25|11|2021

13 de junio de 2021

13 de junio de 2021

El ministro que no fue… ¿y el que aún quiere ser? Miradas contrastantes. Internas en Todos y las causas de una persistencia. Su destino, una clave del futuro.

Sus rivales internos, los que corren con capricho hacia la derecha el espectro ideológico y lo describen como “demasiado ortodoxo", lo ven cansado y en busca de una salida elegante. Cerca de él, afirman que está donde desea, que no piensa en la renuncia y que seguirá dando pelea en pos de su visión de la economía. Mientras esa interna arrecia en la previa de las elecciones de septiembre-noviembre, de la suerte que corra finalmente Martín Guzmán dependerá el rumbo de la segunda mitad del gobierno de Alberto Fernández y, todavía más, la identidad futura del Frente de Todos. Será pato o gallareta.

 

El ministro de Economía sigue convencido de que el país no tiene otro camino que "tranquilizar" la macro de manera gradual, alinear con mano suave las expectativas de los agentes y equilibrar de a poco el balance fiscal sin ahogar el crecimiento posible. Todo eso, para no caer en la conocida trampa de austeridad: el ajuste brusco como remedio al desequilibrio presupuestario no hace más que llevar a una retracción de la actividad y de la recaudación, pintando el rojo inicial de un tono más intenso.

 

Esa es aún su obsesión para un período en el Palacio de Hacienda que, dicen en su pequeño entorno, sigue proyectando hasta 2023, de la mano de una alianza de la que, pese al fuego amigo, no abjura.

 

Si bien la intervención del ala política del Frente de Todos –sobre todo, pero no solo cristinista– lo ha recluido por el momento en un rol acotado de “ministro de Deuda", Guzmán cree que la pelea debe darse desde adentro y, más allá de la derrota en su puja con el secretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, se acredita el haber impuesto en el debate del peronismo temas como la segmentación de las tarifas y la necesidad de reducir su peso en la cuenta de los subsidios.

 

Pese a eso, no se le escapa que el eje de las decisiones apunta hoy en un sentido diferente al que desea. Pese a lo que sus rivales internos dicen de él, Guzmán se defiende y asegura que no le falta sensibilidad política y que entiende que, sin horizonte electoral, no existe proyecto.

 

Eso explica que en el primer cuatrimestre haya pisado la expansión del gasto de un modo que la dirigencia política abstraída en las tortas y las barras de las encuestas sigue recriminándole. Esa decisión y el contar con una recaudación impositiva que, gracias al impacto de la supersoja sobre las retenciones, sigue creciendo por encima de la inflación le permitieron reducir en ese período el déficit primario –el saldo entre ingresos y gastos sin considerar el pago de deudas– a $11.445 millones, apenas 0,2% del producto bruto interno (PBI), contra una proyección anual de 4,5% escrita en el Presupuesto. Fue un modo de ahorrar para lo que sabía que vendría como exigencia de mayores erogaciones en la previa electoral y cuando nada permitía descartar que la pandemia arreciara como finalmente lo hizo.

 

De acuerdo con la perspectiva de quienes lo sostienen, Guzmán no estaría esperando a que pasaran las elecciones para volver con su agenda, sino insistiendo con ella incluso en esta etapa de marea baja.

 

Sin embargo, otros actores del oficialismo lo describen de un modo diferente: "está cansado"; "cree que nunca van a dejarlo hacer lo que quiere"; "las decisiones del Presidente no dejan de desgastarlo".

 

Lo último se refiere, por ejemplo, a la saga del incremento del monotributo, una decisión mal calculada e irritante para ese eslabón débil de la cadena laboral, de la que Guzmán no se hace cargo personalmente. El problema es que Fernández no decidió enmendar el error a través de un encargo al propio ministro, sino al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa.

 

Y hay más. No dejó de ser una afrenta que, mientras Economía trata de imponer una pauta de aumentos salariales del orden del 30 al 35% –que seguramente se reabrirá, aunque con cautela, ni bien el índice oficial rebase esas cifras–, el propio Fernández y, sobre todo, Massa y Cristina Kirchner, los otros socios del Frente de Todos, hayan aplicado un ajuste del 40% de las dietas legislativas. "¿Cómo hace Martín después de eso para frenar a los sindicatos", se preguntan en el Palacio de Hacienda.

 

Fernández no tiene margen para derrochar apoyo a funcionarios tocados: la triple Nelson de la crisis sanitaria, económica y social no deja de erosionar su imagen personal y la de la gestión de gobierno. Así, en su entorno se debate la idea de una posible "oxigenación del gabinete", sin que los involucrados se pongan de acuerdo en si conviene que se realice antes o después de las elecciones. El primer team se enrola bajo el ala del jefe de Gabinete, Santiago Cafiero; el segundo, detrás del secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, y del asesor presidencial Juan Manuel Olmos.

 

Con todo, no hay siquiera certeza de que eso se concrete; un resultado satisfactorio o, al menos, aceptable en las urnas tal vez aconseje no manosear un elenco en el que los equilibrios internos están fijados con alfileres. Así, la "salida elegante" que auguran los adversarios de Guzmán dista de ser una fija.

 

Otro escenario, el de un portazo, está descartado tanto por la consciencia del daño que le provocaría al Gobierno como por lealtad al Presidente. En ese punto convergen, finalmente, los relatos a priori divergentes sobre el ministro: mientras tenga vida política, dará el debate, especialmente con el cristinismo que, en lo económico, gira en torno del gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

 

Demasiado en juego

En momentos en que la inflación persiste como el talón de Aquiles de la política oficial, el jefe del Palacio de Hacienda explica en la interna los peligros de darle rienda suelta a la impresión de dinero para financiar un déficit cada vez mayor: si sobraran en el mercado demasiados pesos, más temprano que tarde terminarían presionando sobre los tipos de cambio paralelos, sobre las expectativas de devaluación del oficial y –todavía más– sobre el nivel de precios. No vaya a ser cosa que el deseo de llegar con fuerza a noviembre lleve al proyecto oficial a mancarse antes de tiempo.

 

El problema de fondo es que la mirada del cristinismo y la de Guzmán –y Fernández, se supone– se diferencian mucho en torno a la inflación: para los primeros, no hay problema con cebar el consumo más allá de los límites descriptos por el propio Keynes y depende de los cepos y los controles mantener las variables macro bajo control; para los segundos, se trata de un fenómeno multicausal al que no son ajenos los desbalances fiscales y monetarios.

 

Detrás de la suerte de Guzmán se agazapa el rumbo del Gobierno para los próximos dos años y, después de eso, qué Frente de Todos o qué clase de opción tomaría la posta hasta 2027.

 

La historia económica reciente es una sucesión de frustraciones. Así fue en el segundo mandato de Cristina Kirchner, en el que el PBI registró un serrucho de crecimientos y caídas que, punta a punta, resultó en todo un cuatrienio perdido. También con Mauricio Macri, aunque de un modo más severo, con tres años recesivos sobre un total de cuatro. Lo es, finalmente, con Fernández, quien, más allá de sus errores, puede alegar que la maldita herencia conjuró con la pandemia para derrumbar la economía casi un 10% en su primer año. La Argentina de la pobreza del cuarenta y pico por ciento lleva ya una década absolutamente perdida en términos de crecimiento. ¿Hasta cuándo seguirá sin remecerse semejante polvorín social?

 

Para completar este breve repaso, hay que consignar que la inflación del 25% –aunque llena de cepos– de Cristina se hizo alrededor de 50% con Macri y allí apunta nuevamente. Mientras, los salarios llevan tres años de caída en fila y, dados como vienen los precios, será difícil que no completen un cuarto.

 

En el fondo, lo que fracasó con Macri fue un gradualismo antiinflacionario absurdamente basado en la toma aluvional de deuda. Agotado ese recurso, todo estalló: los precios reflejaron lo que ocurrió con el dólar, las expectativas, las cuentas fiscales y la emisión de dinero.

 

Guzmán propone otro gradualismo, uno que no quiere –no puede, en realidad– apelar al endeudamiento, sino que apunta a un sendero decreciente de emisión del Banco Central para financiar al Tesoro. En su idea, el crecimiento sostenido, la mejora de la recaudación, la racionalización de los subsidios y el diferimiento de los vencimientos de deuda harían posible, en algunos años, el milagro de la estabilidad.

 

¿Qué pasaría si fallara también esta segunda versión del gradualismo, ya sea que la encarne el actual ministro o un reemplazante eventual de mirada afín? La última respuesta teórica posible radicaría en el ajuste por shock, que espera su turno bajo el ala de sectores opositores –incluso macristas autocríticos– que denuncian que Cambiemos no fue otra cosa que "Sigamos".

 

Esa receta sería dolorosa, pero, antes de pensar en eso, cabría plantear una pregunta: ¿resultaría socialmente aplicable sobre pisos de pobreza y hambre como los actuales?

 

Acaso la Argentina se juegue mucho más que lo que se piensa en la actual encrucijada.