23|11|2021

Ñam fi frufi fali fru

06 de diciembre de 2020

06 de diciembre de 2020

Síndrome Solari: al Gobierno no se le entiende lo que dice. Discurso errático y sin épica. Fernández las pide todas. Arrebatos y gonadotracción. Sordos ruidos.

Del “vamos a poner la vida por delante de todo” a –cuando la Argentina dejó de ser unos de los países del mundo con menos muertes por covid-19 en proporción a la población– “cumplimos con nuestro objetivo de evitar el colapso del sistema sanitario”. También del “Venezuela viola los derechos humanos” a “no llega a ser una dictadura”. Asimismo, del ajuste que no existe pero que “esta vez no lo van a pagar los más humildes". Y, claro, pasando por las idas y vueltas discursivas en la defensa de una reforma de la movilidad jubilatoria que fue tan convencida como la de su modificación final. El discurso del Gobierno tiene tantos requiebres que le resulta difícil dar con una narrativa eficaz, elemento cada vez más trascendente de la política en todo el mundo. Es cierto que la realidad nacional es indómita y muchas veces obliga a las autoridades a decir y desdecirse a la la velocidad de la luz, pero también lo es que gran parte de la responsabilidad, según dicen los propios involucrados en el dispositivo oficial de comunicación, le corresponde a Alberto Fernández. En efecto, el fuego amigo –bien, pero bien cercano– le achaca no distinguir entre sus méritos como el vocero que fue y el presidente que es, carente de una comunicación profesional. Así, muchas veces no se le entiende lo que dice. ¿Será que el Presidente nos habla en lenguaje encriptado, a lo Indio Solari?

 

Fernández expone sobre todo, a cualquier hora y en medios tan dispares como radios amigas, canales de noticias que le gritan desde el otro lado de la grieta o emisiones de deportes. Una de las frases más reiteradas entre quienes integran el sistema de comunicación oficial, ya sea en Presidencia como en distintos ministerios, es que “habla por impulsos… cuando se le cantan los huevos”. En un tono más propio de Letra P y atinado en materia de género, podría decirse que la narrativa oficial se construye a “gonadotracción”. Mística ricotera.
 

 

A veces, como le ocurrió esta semana con la cuestión jubilatoria, Fernández sale a abrazar con fervor ideas que, en el origen, no fueron suyas sino del ala K del Frente de Todos. Se trata de un modo de apropiarse de matices impuestos por otros y ahorrarse las acusaciones de que gobierna en doble comando con Cristina Kirchner. Sin embargo, si eso es comprensible, no lo es tanto su propia tendencia al error.

 

Se recuerda aún cuando, en momentos en que la Argentina tenía un rumbo marcadamente sanitarista en su forma de lidiar con la pandemia, aludió críticamente a las estrategias de países tan diversos como Suecia, Chile o Brasil, lo que le valió respuestas agrias. El esquema se repite. Por no mencionar la gaffe de Felipe Solá sobre el diálogo con Joseph Bidenatribuible al canciller y no a la Casa Rosada, pero, en cualquier caso, al dispositivo general–, la última semana fue abundante en sobreexposición presidencial e inflación de expectativas, en especial, en torno a una inminente aplicación a gran escala de la vacuna contra el covid-19.

 

"Esta semana estamos firmando el contrato con Rusia. Esperamos recibir las vacunas de ese país antes de fin de año, por lo que vamos a poder vacunar a 300 mil personas antes de fin de año", señaló el jueves en declaraciones a El Destape Radio. ¿Será posible recibir el material, aprobarlo científicamente y aplicarlo, todo en tres semanas? El ministro de Salud, Ginés González García, debió poner paños fríos. “El Presidente está ocupado, preocupado, obsesionado y eso hace que estamos queriendo iniciar rápidamente la vacunación. Se está trabajando desde hace meses... cómo traemos la vacuna, cómo viene... El desafío logístico es muy grande”, matizó.

 

Cuestión de épica

Un aspecto que le reprochan desde el Instituto Patria, pero también mucho más cerca de él, es que la comunicación oficial carece de épica. También, que la sobreexposición del Presidente hace que algunos temas resulten tratados en exceso y que otros queden huérfanos de articulación discursiva de cara a una sociedad que, si algo necesita en este momento crítico, es sentido. “Nadie sabe cuál es su turno para hablar”, le dijo a Letra P una fuente oficial vinculada a la comunicación de un ministerio.

 

En apenas un año de gestión, hubo diferentes etapas en lo que hace a la preferencia del mandatario sobre el manejo de la palabra oficial. Inicialmente –mostrando ya la hilacha–, pretendió concentrar todo el discurso, lo que lo llevó a llamar al orden a los mencionados Solá y González García, los primeros que osaron hablar sin permiso. Ya con el gabinete alineado y en silencio, cuando los números de aprobación bajaron de los récords insustentables del inicio de la pandemia, Fernández comenzó a advertir que la abundancia devaluaba su palabra –¡ay, ese término!–, a advertir que los haters de las redes lo llamaban “Alverso” y a quejarse de su soledad en la defensa del Gobierno. Eso surgió en sus diálogos con el doctor Aníbal Fernández, lo que llevó a este a diagnosticar que el Gobierno “hace prensa, pero no comunica” y a prescribir la receta de que los ministros pidieran la pelota y “arrastraran marcas”. Un veto interno, impuesto por uno de los miembros más importantes del directorio del Frente de Todos, le cortó las piernas al otro Fernández y le impidió volver a las grandes ligas desde su actual posición como interventor de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio (YCRT).

 

Fue entonces cuando se apeló a otro buen argumentador, hombre de confianza del jefe de Estado: Leandro Santoro. Así fue como comenzó a vérselo cotidianamente en televisión, ya sea en terreno amigo como enemigo, hasta que el Presidente también bajó el pulgar: su afecto y confianza por el exradical no cambiaron, “pero nadie más habla por mí”, sentenció. Santoro, a la postre, ingresó en una fase de eclipse parcial.

 

Leandro Santoro, hombre de confianza de Alberto Fernández.

Las idas y vueltas en cuanto a la demanda de que los ministros banquen los trapos dio lugar a una situación curiosa que se ventiló en el grupo de WhatsApp que reúne a los voceros de todos los ministros y en el que Juan Pablo Biondi, secretario de Comunicación y Prensa de la Presidencia, y su número dos, Marcelo Martín, ofician de administradores. Siempre leal al Presidente, Biondi bajó allí la orden de que ninguno de aquellos hablara con periodistas, ni en on ni en off, lo que no impidió que la consigna se filtrara. Enojado, el vocero presidencial grabó un audio muy duro, que, ya precavido, presionó pronto hasta encontrar la opción “borrar para todos”.

 

Esa es la consigna actual: control exacerbado y centralidad total del Presidente. La pelota, siempre a él. Algunos se desesperan alrededor de Fernández. “No podemos manejar el partido en campo rival ni cinco minutos”, se escucha en su entorno cuando los corcoveos de la agenda política y los vaivenes comunicacionales, que obturan cualquier idea de manejo profesional del tema, evaporan el efecto de lo que podría ser vendido como éxitos de gestión.

 

Ese sentimiento persiste, así como las metáforas futboleras. “Es como el segundo gol de Flamengo a River en la última Libertadores: los defensores se miran, amagan a ir a la pelota a la vez y al final se quedan parados. Gol”, le dijeron a Letra P.

 

Fernández confía ciegamente en sus bondades como portavoz, que de hecho las tiene; la cuestión es el grado de falibilidad, que siempre existe. Además, desconfía de los relatos y, aristotélico, considera que la verdadera comunicación, la que vale, es la gestión.

 

El problema es que eso es discutible y que parte de un error: el mismo criterio de loteo de funciones que prima en la coalición del gobierno se traslada a las estructuras de comunicación de los ministerios y organismos del Estado. Ocurre frecuentemente, en ese orden, que el vocero del titular de una cartera responda a este, pero que su número dos tenga una terminal diferente, algo que se prolonga en las áreas en las que hay números tres y hasta cuatro. Así las cosas, la coherencia es una quimera.

 

Las fuentes consultadas para esta nota coincidieron, sin embargo, en un rasgo: la Jefatura de Gabinete, bajo el control de Javier Porta, es una isla bien articulada. Fuera de allí, el mensaje se pronuncia en un idioma raro y difícil de comprender.

 

“Hay que reconocer que, en comunicación, el gobierno de (Mauricio) Macri nos sacaba dos vueltas. Habrán gobernado muy mal, pero el manejo de Marcos Peña en esa área fue impecable”, se confesó una de ellas.

 

El Gobierno se mira en un espejo roto.