La parábola todista: de la mueblería de San Telmo a la mesa imposible
En 2019, la fábrica/búnker de la calle México terminó de construir el Frente de Todos. De la fe y la esperanza a la parálisis de la maquinaria oficialista.
El 12 de junio de 2019, en cumplimiento de una promesa que habían hecho días antes en una charla muy espontánea que habían tenido en vivo y en directo en la pantalla amiga de C5N, Alberto Fernández y Sergio Massa se tomaron un cafecito y sellaron el acuerdo que terminó de armar el Frente de Todos con el ingreso del hasta entonces enjabonado líder del Frente Renovador. El acuerdo que completó la coalición peronista fue firmado en el búnker de campaña que el impensable candidato a presidente había montado, contrarreloj, en un local donde antes había funcionado una fábrica de muebles. Hoy, tres años, casi ocho meses y mil batallas internas después, de aquel espíritu carpinteril no queda mucho: los socios de la alianza oficialista no consiguen construir una simple mesa.
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Contaba Gabriela Pepe en una nota publicada el 17 de julio de aquel año: "Antes de convertirse en el centro de operaciones del candidato a presidente del Frente de Todos, el edificio ubicado en México 337, en el barrio de San Telmo, fue una fábrica de muebles de oficina. Sobre esa estructura desocupada, el operador todoterreno Juan Manuel Olmos mandó a montar el comando de campaña que ocupa dos pisos, con estilo moderno y minimalista y subdivisiones hechas en vidrio y durlock".
Decía también: "El búnker es la cabecera de la campaña de los Fernández, que controla el propio candidato presidencial, pero funciona en comunicación y coordinación constante con las oficinas que Massa tiene en Avenida del Libertador 850 y con el Instituto Patria". Eran tiempos de paz, amor y buenas intenciones.
"Hace tiempo que una gran parte de nuestra sociedad espera que nos unamos para que Argentina pueda salir adelante. Es una demanda que nace de abajo para arriba, en las calles y los barrios de cada ciudad y de cada pueblo", arrancaba el comunicado que celebraba el fichaje del tercer socio. "El país necesita volver a ofrecer soluciones concretas a los problemas de la mayoría. Los desafíos que tenemos por delante exigen una mirada amplia, diversa y plural, en la que ningún argentino ni argentina se quede afuera. La construcción de una coalición electoral y de gobierno y un programa con bases y puntos acordados lo hará posible", se entusiasmaba el re-unido peronismo. Paz, amor y buenas intenciones.
El manifiesto coronaba un largo proceso casi artesanal, como el trabajo de un carpintero paciente y minucioso, para limar asperezas en maderas astilladas y reconstruir lazos rotos y confianzas quebradas.
Ahora el tema es la mesa, la maldita mesa que la vicepresidenta Cristina y el superministro le vienen reclamando al Presidente y que, como escribió esta semana Sebastián Iñurrieta, "ya tomó ribetes de criatura mitológica".
¿Qué mesa quiere el cristinismo que arme Fernández? Iñurrieta explicó que las tropas de CFK piden una instancia de "coordinación de gestión" y de definición de estrategias de comunicación de las medidas de gobierno. El jefe de Estado teme que le intervengan el despacho y pone condiciones. La primera, que no lo bajen de la reelección. "Un juego de vetos cruzados", leyó Marcelo Falak: si quieren sacarlo de la cancha, el jefe de Estado pretende limpiar el terreno electoral de kirchnerismo duro. Yo no, ustedes tampoco. Avenida del medio. ¿Massa? ¿Scioli?
Ahora dicen que dicen en la Casa Rosada que habrá mesa; que Alberto Fernández, con sus condiciones, está dispuesto a convocarla. Que chatea con CFK, incluso. Y que planea convocar a todos los sectores internos -una multitud que podría convertirla en una asamblea tan pintoresca como inútil-. Ver para creer. Paz y amor ya no hay, buenas intenciones está claro que tampoco y de promesas estaba lleno aquel comunicado torneado en la mueblería.