El diputado jefe se muestra como recambio para abatir la inflación. En busca de un revulsivo para ir por el poder. ¿Será Economía su cabecera de playa?
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Las 14 cuadras de Hipólito Yrigoyen que separan el Ministerio de Economía del Congreso –15 si se camina por Rivadavia para incluir la Casa Rosada en el itinerario– albergan a buena parte del funcionariado nacional. Como si en el Gobierno no hubiera "diferencias naturales que es sano plantear", los diálogos que se dan en esos edificios han sido unánimes en los últimos días en hacer notar la ofensiva del titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, ya no por elevar su perfil, sino por hacerlo con la mira puesta en el Palacio de Hacienda. Esos comentarios expresan la sospecha de que el tigrense pretende hacer pie en ese sitio para, con poderes ampliados, convertirlo en su desembarco en Normandía, cabecera de playa que hoy entiende fundamental para mantener vivo su sueño presidencial.
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En esos despachos oficiales, Letra P recogió comentarios repetidos sobre los sugestivos movimientos recientes de Massa: perfil más alto, confrontación nacional con la figura de Mauricio Macri, apariciones permanentes en los medios, exposición como garante de cierta unidad, vocación de contención en el Frente de Todos y hasta presencia en actos en principio ajenos a su función, desde la inauguración de un puente modular en Moreno hasta una escuela municipal de Robótica en La Banda, Santiago del Estero; siempre, claro, cuidando su rol de "Señor de los Alivios" de su nicho electoral, la clase media.
El problema de Massa para pelear por el poder no son sus aspiraciones ni su preparación, sino la opinión pública. Según el Informe Nacional de junio de Zuban, Córdoba y Asociados, su diferencial de imagen positiva y negativa le da tan mal como a Fernández: -49,3% el primero, 43,4% el segundo.
El caso resulta llamativo para quien no sufre en carne propia los costos de gobernar.
Para que el sueño presidencial no sea esquivo una vez más, la ofensiva massista, que cuenta con el aporte militante en el territorio bonaerense de su esposa titular de AySA, Malena Galmarini, requeriría de un revulsivo fuerte, incluso para ser considerado por Cristina Kirchner como su próximo conductor designado. Pasar –con éxito, claro– por el Palacio de Hacienda sería uno muy relevante.
Por encima de todo este movimiento subterráneo flota el Presidente, quien hizo de la necesidad virtud y, ante la conmoción por la salida forzada de Matías Kulfas, hizo aterrizar en el gabinete a Daniel Scioli. El exgobernador no es solo un presidenciable más en la transitada autopista del peronismo market-friendly, esto es un competidor potencial para Massa, sino alguien que en la interna ha actuado como un aliado de Guzmán.
Así fue en la gestión ante el gobierno de Brasil para asegurar la provisión de electricidad para el invierno y la aceptación de que Bolivia destine a la Argentina los excedentes de gas que no use, entre otras gestiones vinculadas a la espinosa problemática energética.
Acaso eso le haya recordado a Massa antiguas reyertas con el nuevo ministro de Desarrollo Productivo, a quien nunca le perdonó sus amagues de 2013 para darle pelea desde afuera a Cristina Kirchner para, finalmente, no solo quedarse en el espacio sino ser “el primer Alberto" de la entonces presidenta en la elección de 2015. La intrusión, en aquel mismo año, que sufrió en su casa de Tigre no hizo más que ahondar la desconfianza con quien era entonces gobernador.
Para el Presidente, estos años son una caminata sin fin sobre una cuerda floja. Su sed de evitar que el suelo se abra debajo de sus pies lo obliga a hacer, lo mejor que le sale, un equilibrio continuo entre aliados enfrentados. Pronto le llegará el momento de decidir si Guzmán seguirá en su sillón cuando falten 12 meses para las elecciones o cede al empuje del señor que ahora promete también aliviar la llaga de la inflación.