30|7|2022

Massa, Guzmán y el Palacio de Normandía

19 de junio de 2022

19 de junio de 2022

El diputado jefe se muestra como recambio para abatir la inflación. En busca de un revulsivo para ir por el poder. ¿Será Economía su cabecera de playa?

Las 14 cuadras de Hipólito Yrigoyen que separan el Ministerio de Economía del Congreso –15 si se camina por Rivadavia para incluir la Casa Rosada en el itinerario– albergan a buena parte del funcionariado nacional. Como si en el Gobierno no hubiera "diferencias naturales que es sano plantear", los diálogos que se dan en esos edificios han sido unánimes en los últimos días en hacer notar la ofensiva del titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, ya no por elevar su perfil, sino por hacerlo con la mira puesta en el Palacio de Hacienda. Esos comentarios expresan la sospecha de que el tigrense pretende hacer pie en ese sitio para, con poderes ampliados, convertirlo en su desembarco en Normandía, cabecera de playa que hoy entiende fundamental para mantener vivo su sueño presidencial.

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En esos despachos oficiales, Letra P recogió comentarios repetidos sobre los sugestivos movimientos recientes de Massa: perfil más alto, confrontación nacional con la figura de Mauricio Macri, apariciones permanentes en los medios, exposición como garante de cierta unidad, vocación de contención en el Frente de Todos y hasta presencia en actos en principio ajenos a su función, desde la inauguración de un puente modular en Moreno hasta una escuela municipal de Robótica en La Banda, Santiago del Estero; siempre, claro, cuidando su rol de "Señor de los Alivios" de su nicho electoral, la clase media.

 

En este apartado se destacan sus ofensivas recientes –en verdad son anuales, dada la elevada inflación– en pos de una actualización de los montos facturables a través del monotributo y del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, las que se esmeró en presentar como una pulseada personal con Martín Guzmán. A su pedido inicial por carta –¿era necesaria semejante formalidad?–, el ministro de Economía le respondió, irritado, que la actualización del segundo ítem era “una obviedad". Sin embargo, para Massa, lo evidente fue rentabilidad política pura.

 

En los últimas semanas, su campaña tomó nuevo brío con la "filtración" de un encuentro con seis economistas –entre ellos, el transversal Martín Redrado– y, antes de este fin de semana, con la llegada de una narrativa novedosa a los medios. Tras afirmar y reiterar que la Argentina tiene futuro y que Todos es la mejor herramienta para alcanzarlo, algunos artículos resaltaron su voluntad de "ponerse al frente" de la lucha contra el flagelo de la inflación y, en paralelo, le atribuyeron a Alberto Fernández la demora en tomar por las astas al toro de la economía en crisis permanente.

 

Guzmán registra claramente estas movidas y hoy podría considerar que Massa es una amenaza incluso mayor para su futuro político que la que representan los dardos de Cristina Fernández de Kirchner. Es más, llama la atención que en los últimos días los ataques desde el entorno de la vice hayan decrecido notoriamente. Desde que trascendió que el Presidente le puso plazo al ministro para que demuestre que la inflación realmente baja, es como si CFK hubiese dado un paso atrás, dejando el espacio necesario para que un eventual reemplazo pueda ser leído como una decisión no forzada de quien posee el fetiche de "la lapicera".

 

El problema de Massa para pelear por el poder no son sus aspiraciones ni su preparación, sino la opinión pública. Según el Informe Nacional de junio de Zuban, Córdoba y Asociados, su diferencial de imagen positiva y negativa le da tan mal como a Fernández: -49,3% el primero, 43,4% el segundo.

 

El caso resulta llamativo para quien no sufre en carne propia los costos de gobernar.

 

Para que el sueño presidencial no sea esquivo una vez más, la ofensiva massista, que cuenta con el aporte militante en el territorio bonaerense de su esposa titular de AySAMalena Galmarini, requeriría de un revulsivo fuerte, incluso para ser considerado por Cristina Kirchner como su próximo conductor designado. Pasar –con éxito, claro– por el Palacio de Hacienda sería uno muy relevante.

 

Por encima de todo este movimiento subterráneo flota el Presidente, quien hizo de la necesidad virtud y, ante la conmoción por la salida forzada de Matías Kulfas, hizo aterrizar en el gabinete a Daniel Scioli. El exgobernador no es solo un presidenciable más en la transitada autopista del peronismo market-friendly, esto es un competidor potencial para Massa, sino alguien que en la interna ha actuado como un aliado de Guzmán.

 

Así fue en la gestión ante el gobierno de Brasil para asegurar la provisión de electricidad para el invierno y la aceptación de que Bolivia destine a la Argentina los excedentes de gas que no use, entre otras gestiones vinculadas a la espinosa problemática energética.

 

Acaso eso le haya recordado a Massa antiguas reyertas con el nuevo ministro de Desarrollo Productivo, a quien nunca le perdonó sus amagues de 2013 para darle pelea desde afuera a Cristina Kirchner para, finalmente, no solo quedarse en el espacio sino ser “el primer Alberto" de la entonces presidenta en la elección de 2015. La intrusión, en aquel mismo año, que sufrió en su casa de Tigre no hizo más que ahondar la desconfianza con quien era entonces gobernador.

 

Acaso para endulzarlo por el mal trago del arribo de Scioli, acaso para mostrarle a Estados Unidos que al menos uno de los referentes del Frente de Todos se mantiene leal al armado panperonista, Fernández subió al diputado jefe al avión que lo trasladó a la Cumbre de las Américas de Los Ángeles.

 

Para el Presidente, estos años son una caminata sin fin sobre una cuerda floja. Su sed de evitar que el suelo se abra debajo de sus pies lo obliga a hacer, lo mejor que le sale, un equilibrio continuo entre aliados enfrentados. Pronto le llegará el momento de decidir si Guzmán seguirá en su sillón cuando falten 12 meses para las elecciones o cede al empuje del señor que ahora promete también aliviar la llaga de la inflación.