26|11|2021

03 de febrero de 2021

03 de febrero de 2021

Fernández y una diplomacia con sello propio. De Bolivia a Chile y Uruguay, de Venezuela a EE.UU., lejos de la sombra de Cristina. ¿Semilla del albertismo?

La posible reunión entre Alberto Fernández y Jair Bolsonaro, que, como adelantó Letra P, se prepara para el 26 de marzo en Iguazú, no solo significaría el primer cara a cara entre ambos mandatarios después de 14 meses de compleja convivencia en la política regional, sino, también, el punto culminante de una política exterior en la que el argentino logra lo que se le escapa en el juego doméstico: ser él mismo, con su impronta y sin interferencias del factor más poderoso del Frente de Todos, esto es la sombra de la vicepresidenta, Cristina Kirchner.

 

La política regional suele ser un refugio para líderes que no terminan de consolidar sus liderazgos en el plano doméstico. Las figuras de Fernando Henrique Cardoso y de Mijaíl Gorbachov son dos ejemplos, entre muchos más, de expresidentes que se sienten mucho más respetados cuando cruzan las fronteras propias.

 

Fernández ha consumido algo más de un cuarto de su mandato y tiene aún mucha tela para cortar, sobre todo teniendo en cuenta que el estallido de una pandemia que no figuraba en los cálculos de nadie puso sus planes –la historia, incluso– en suspenso. Con la perspectiva de que, vacunas mediante, la misma ceda este año, permitiendo el restablecimiento de la actividad económica, acaso su verdadero mandato esté por comenzar.

 

Ese, claro, es el deseo oficial. La realidad se muestra cruel y no solo por imperio de la mencionada pandemia y la herencia M, sino, también, por las idas y vueltas del propio Fernández, errores no forzados que ocultan el rumbo que pretende darle a su gestión, si es que lo hay. Impactan, asimismo, las exigencias de Cristina, quien limita el margen de maniobra del gobierno que contribuyó como nadie a entronizar, convencida como está de que su legado no fue, en 2015, el de un país estancado sino uno impecable.

 

En el plano en el que sí arrancó la presidencia (Alberto) Fernández es en el diplomático. Esto es así, por un lado, porque el Presidente se ha reservado el manejo de la Cancillería a través de Felipe Solá, a quien decidió sostener a pesar de los ruidos que se produjeron entre ambos en los últimos meses, en especial, tras el fallido relato que hizo el ministro de la conversación telefónica que aquel mantuvo con el estadounidense Joseph Biden. La relación entre el jefe de Estado y su canciller parece hoy restablecida, pero para eso hizo falta que el primero decidiera no entregar la cabeza del segundo habida cuenta de que casi toda vacante que se produce en su gabinete resulta cubierta con gente afín a Cristina Kirchner. La jefatura del Palacio San Martín no es un puesto más.

 

Es con todos. Con el conservador Piñera, también.

En segundo lugar, más allá incluso del trabajo de la Cancillería, Fernández se reserva nichos clave de diplomacia presidencial, como se comprobó en el encuentro que mantuvo en noviembre con su homólogo uruguayo, Luis Lacalle Pou, a quien visitó en Colonia.

 

Ese coto personal le permite hacer valer el peso de su investidura y mostrarse como más le gusta: progresista, pero pragmático; alineado con el centroizquierda regional, pero dispuesto a trazar estrategias de cooperación con mandatarios de otras vertientes ideológicas.

 

De ese modo, el Alberto Fernández que hizo punta –casi en soledad– en la región en el rechazo al golpe que apartó del poder a Evo Morales –y que le dio asilo al boliviano– es el mismo que viajó a Chile a fines del mes pasado para estrechar la relación con el gobierno de Sebastián Piñera.

 

En tanto, también actuó sin demoras en el reconocimiento del triunfo de Biden, mientras el gigante sudamericano, Brasil, le daba largas al asunto y seguía bailando al son del rap del fraude que cantaba Donald Trump. Eso, sin embargo, no le impidió consumar un acercamiento tanto sanitario como geopolítico con la Rusia de Vladímir Putin, que sigue en curso de colisión con la Casa Blanca más allá de la salida de los republicanos y del ingreso de los demócratas.

 

Ese relevo, sin embargo, le da aire a su idea sobre cómo lidiar con la crisis eterna de Venezuela, esto es a través de una negociación entre chavistas y opositores gestionada desde la región, la que ha incluido palabras duras sobre la situación de los derechos humanos en ese país y los consiguientes roces con el ala K de la alianza oficial.

 

En momentos en que visitaba Chile, el canciller de ese país, Andrés Allamand, reveló más de la cuenta en una entrevista. "De aquí a algunas semanas se va a conformar un frente común en el que las distintas instancias que tienen preocupación por el proceso de transición en Venezuela vayan convergiendo en una estrategia común (…) que tiene como uno de los elementos fundamentales la necesidad de que exista una salida política”, dijo. “Con Argentina hemos estado trabajando en una nueva aproximación”, abundó.

 

El presidente argentino lo desmintió en clave light. “Ese tema no lo toqué con el presidente Piñera”, dijo, escueto. Fue una media verdad, ya que a nivel de cancillerías la cuestión sí se trata, sobre todo en función del cambio de clima en Washington.

 

Si bien el nuevo secretario de Estado, Antony Blinken, calificó a Nicolás Maduro de “dictador brutal” en las audiencias de confirmación en el Senado, el enfoque sobre esa materia ya no es el que era. De acuerdo con la vocera de Biden, Jen Psaki, las prioridades serán “abordar la situación humanitaria” y “revitalizar la diplomacia multilateral para presionar por un resultado democrático y perseguir a las personas involucradas en corrupción y abusos de derechos humanos”. He ahí un espacio para la diplomacia regional.

 

El matrimonio de conveniencia al que se resignan tanto Fernández como Bolsonaro viene a cerrar el círculo.

 

Después de meses de interrupción de los contactos, durante los que abundaron los ataques políticos y hasta personales del brasileño y sus hijos –respondidos una vez por el argentino, que se arrepintió a viva voz de haber mezclado lo público con lo privado–, ambos hicieron un primer cara a cara a través de una videoconferencia a fines de noviembre. Detrás de ese acercamiento paulatino también estuvo la mano del Presidente, inicialmente a través de la designación de Solá, un moderado, y luego con el nombramiento de Daniel Scioli como embajador.

 

El tejido, que incluyó cambios de contexto internacional –la salida de Trump– y de las relaciones de poder dentro del Palacio del Planalto –con el crecimiento de la figura del secretario de Asuntos Estratégicos Flávio Viana Rocha–, ahora fructifica.

 

Mientras, en el camino de cornisa que es gobernar la Argentina, el nuevo escollo es la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que impone dialogar y persuadir no solo a Biden, sino a otros jugadores importantes, como la alemana Angela Merkel.

 

Principios, pero poca ideología y diálogo tanto con amigos como con rivales: la política exterior parece el área de gobierno en la que el Presidente mejor logra imponer su impronta, lejos del frío que muchas veces le provoca estar bajo la sombra poderosa de la vice.

 

Acaso allí, solamente allí, germine esa semilla política aún desconocida llamada “albertismo”.