21|11|2021

La sed colosal de Alberto Fernández

31 de octubre de 2021

31 de octubre de 2021

El Presidente busca un éxito. ¿Puede darle el FMI lo que necesita? Condición necesaria, no suficiente. La economía y los dos años que quedan. Ya no será Néstor.

De Morón a Roma, del ensalzamiento del legado de Néstor Kirchner –una forma de darse una identidad– al Fondo Monetario Internacional: la tercera gira europea de Alberto Fernández describe la parábola perfecta que va de lo que se soñaba a lo que no fue, describe el módico espacio de lo que todavía puede ocurrir y señala una pregunta acuciante: en medio de tanta frustración, ¿los éxitos aún alcanzables, que el Presidente necesita como agua en medio de un desierto calcinante, podrían alcanzarle para dejar una huella?

 

Casi dos años después de su asunción, la agenda pendiente de la Argentina se parece asombrosamente a la inicial: ordenar el castrante festival de deuda del impenitente Mauricio Macri, controlar una inflación que este último dejó en más del 50% anual, restaurar el crecimiento perdido hace más de una década y recuperar los devastados ingresos populares, rueda –como le gusta decir al mandatario– sobre la que gira una economía como la argentina, dependiente en casi un 70% de la tracción del consumo.

 

Nada de eso ha sido resuelto por el momento, lo que explica el castigo de la mayoría del electorado en las últimas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) y el pronóstico reservado con el que el panperonismo encara el camino final hacia las legislativas del 14N. ¿Cuáles serían, entonces, los objetivos que, razonablemente, el Gobierno podría ponerse con la primera mitad del mandato ya consumida y la otra severamente condicionada?

 

La financiera es, tal como lo cuenta en detalle Gabriela Pepe en su cobertura desde Europa para Letra P, es la agenda predominante.

 

Eso es así, por un lado, porque resulta acuciante refinanciar los compromisos imposibles dejados por el macrismo con el FMI, especialmente desde marzo próximo, una fecha que opera como plazo máximo de hecho para alcanzar el acuerdo que evite un default. Hay referentes del Frente de Todos que, pasados de análisis político, ignoran variables económicas y hasta de política internacional elementales. Como dijo hace pocos días el ministro de Economía, Martín Guzmán: “¿Uno puede patear el tablero y decir ‘afuera el FMI’? Lo que hay que entender es que el rival también juega. Acá estamos hablando de la relación de un Estado nación con todos los Estados nación del mundo”, que son los que conforman el organismo. 

 

La segunda razón de la primacía de la agenda de la deuda eterna es que, sencillamente, su ordenamiento es más sencillo de lograr que los de poner en caja la inflación, fundar un patrón de crecimiento y terminar con una era de retracción desesperante de los salarios, las jubilaciones y las prestaciones sociales.

 

Hay que recordar que el arreglo de la deuda, ya concretado en su tramo privado, fue la base sobre la que el entonces flamante Frente de Todos diseñó su política exterior incluso antes de ganar las elecciones de 2019. Las tratativas con el Fondo se demoraron, al punto de tomarse toda la primera mitad del actual mandato. Sin embargo, como se sabe, pasaron cosas que le impidieron al Gobierno al menos acercarse a sus otros objetivos, piedra de toque de una interna brutal en el oficialismo.

 

Nadie debería arrogarse el derecho de ser un sommelier de frustraciones ajenas, pero una mirada que se pretenda profunda debería ir, aunque sea un poco, más allá de los sentimientos y preferencias del electorado. El castigo a una administración que no logró, como había prometido, “poner dinero en los bolsillos de la gente” es potestad de la ciudadanía, pero ningún análisis honesto puede soslayar el impacto de la pandemia para explicar buena parte de lo que ocurre. Pretender, en medio del Gran Confinamiento, que la economía creciera y la distribución del ingreso se hiciera más progresiva era una utopía. El problema para el Presidente es que a eso sumó graves errores propios y, de manera inexorable, un juicio condenatorio en las urnas que desató la guerra de Todos contra Todos y que hizo –y probablemente hará– cada paso futuro más cuesta arriba.

 

“Un acuerdo con el FMI sería, sin dudas, un éxito. Sin embargo, sería una condición necesaria pero no suficiente para el urgente relanzamiento nacional”.

Esa es, sin embargo, la ley interior. Hacia afuera, el profeta offshore –como todos los que han enfrentado dramas similares– busca oxígeno, lustre personal y un grado elevado de libertad frente a los condicionamientos que en la interna le impone su poderosa vicepresidenta, Cristina Kirchner.

 

El ruido que hacen las tripas, con todo, se escucha fuera del propio cuerpo. Que en su alegato en el G20 a favor de nuevas reglas que permitan a deudores del FMI como la Argentina no pagar las actuales sobretasas y beneficiarse de líneas de crédito a más de diez años –hoy inexistentes– Fernández haya tenido que aclarar que “no vengo a renegar del capitalismo” resulta suficientemente elocuente de las percepciones que genera el sinuoso tango que baila con Cristina.

 

Un acuerdo con el FMI, basado en un guiño que –como se espera ahora– podría quedar plasmado en la declaración del G20 respecto de las sobretasas o, incluso, de una extensión del repago más allá de los plazos contemplados hasta el momento sería, sin dudas, un éxito. Tanto es así, que el Gobierno lleva dos años buscándolo.

 

«“Urge resolver los dos problemas de fondo de la economía nacional: la falta de un crecimiento robusto y sostenido y el control de una inflación demasiado alta”.»

Con independencia de ciertas voces que ponen en duda la conveniencia de pactar, sería un logro no solo del Presidente sino de todo el Frente de Todos, dado que la cuestión formó parte central del programa inicial de la coalición. El problema es que esa es una condición necesaria pero no suficiente para el urgente relanzamiento nacional.

 

La cuestión del FMI prima en las proyecciones de muchos economistas, tanto como lo hizo en su momento el entendimiento con los acreedores privados extranjeros. ¿Será que su verdadero efecto sobre las expectativas está un tanto inflado? Pandemia y errores no forzados mediante, pese a que este objetivo de refinanciar con los privados se consiguió, la Argentina sigue ostentando un riesgo país superior a los 1.700 puntos básicos. Si el Estado debiera enfrentar hoy los vencimientos pateados para adelante por Guzmán, debería rollearlos endeudándose a casi el 20% anual en dólares, un disparate que no puede salir del estatus de la fantasía. Así, dada la imposibilidad de pagar con reservas prácticamente inexistentes, la única alternativa sería una nueva renegociación al filo del default.

 

Claro, ese no es el escenario actual –todavía quedan un par de años para que empiece a correr el reloj de esa exigencia–, pero urge resolver los dos problemas de fondo de la economía nacional: la falta de un crecimiento robusto y sostenido y el control de una inflación tan alta que hace imposibles las ganancias reales de los salarios y, con eso, la puesta en marcha del círculo virtuoso del consumo y la producción.

 

Otra vez entre Morón y el FMI, es muy escaso el tiempo que le resta a Alberto Fernández para lograr lo mismo que el Néstor Kirchner que gobernó de 2003 a 2007. En los dos años que le quedan, en el mejor de los escenarios, acaso podría lograr el encauzamiento de la perpetua crisis nacional. Si ese logro –de por difícil y no exento del peligro de desbarrancar– puede alcanzarle para prolongar una era política –la suya o, cuando menos, la del panperonismo– es un asunto que está por verse. Mientras tanto, no le vendría mal al Presidente, por fin, poder respirar hondo y mostrar algún logro de calado.

 

El camino, por arduo que parezca, solo se desanda con un paso a la vez.