23|11|2022

El futuro de la región, atado al de Brasil

21 de septiembre de 2022

21 de septiembre de 2022

El conservadurismo aislacionista de Bolsonaro o el progresismo de Lula impactarán en América Latina. La nueva izquierda regional, ante su mayor prueba.

La primera vuelta electoral brasileña, prevista para el 2 de octubre, no será importante únicamente por sus efectos nacionales, sino, también, por el impacto que tendrá en la región y por la influencia económica y el liderazgo que ese país supo tener a lo largo de los años. En un mundo en crisis marcado por la guerra en Ucrania, el impacto de la pandemia de covid-19 y la agudización de las disputas entre China y Estados Unidos, las 156 millones de personas habilitadas para votar podrán optar entre el conservadurismo de Jair Bolsonaro y el progresismo de Luiz Inácio Lula da Silva.

desPertar

Un análisis útil para enfrentar
una realidad desafiante

Recibilo todas las mañanas en tu mail

desPertar

Un análisis útil para enfrentar

una realidad desafiante

Recibilo todas las mañanas en tu mail

 

“Desterramos la corrupción de la izquierda”, dijo Bolsonaro el martes, en clave electoral, cuando habló en las Naciones Unidas. Su viaje al exterior estuvo signado por la campaña ante la necesidad de mostrarse con líderes del mundo como un presidente capaz de mantener negociaciones de alto nivel. Por eso, antes de ir a Nueva York, acudió al funeral de la reina Isabel II, donde le habló a un puñado de simpatizantes con claro tono electoral: “Sabemos quién está al otro lado y qué quieren implantar en Brasil”, afirmó desde un balcón de la embajada brasileña en Londres. El discurso polémico, en el que rechazó la legalización de las drogas y el aborto, generó el rechazo de Lula, quien lo invitó a visitar a las familias de las personas que murieron por covid-19. Si bien el jefe de Estado viajó porque, según dijo, la monarca británica fue una “reina para todos”, lo cierto es que buscó aire y reconocimiento internacional en la recta final de la campaña. Una comparación lo demuestra: fue el único presidente sudamericano que fue a Londres.

 

Su jugada internacional es un resumen de su política exterior. Durante sus casi cuatro años de gestión, se cuadró con Donald Trump en una alianza que llegó hasta la Hungría del premier Víktor Orban, un enfrentamiento con China, la negación de los derechos de las minorías sexogenéricas y la apertura indiscriminada de la Amazonia a los negocios privados. Su problema llegó en 2018, cuando el neoyorquino perdió las elecciones y asumió Joe Biden, a quien acusó –sin pruebas– de haber cometido fraude electoral. De esta manera, Bolsonaro bombardeó la estratégica relación con Pekín y, al mismo tiempo, el vínculo con Washington, por lo que no logró edificar ninguna alianza capaz de robustecer el rol internacional de su país. La necesidad de reconocimiento lo llevó a visitar al presidente de Rusia, Vladímir Putin, días antes de la invasión de Ucrania y a confirmar su participación en la última Cumbre de las Américas luego de que Biden le brindara una reunión bilateral que estuvo marcada por la distancia y la falta de acuerdos. 

 

Al tener en cuenta los antecedentes internacionales de Da Silva, cuando apostó al protagonismo mundial de Brasil a partir de la participación en organismos emergentes como el G20 y el BRICSA y la asociación Sur-Sur con la región y África, la herencia bolsonarista no será fácil de revertir. La guerra en Ucrania, la crisis económica global y la profundización de las tensiones entre Estados Unidos y China reducen el espacio de maniobra de los países periféricos. A esto se le suma la pérdida de protagonismo de Brasil en América Latina.

 

La posible vuelta al poder del PT podría confirmar y robustecer el giro a la izquierda de la región. Las alianzas que buscan concretar el argentino Alberto Fernández, el chileno Gabriel Boric, el boliviano Luis Arce y el colombiano Gustavo Petro, entre otros, serán más fuertes si cuentan con el acompañamiento de la economía más grande del subcontinente. A comienzos de siglo, el expresidente de Venezuela Hugo Chávez y el propio Lula lideraron –con diferencias y salvedades– la primera ola progresista. Casi 20 años después, ya sin el líder de la Revolución Bolivariana y con Caracas en crisis, los ojos vuelven a mirar hacia Brasilia.

 

Los años no pasan solos. Ni la región ni el mundo ni Da Silva son los mismos. Ante la crisis económica, la política exterior queda relegada por las urgencias internas. El liderazgo que supo tener Itamaraty ocurrió en épocas de bonanza económica y en un mundo que parecía abrirse a nuevos polos de poder, como China, Rusia y otros emergentes. Hoy, Estados Unidos busca convertir a Moscú en un paria internacional, calificó a Pekín de "amenaza estratégica" con la que no descarta un enfrentamiento bélico y las nuevas economías sufren las consecuencias de la pandemia. Además, su alianza electoral incluye a sectores conservadores, como su compañero de fórmula, Geraldo Alckmin. Si bien el PT siempre construyó ese tipo de entendimientos, las disputas internacionales son más agudas porque el espacio de maniobra es cada vez es menor. ¿Cómo actuará la coalición en caso de ganar? La respuesta se desconoce.

 

En este contexto, la Argentina estará atenta para delinear el futuro de la relación con su principal socio comercial. El Frente de Todos (FdT) apuesta a la victoria de Lula, un hombre al que el presidente Fernández llama “amigo”. Según supo Letra P, el vínculo está preparado para seguir adelante más allá del resultado, pero una victoria del PT se celebraría en la Casa Rosada ya que, desde su llegada, Bolsonaro desestimó el vínculo bilateral. La relación es de suma importancia porque, como se dice en la diplomacia local, cuando Brasil estornuda, la Argentina se resfría. En los últimos años, Brasilia volvió a ser el principal socio comercial de Buenos Aires y el primer destino de las exportaciones, con un comercio centrado en manufacturas que genera puestos de trabajo de calidad. 

 

El mes que viene, Brasil definirá su futuro y la región lo sentirá.