¿QUIÉN LE DISCUTE EL 2027 A MILEI?

Llamen a otro: el peronismo ya fue

Mientras el Presidente rompe sin oposición la Argentina de Perón, las huestes del General desertan o estiran su guerra interna infinita hasta límites grotescos.

Goodbye, Perón!

Con la complicidad del propio peronismo, que por acción u omisión le desmaleza el camino, Milei está derrumbando los cimientos del modelo económico y social que construyó el General y que, aun deteriorado por los sucesivos gobiernos derechistas / liberales / neoliberales que lo fueron torpedeando, rigió la Argentina de los últimos 80 años, a saber:

  • Una matriz productiva diversificada, con una industria nacional como no tienen numerosos países de la región, gestionada por una burguesía criolla poderosa en articulación -más virtuosa, más viciosa- con el Estado.
  • Una clase trabajadora asalariada y organizada, orgullosa de sus conquistas y del rol que le tocaba en ese sistema, empoderada para reclamar una porción de riqueza que en la Argentina del primer Perón superó el 50% de la renta nacional.

Los números de cierre de industrias y pérdida de empleo asalariado que arrojan los dos primeros años de la gestión Milei son brutales: desde su llegada a la Casa Rosada, en diciembre de 2023, El Topo destruyó 294.400 puestos de trabajo registrado, en tanto provocó el cierre de 21.339 empresas privadas en una ola federal que no discrimina latitudes -afectó a 23 de las 24 provincias-.

Sobre el tsunami de persianas caídas, el periodista Eduardo Feinmann, no precisamente un maldito comunista, consultó a Toto Caputo. Suelto de cuerpo, con la tranquilidad que le provee a cualquier ser humano el control de una fortuna personal de 5,7 millones de dólares, el ministro dijo que no pasa nada; que “cierran y abren” empresas; que "no hay que rasgarse las vestiduras".

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No es una falla de la matrix libertaria ni es que los melones no han terminado de acomodarse en el carro. Es el modelo, el de Perú y Paraguay, uno organizado en torno a estabilidad macro, extractivismo, valor agregado cero, servicios para todos y altísima informalidad laboral, como explicó Esteban Rafele en Letra P.

Los trabajadores que quedaron en la calle por el cierre de FATE, una empresa argentina que acreditaba tantos años produciendo neumáticos como el peronismo protagonizando la escena política, no perdieron solamente un trabajo; también, un propósito en sus vidas y una misión relevante en la economía. Son obreros calificados, dueños de unas habilidades y un know-how muy específicos: ellos saben hacer cubiertas. No cualquiera tiene esa capacitación. Con ese capital personal sostenían a sus hijos y les daban protección social, acceso a la salud y una educación, incluso universitaria, y tenían garantizada una jubilación para cuando se retirasen. ¿Por qué, se preguntan, ahora tienen que atender un parripollo o manejar, a la intemperie, un auto para una plataforma, como les sugiere Federico Sturzenegger, el ministro Terminator de Milei, recostado en el colchón de su patrimonio declarado de casi 2.372 millones de pesos, más de la mitad blindada fuera del país?

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FATE cerró sus puertas, como otras 5600 empresas de la provincia de Buenos Aires. "No hay que rasgarse las vestiduras", pide Toto Caputo.

FATE cerró sus puertas, como otras 5600 empresas de la provincia de Buenos Aires. "No hay que rasgarse las vestiduras", pide Toto Caputo.

En la edición de este fin de semana de su columna Es la economía, Rafele trazó un perfil revelador de la Argentina preperonista que nació en la noche profunda del viernes, cuando el Senado convirtió en ley la reforma laboral que institucionaliza el desmantelamiento del sistema de derechos laborales alumbrado por Perón.

“La reforma laboral de Javier Milei reduce el costo de los despidos para grandes, medianas y pequeñas empresas que achican planteles o directamente bajan persianas por el reseteo de la economía”, al tiempo que “las plataformas digitales —ahora amparadas bajo la figura del “trabajador independiente”— absorben a miles que buscan compensar ingresos en retroceso o sustituir la pérdida de empleo formal”, escribió y advirtió que, “en un escenario global en el que la Inteligencia Artificial (IA) desplaza incluso a perfiles calificados y obliga a los gobiernos a redefinir políticas laborales, la Argentina profundiza la sustitución de empleo industrial por ocupaciones más inestables”.

“El modelo de país primarizado y orientado a servicios que promueven Milei, Sturzenegger y Caputo, con respaldo del Círculo Rojo, deja escaso margen para la generación de trabajo calificado”, alertó.

Javier Milei, el Topo pescador

No es una novedad lo que hace el Presidente. Cada gobierno reaccionario, fascista o democrático neoliberal que siguió a las dos primeras presidencias de Perón, incluido el peronista de Carlos Menem, hizo su parte para desmontar el sistema social y económico que había creado el fundador del movimiento.

Con la reforma laboral, Milei, cabeza del más radical de los ensayos derechistas engendrados por la voluntad popular, consagra y le otorga rango jurídico al cambio de paradigma con la fuerza de la legitimidad republicana: él, que no cree en la democracia y asumió de espaldas a un Congreso que definía como un nido de ratas, sentó los cimientos del nuevo modelo con la potencia parlamentaria que se ganó en las urnas de octubre pasado y con los votos ajenos que pescó de a uno en el río revuelto de la anarquía peronista.

El peronismo, todo roto

Milei logró romper el peronismo y reducirlo a una sombra de lo que fue.

Primero asfixió a los gobernadores y generó la necesidad, la hipersensibilidad al estímulo, aunque los intercambios fueran por migajas de supervivencia. Son votos baratos.

El lunes pasado, el interbloque Populares perdió tres bancas en el Senado y quedó con 25, apenas una más del tercio que necesita para, por ejemplo, bloquear los acuerdos para cubrir vacantes en la Corte. Depende del enjabonado santiagueño Gerardo Zamora.

Carolina Moises
La jujeña Carolina Moisés, figura destacada del desguace del peronismo en el Senado: desertó y fue condecorada por Patricia Bullrich con la vicepresidencia del cuerpo. 

La jujeña Carolina Moisés, figura destacada del desguace del peronismo en el Senado: desertó y fue condecorada por Patricia Bullrich con la vicepresidencia del cuerpo.

Como precisó Mauricio Cantando en Letra P, desertaron de las huestes de Perón tres de los cinco miembros de Convicción Federal (CF), uno de los sellos que tenía el PJ en la cámara alta: la jujeña Carolina Moisés -cercana al gobernador salteño, Gustavo Sáenz-; el catamarqueño Guillermo Andrada y la tucumana Sandra Mendoza, leales al catamarqueño Raúl Jalil y al tucumano Osvaldo Jaldo, mandatarios pioneros en cerrar sociedades con el Gobierno. Los tres pollitos en fuga habían levantado sus alitas en favor del Presupuesto 2026 y Moisés tuvo premio: será la vicepresidenta del cuerpo. En ese revoleo, el peronismo se quedó sin autoridades en una cámara que supo controlar a su antojo.

El Congreso convirtió en ley la reforma laboral después de un largo ida y vuelta de un lado al otro del Salón de los Pasos Perdidos lubricado por los favores de los héroes del cuórum y los matices, que no necesitan votar (siempre) a favor: les alcanza con habilitar.

La motosierra de Milei logró rasgar, incluso, el cuero supuestamente más grueso del peronismo que queda: cansados de firmar paritarias a la baja, los jefes de los gremios de estatales bonaerenses, abonados en los actos partidarios del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), la corriente interna que lidera Axel Kicillof, se le pararon de manos al gobernador y le plantaron paros en escuelas y ministerios. Fuego amigo por desgaste para el flamante jefe del PJ bonaerense, que se presenta como la contracara del modelo libertario, basado en el ajuste con epicentro en los salarios del sector público, y busca posicionarse como la principal alternativa para las presidenciales de 2027.

Un peronismo huérfano, entre el metro cuadrado y el frasco

Después de desangrar al gobierno del Frente de Todos en la carnicería de una interna autodestructiva y dejar al país en el clímax de la frustración colectiva que volcó al 56% del electorado en la ilusión de las utopías ultraderechistas, el peronismo volvió a encerrarse en la centrífuga de su guerra civil en octubre de 2024, cuando Cristina Fernández de Kirchner, lejos de soltar el bastón de mariscal que había ofrecido, hizo la mímica de ceder ante un operativo clamor que había alentado para ir por la presidencia del Partido Justicialista Nacional.

CFK quintela
CFK y Ricardo Quintela en San José 1111.

CFK y Ricardo Quintela en San José 1111.

La interna con el riojano Ricardo Quintela, testimonio de un peronismo tierra adentro sin pies ni cabeza, se resolvería en los escritorios de la jueza María Servini y sería una pantalla: la verdadera pelea estallaba al interior del kirchnerismo XS refugiado en la provincia de Buenos Aires, donde Kicillof, que un año antes había convocado a componer una nueva canción para el alumbramiento del poskirchnerismo, daba el primer golpecito en la mesa al negarse a respaldar la candidatura de La Jefa.

A partir de ahí, la hecatombe, la debacle total, una sucesión de hechos bochornosos que llevó al peronismo bonaerense a un estado de guerra abierta con la decisión de Kicillof de desdoblar las elecciones de medio término en la provincia, lo empujó hasta la cornisa misma de la fractura formal en el volcánico cierre de listas de las legislativas provinciales del 7 de septiembre y volvió a empujarlo al teatro de operaciones tras la derrota en las nacionales del 26 de octubre, cuando el kicillofismo y el cristinismo, encarnado en La Cámpora, la agrupación que lidera el heredero Máximo Kirchner, se revolearon facturas de grueso espesor por la no campaña que hicieron los intendentes, que el mes anterior habían dejado todo en la cancha.

Maximo Kirchner y Axel Kicillof FP
Máximo Kirchner y Axel Kicillof: máxima tensión en el escenario de la derrota del 26 de octubre.

Máximo Kirchner y Axel Kicillof: máxima tensión en el escenario de la derrota del 26 de octubre.

El internismo calentó la Legislatura a fines del año pasado, cuando los soldados de Cristina le hicieron sudar la gota gorda al gobernador para conseguir su presupuesto 2026 y una autorización para endeudarse que, de no haber sido aprobada, habría significado una suerte de shutdown del gobierno provincial.

El fantasma de la ruptura definitiva volvió a sobrevolar el kirchnerismo en la disputa que enfrentó una vez más a Kicillof y a La Cámpora por la conducción del PJ bonaerense. La ofrenda de paz de Kirchner, cuando mandó filtrar su propuesta de que el propio gobernador tomara ese cetro, alentó alguna sospecha de que CFK -presa, convaleciente y con las visitas a su departamento celda de San José 1111 restringidas-, había bajado la guardia.

El show de grotesco que ofreció el peronismo esta semana en La Plata pinchó esa burbuja de ensueño: sin asomar del frasco en el que siguen encerrados, el kicillofismo y el cristinismo se trenzaron en una batalla sin cuartel por… la vicepresidencia del Senado provincial, una refriega que dejó herido al gobernador y cocinó un día después incandescente, en el que La Cámpora fingió demencia y, con su mejor cara de perro que volteó la olla, se quejó de los títulos que daban a su jefe ganador de la contienda.

Mario Ishii
Que no falte el poncho, ni siquiera en febrero. Mario Ishii, aliado de Máximo Kirchner en la batalla del Senado bonaerense. Guerra sin fin.

Que no falte el poncho, ni siquiera en febrero. Mario Ishii, aliado de Máximo Kirchner en la batalla del Senado bonaerense. Guerra sin fin.

Como escribió Macarena Ramírez en la Novena Sección de este sábado, el culebrón volvió a soltar los demonios que gobiernan al peronismo bonaerense y derribó los precarios puentes que quedaban. La lucha continuará, porque lo que ya está en juego, lejos de la defensa de la Argentina de Perón, es la sucesión del gobernador, el control del fuerte en el que se ha refugiado el kirchnerismo desde que se redujo a un partido provincial.

CFK, otro liderazgo que termina por las malas

Cristina “sabe que la sacaron de la cancha y que su opinión no gravita en el peronismo igual que antes”, escribió Gabriela Pepe en su columna dominical del 8 de febrero y aportó el dato que explica el ocaso del liderazgo de la expresidenta: “Salvo que un tribunal internacional intervenga y atienda sus argumentos, su nombre no podrá estar nunca más en una boleta”, por lo que “su figura dejó de ser una amenaza y una carta de negociación para propios y ajenos”.

El crepúsculo cristinista responde a un patrón que une, con un hilo rojo, a las conducciones que fueron preponderantes en el peronismo, empezando por el mismísimo Perón; las que ejercieron figuras políticas extraordinarias que, regidas por la cultura del personalismo y el verticalismo, se aferraron al mando hasta que un hecho externo irrevocable se los arrebató por las malas y dejaron al movimiento y al país sumergidos en crisis gravísimas.

He ahí una razón institucional que consolida esa matriz: en Argentina, las personas que llegan a la presidencia deben dejar el poder al cabo de dos mandatos consecutivos, pero nada les impide postularse de nuevo después de un recreo de un período. O sea, siempre pueden volver, a menos que mueran, como Perón, o sean condenadas e inhabilitadas por la Justicia, como CFK. Estados Unidos tiene resuelto ese problema: dos mandatos y nunca más, dice taxativamente una enmienda de la Constitución. Los liderazgos, entonces, tienen fecha de vencimiento y una dinámica saludable de renovación.

Embed - Cristina Kirchner bailó en el balcón tras conocerse los resultados de las elecciones

Como sea, el peronismo post-Cristina es un invertebrado que se debate entre el metro cuadrado, con gobernadores y sindicatos que se conforman con negociar la protección de sus territorios y sus cajas, y el encierro en el frasco de un internismo sin solución de continuidad mientras, afuera, el huracán Javier arrasa con la Argentina y los argentinos que juraron defender.

Bonus track: este viernes, Sebastián Galmarini, el cuñado de Sergio Massa, socio político de Máximo Kirchner, le advirtió a Kicillof, en una entrevista con Letra P, que no es tiempo de candidaturas, mientras circulaban rumores sobre presidenciables alternativos que se cocinan en laboratorios del Frente Renovador. No paran.

¿Y ahora quién podrá ayudarnos?

Allá lejos en los ochentas, Rolando Hanglin cerraba el programa que conducía en Radio Continental con un texto –siempre el mismo- en el que advertía, palabras más, palabras menos: “A partir de ahora, cualquier cosita, llamen a otro”.

Mucho más acá en el tiempo, Cristina Kirchner solía decir que el pueblo siempre vuelve a convocar al peronismo para arreglar lo que rompe la derecha. Lo hizo, por ejemplo, en 2024 en Santiago del Estero, durante un acto por el Día de la Militancia. “Llegamos siempre para sanar los desastres económicos que nos hacen en nombre del libre comercio y la libre empresa", se golpeó el pecho.

A este paso, habrá que llamar a otro, como pedía Hanglin.

Axel Kicillof y Máximo Kirchner.
No va más: Máximo Kirchner y Axel Kicillof

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