mesetas que no eran tales y al asegurar que este lunes “habrá clases presenciales” apenas horas antes de que ese día fuera restablecido de apuro por la Nación como feriado puente y de que su jefe político debiera admitir lo contrario. Vuelve el patrón mencionado: Quirós tiene fortuna de que pocos le cuenten las costillas del modo en que lo hicieron con Nicolás Trotta, desautorizado poco más de un mes atrás por el Presidente con una cabriola similar a la última de Larreta.

 

La principal pregunta que ni este ni Quirós escuchan pasa por los números que dicen estudiar en detalle: con una letalidad de algo más del 2% sobre los contagios documentados –otra vez, unos tres mil por día–, ¿cuántas muertes podrían haberse evitado si no hubiesen pichuleado en las negociaciones con la Nación una horita más o menos de restaurantes, si hubiesen controlado lo que prometieron y no cumplieron y si hubiesen frenado antes la parte del movimiento de personas que se vincula con la actividad escolar?

 

Fuente: Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Es curioso que esa pregunta no se formule, sobre todo cuando –a la luz de la evidencia actual– los conductores de programas televisivos ya no pueden mencionar como un hecho supuestamente tranquilizador que las muertes se limiten casi exclusivamente a adultos mayores, concepto que repitieron en meses pasados hasta la náusea mientras miles de viejos y viejas en cuarentena no tenían otro entretenimiento que escucharlos.

 

El problema de fondo de la dirigencia nacional es el de su autoridad, extraviada en la relación con una sociedad que parece ingobernable.

 

Spoiler para “liberales” de autoestima alta: la política que promueven es más populista que cualquier otra y se equivocan cuando descalifican rivales con ese argumento. ¿Cómo no habría de serlo si sus posturas se compendian en un relato que llena todos los casilleros del modelo que María Esperanza Casullo traza en su libro ¿Por qué funciona el populismo? En efecto, esa narrativa contiene un pasado idealizado –el país como “granero del mundo”–, un villano –el peronismo que jodió al país– y un discurso que gira enloquecido alrededor de la confrontación con este.

 

Ese fenómeno no es nuevo y para probarlo están las fotos de la Plaza de Mayo desbordada de entusiasmo en septiembre de 1955. Lo que el viento de esta etapa histórica le agrega es un perfil todavía más ultra y la conversión de una sumatoria de individualidades dispersas en un colectivo electoralmente significativo, capaz de reconocerse y convertirse en tal a través de las redes sociales.

 

En tanto populismo, lo que a ese sector social le falta todavía es articularse en torno a un liderazgo, lugar al que aspiran diferentes figuras, de modo notable –pero no único– en Juntos por el Cambio la presidenta del PRO, Patricia Bullrich.

 

 

El guion ya fue escrito en otros países, desde el Brasil de Jair Bolsonaro hasta los Estados Unidos de Donald Trump, pasando por varios de Europa: discurso de choque y demonización del rival; embanderamiento en una idea extrema de la libertad individual que desconoce lo social, que requiere de mano dura para imponerse y que, en la emergencia actual, rechaza cualquier restricción sanitaria; alineamiento con una forma sesgada de entender los valores occidentales; relativización de los derechos humanos y del garantismo que consagra la Constitución a la que dicen apegarse; medias verdades y completas fake news

 

No puede decirse que esa sea la vocación de un Rodríguez Larreta que, cuando siente que puede elegir, se aparta de ese lugar, cosa que ha hecho recientemente al recordar como se debe la última dictadura o al rescatar parte del legado de Eva Perón.

 

 

Sin embargo, él –vencedor vencido al fin y al cabo– debe contener de algún modo al electorado que en algo más de dos años definirá si su carrera política tiene todavía margen para ascender o si, en lugar de la presidencia de la Nación, lo espera la quietud de su hogar. Por eso, se ha dejado llevar de la nariz por quienes un día deploran la “vacuna rusa” para, al siguiente, exigirla a los gritos; por quienes hacen un escándalo por una presencialidad escolar que dista de ser plena en medio de la muerte masiva y tolerada y por quienes aparecen y desaparecen sin explicación como miembros de oenegés de “mamis y papis”.

 

El problema del jefe de Gobierno es que, justo cuando le llega la hora de la verdad, su base se desgarra entre moderados hartos de la grieta y ultras, diferencia acaso más dramática que la que cruza al Frente de Todos, pero que resulta menos llamativa por vincularse a lo que hoy es oposición a nivel nacional.

 

Autopercibido candidato natural para 2023, en su camino se cruzan no solo Bullrich, sino el escritor Mauricio Macri y quien hasta ahora se suponía que era su aliada de hierro, María Eugenia Vidal.

 

Aunque no quiera, algo comparte con Fernández: el camino de ambos resulta abrumadoramente estrecho.