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La Herencia Grande: los caminos de Fernández en el polvorín latinoamericano

Estallidos por todos lados y riesgo de aislamiento. Apoyos… ¿virtuales? Sin Trump no hay FMI y sin Fondo, no hay pacto con bonistas. Sin quita. ¿Sin quita? Bolsonaro no para. Un lugar bajo el sol.
Por 26/10/2019 13:08

La política sudamericana de esta etapa tiene dos marcas: el predominio de gobiernos de centro-derecha y aun de derecha dura y los cada vez más frecuentes estallidos populares, que expresan malestares profundos y diversos. Si se cumplieran los pronósticos de las encuestas y este domingo a la noche se conviertiese en el presidente electo de la Argentina, Alberto Fernández se enfrentaría a un entorno regional y global mucho más hostil que el que conoció en sus tiempos de jefe de Gabinete de Néstor Kirchner.

Paraguay, Perú, Ecuador, Chile, Bolivia… el cronograma de los levantamientos populares mete miedo y la herencia de Mauricio Macri no deja mucho espacio para relajarse. Mejor será aquí prevenir que curar y para eso hacen falta puntos de apoyo.

En un mundo en el que predominan líderes como Donald Trump y Jair Bolsonaro y en el que conservadores presuntamente moderados como Lenín Moreno y Sebastián Piñera mutan en líderes dispuestos a ordenar represiones brutales para sofocar movimientos de protesta, a Fernández le quedaría, de ganar, poco de dónde agarrarse: Uruguay, España y México, fundamentalmente. No caer en una suerte de aislamiento será una prioridad.

 

 

LA INCERTIDUMBRE DE LOS ALIADOS. Uruguay es una isla progresista en Sudamérica, pero, mientras la Argentina defina este domingo su suerte en las urnas, el vecino hará lo propio y con pronóstico reservado: se presume que el frenteamplista Daniel Martínez ganará, pero sin la mitad más uno de los votos necesarios para evitar un ballotage previsto, igual que en nuestro país, para el 24 de noviembre. El mismo sería imposible de predecir, dado que se proyecta que la unidad de las fuerzas liberal-conservadoras podría ponerle fin a tres lustros de hegemonía de izquierda y llevar al poder al candidato del Partido Nacional (Blanco), Luis Lacalle Pou.

Sin garantías de que el vecino oriental siga siendo territorio amigo, Fernández mira a Madrid, donde tiene inmejorables relaciones dentro del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El problema es que también allí el futuro es inasible, dada la imposibilidad del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, de formar una mayoría en el Parlamento y la reiteración de los comicios el 10 de noviembre. Los sondeos anticipan, por el momento, que el PSOE volvería a quedar primero, aunque con menos bancas, y que el más radical Unidas Podemos también sufriría un retroceso, lo que, sumado a un ascenso del conservador Partido Popular (PP), amenaza, por lo menos, con extender el impasse y, en un extremo, con derivar en un cambio de signo.

El México de Andrés Manuel López Obrador, sometido como está a los caprichos del tuitero del jopo inescrutable y rostro anaranjado, queda entonces como un punto de apoyo limitado.

Un párrafo aparte merece Bolivia, donde la tercera reelección de Evo Morales ya es toda una crisis institucional. Un aporte, incluso de cara a Estados Unidos, sería que la Argentina pudiera colaborar en una solución pactada de esa puja de poder cruda, en la que no se sabe si los votos se cuentan, se inventan o se negocian.

 

 

LA OBLIGACIÓN DE CONCILIAR. Ni con Trump ni con Bolsonaro hay “piel”, pero un eventual presidente Fernández deberá buscar con ellos la mejor relación posible.

Buena parte de la política exterior del albertismo se edificaría sobre la premisa de renegociar la deuda pública, tanto con el Fondo Monetario Internacional (FMI) como con los tenedores privados, del modo más ventajoso posible. Sin el respaldo o, al menos, laissez faire de Trump, todo eso sería imposible.

Hasta ahora, Fernández mandó gente a prometerles a los fondos de inversión de Estados Unidos que la oferta de canje de los títulos en virtual default que deja Macri será amistosa, “a la uruguaya”, esto es, sin quita de capital. Sin embargo, desde el FMI hasta analistas nacionales y extranjeros crece la percepción de que la deuda nueva no será sustentable a menos que esas gestiones partan de posturas más draconianas, en las que una posible quita de capital oscile entre lo moderado y lo severo. He ahí un conflicto, serio, sobre la mesa.

 

Venezuela sería un problema severo con Estados Unidos. Como en el Frente de Todos conviven tanto promaduristas como referentes proclives al antichavista Juan Gaidó, Fernández hace equilibrio y evita hablar de "dictadura".

 

Los contactos entre el albertismo y el trumpismo, claves como se ve, han sido hasta ahora más bien indirectos. Fernández se limitó a aceitar canales en la embajada estadounidense en Buenos Aires y a enviar mensajes a través de voceros oficiosos como Sergio Massa y los economistas Guilermo Nielsen y Emmanuel Álvarez Agis, entre otros.

Los republicanos que gobiernan en Estados Unidos, en tanto, acuden a Gustavo Cinosi, muy allegado al secretario general de la OEA, Luis Almagro, y el argentino más influyente en esa organización alineada con Washignton. El entorno de Fernández le atribuye a Cinosi, dueño de las franquicias del Sheraton Pilar y Tucumán y hombre de bajo perfil, alguna terminal importante en la Casa Blanca y unas cuantas en la justicia federal argentina. Según afirman allí, actúa como correa de transmisión, básicamente en sentido norte-sur, pero igualmente no rompe el molde: el contacto bilateral aún no es fluido y Fernández espera al 28-O para oficializarlo, sobre todo a partir del envío, ya con ideas concretas, de quienes llevarían el tramo financiero de la economía argentina desde el 10 de diciembre. Mientras tanto, los allegados más cercanos del presidenciable del Frente de Todos destacan el silencio prudente de Trump, quien abrió un compás de espera en lugar de dedicarse a tirarle piedras al “populismo”.

Venezuela será un problema severo. Como en el Frente de Todos conviven tanto promaduristas como referentes proclives al antichavista Juan Gaidó, Fernández hace equilibrio y habla de “rasgos autoritarios” pero no de “dictadura”.

Si es posible que la relación con Donald Trump sea un escollo, la que se entablará con Jair Bolsonaro lo será con seguridad.

La voluntad del peronista es, con todo, salir de la órbita ultra del Grupo de Lima, que por momentos hasta parece dispuesto a aceptar una invasión estadounidense a Venezuela, y, en cambio, sumarse a las filas del Grupo Internacional de Contacto. Este, liderado por la España socialista y, en la región, por, el Uruguay frenteamplista, busca una salida negociada al entuerto. Hay allí dos problemas en puerta: la permanencia de las referencias es un albur y, sobre todo, Trump pide más.

SOCIO MAYOR, MAYOR PROBLEMA. Si es posible que el estadounidense sea un escollo, Bolsonaro lo será con seguridad. Este sí arrojó piedras una y otra vez contra el kirchnerismo, sin sutileza para entender conceptos como “post” o “neo” o “frente político”; la sensibilidad política no es lo suyo.

Fernández supo responderle duramente, pero luego optó por morderse la lengua.

El brasileño ahora amenaza con suspender a la Argentina del Mercosur si el peronismo llega al poder y bloquea sus planes de recortar a la mitad el arancel externo del bloque, algo que constituiría un golpe de muerte para amplios sectores de la industria de ambos países y, en el caso de la Argentina, para la esperanza de Fernández de “encender el motor de la economía”. La amenaza del excapitán es ridícula: es imposible sancionar a un país por votar a favor de sus intereses ante una propuesta de otro. Sin embargo, la relación nacería envenenada.

“El de Alberto va a ser más un gobierno de transición que de cambio”, le dijo a Letra P un hombre cercano al presidenciable. Más allá de esa confianza, primero, este domingo, deberán hablar las urnas. Con respecto a lo demás, lo que sobra es la incertidumbre.