29|11|2021

La promesa antirrepublicana de Propuesta Republicana

07 de noviembre de 2021

07 de noviembre de 2021

En la previa de su posible triunfo, JxC exhibe incivilidad. Deslices en una semana fatal. Ruido interno y un rumbo que inquieta. ¿Hay patria que se lo demande?

Es sabido que la sumatoria amarga de herencia, malos diagnósticos, errores no forzados, insuficiente política y peor comunicación, insistencia en recetas ineficaces, pésimo contexto global en lo económico y lo sanitario y –¿por último?– interna brutal a cielo abierto explican la decepción de un sector clave de la sociedad con el gobierno del Frente de Todos y el palazo que el oficialismo sufrió en las primarias del 12 de septiembre. En una semana nada más, se sabrá si dicho escenario se confirma, se sostiene o mejora para el Gobierno en la elección efectiva de legislaciones nacionales, pero todo aquello solo explica una parte del delicado estado político de la Argentina. La otra está dada por la vigencia electoral de una oposición que muta de forma pero no de fondo, de la que no se conoce autocrítica real tras su dramático paso por el poder entre 2015 y 2019 y que, embanderada en un discurso republicano, no deja de atentar en los hechos contra principios republicanos básicos.

 

Lo primero que llama la atención son los números: si en la presidencial de hace dos años Mauricio Macri logró obtener el 40,26% de los votos –algo notable, aun en la derrota, dados los resultados de su gestión–, las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 12-S le dieron a la alianza de centroderecha un 40,16% nacional. Hablemos de núcleos duros…

 

Es sabido que el PRO (Propuesta Republicana) y JxC le ofrecen a su base es, ante todo, antiperonismo visceral. ¿Prometerán volver mejores?

 

La última semana de buena parte de la primera plana de la oposición fue realmente fatal, lo que en algún caso obligó a salir a diferenciarse al presidenciable Horacio Rodríguez Larreta –como se sabe, está siempre dispuesto a dialogar con todo el arco político, salvo con el kirchnerismo–, aunque haya sido en un tono más técnico que moral.

 

La saga comenzó justo hace una semana, cuando Macri –cuyo protagonismo ha resultado poco feliz, pero indiscutible– almorzó en el living más gorila de la TV como si estuviera en su propia casa. “Si ganábamos la elección (de 2019), antes del 10 de diciembre ya habíamos arreglado la deuda a diez años” con los acreedores privados y con el Fondo Monetario Internacional (FMI), dijo. “Lo arreglábamos en cinco minutos”, aseguró.

 

Más allá del peculiar uso de los tiempos verbales que daña la decodificación de su mensaje, en este caso cabe darle la derecha.

 

En efecto, si en su mandato supo contraer deuda pública por decenas de miles de millones de dólares –incluso a cien años y a tasas exorbitantes y que, en buena medida, se fue por la canaleta de la fuga– y si dentro de aquella se cuenta la de 57.000 millones negociada en diez minutos con el Fondo, ¿cómo dudar de que podría reprogramarla aun más velozmente? Eso es así, sobre todo, si se repara en la desaprensión que mostró su gobierno al fijar el calendario de reembolsos.

 

La administración responsable de los recursos públicos es una característica saliente de la ética republicana, sobre todo en un país en el que sus exponentes suelen vincularla más con la plata que con los valores. Sin embargo, la sociedad pone las varas cada vez más abajo y el grueso de la Argentina antiperonista es consecuente, pero poco exigente.

 

El segundo acto de la semana de JxC tuvo también como protagonista al expresidente, quien finalmente cumplió –tras tres intentos infructuosos–con el trámite de prestar declaración indagatoria en la causa en la que podría quedar procesado por el espionaje practicado a las familias de las víctimas del submarino ARA San Juan. Sin embargo, solo lo hizo mediante un escrito vacío en el que se limitó a negar las imputaciones. Eso deschavó como una simple estrategia dilatoria su anterior pedido de ser relevado, en tanto exjefe de Estado, del "deber de confidencialidad” de información de inteligencia. Para la patria republicana, respetar al Poder Judicial debería ser un sacramento –sobre todo, en el caso de un exmandatario– y, si un juez es ratificado por tribunales superiores, simplemente correspondería acatar sus decisiones. Las garantías del sistema no dependen, se supone, de un solo magistrado, sino de una trama institucional que se valida. Lo contrario implicaría una suerte de paso a la clandestinidad.

 

Si el expresidente solo mostró ganas de melonear y desprecio por el juez Martín Bava, completó su paso por Dolores con un atentado contra la libertad de prensa al arrebatarle el micrófono a un cronista de C5N y arrojarlo al piso.

 

El pedido de disculpas posterior se pareció más a una burla que a una retractación, aunque –digamos todo– también aceptó ser entrevistado sobre el hecho por el canal de noticias que no le pertenece y afrontó la valiente admonición de los interrogadores, quienes le explicaron –encima con la “f” final arrastrada– que eso “se vio como un acto feo”. Fuerte.

 

Eso sí, lo que sea que haya querido hacer –incluso en medio del pánico al micrófono-misil– lo ejecutó sin perder la sonrisa y la elegancia.

 

Por si lo anterior fuera poco, el macrismo filtró asimismo la reunión que el exmandatario mantuvo con Javier Milei antes de las PASO, lo que forzó al ascendente minarquista-paleolibertario a explicar que aquel –un político con casi 20 años de actuación, exjefe de Gobierno porteño por dos mandatos, expresidente, empresario acaudalado e hijo de la polémica “patria contratista”– no es un miembro de la “casta” que denuesta. Además, a explicar por qué se aproxima a un hombre cuya gestión ha calificado de desastrosa y –¡Dios!– incluso “socialista”.

 

¿Será que los halcones del PRO quieren incluir a la ultraderecha en unas PASO amplias en 2023, en las que estos simplemente participen como una fuerza autónoma? ¿O acaso los ven como socios de un armado más grande, que incluya una precandidatura presidencial de Patricia Bullrich o, si la economía termina como predijo hace años Carlos Melconian, del propio Macri? En cualquier caso, si ese sector –y su electorado, lo que incluye al bonaerense de José Luis Espert– ha de ser incluido, queda claro que JxC acepta, al menos, tomar como propia parte importante de su plataforma, una hecha, según reseñó el periodista Jairo Straccia, de cercenamiento del derecho de huelga –en particular para sectores como el docente–, limitación severa de los programas de asistencia social, despido masivo de empleados públicos, el fin de la gratuidad en las universidades nacionales, reducción de la edad de imputabilidad y adopción de la mirada de Estados Unidos en materia de seguridad y narcotráfico. Porque, ante todo, la libertad avanza.

 

Dicho programa –en los términos de Milei, implica también la dolarización de la economía y el incendio intencional del Banco Central– puede gustar o no, pero resulta claro que reduce la idea de libertad al derecho de propiedad e implica la cancelación de varios derechos constitucionales. Detrás del mismo prima una idea crudamente darwinista de lo social, al punto de que el candidato capitalino tartamudea cuando debe responder algo tan simple como si le gusta la democracia.

 

Como sea, el propio Macri enunció su coincidencia con los valores paleo. Lo que aún no explicó es cómo el disgusto por la democracia, el rechazo a la política y el plan de destruir el Estado de ese sector se compadecen con una mirada republicana.

 

Hay que comprender las dificultades de las palomas: Macri, Bullrich y el resto de los halcones no dejan de empiojar una interna que debería inquietar a los argentinos preocupados por el futuro tanto como la oficial. En efecto, ¿qué pensarán sobre esos arrumacos Larreta y María Eugenia Vidal, destratados por el admirador de Donald Trump y Jair Bolsonaro de un modo que debería espantar a cualquier ciudadano o ciudadana que se interesara por la convivencia civil?

 

Como sea, los halcones no son interpelados por la trinchera popular de la derecha, ni siquiera cuando Bullrich sufre una activación del virus del peronismo revolucionario que sigue portando –aunque de modo en general asintomático– y, al grito de “al enemigo ni justicia”, sale a hacer política pequeña con hechos grandes como la cirugía a la que se acaba de someter la vicepresidenta Cristina Kirchner.

 

Juntos por el Cambio se prepara para obtener, justo dentro de una semana, una victoria que podría ponerla en camino a regresar al poder. Sin embargo, no revela autocrítica alguna por lo hecho en su primer paso por el Gobierno, no brinda la menor idea de cómo se casan con su prédica republicana el rechazo al diálogo político y el ninguneo de la Justicia y de la libertad de expresión y coquetea con la ultraderecha recalcitrante que promete ajuste salvaje y desprecia las normas más elementales de la convivencia política.

 

Igual no hay drama: en una Argentina en la que parece regir una suerte de meritocracia al revés, en la que un suelo tan fértil en talento, trabajo y hasta honestidad engendra tantos líderes en los semilleros menos prometedores, no hay patria que lo demande.

 

Será hasta el próximo domingo. Que tenga una buena semana.