24|6|2022

La inflación atiza la tensión social en la región y traba la reactivación

20 de abril de 2022

20 de abril de 2022

La salida de la pandemia y la guerra en Ucrania disparan los precios de los combustibles y los alimentos. De la crisis en la calle a la crisis en los palacios.

Si bien el presidente Alberto Fernández asegura que la inflación es el principal problema de la economía argentina y la primera preocupación de su gobierno, la suba de los precios se convirtió en un fenómeno internacional. Producto de la reactivación económica luego de la etapa más dura de la pandemia y de la invasión de Rusia a Ucrania, esta alcanza cifras sin precedentes en décadas en América Latina y dificulta la deseada y necesaria recuperación económica al generar nuevos y peligrosos desafíos que ya empiezan a divisarse en varios países del continente.

 

En diálogo con Letra P, Roberto Castro, economista por la Universidad del Pacífico de Perú y exdirector de Semana Económica –la revista especializada más importante de ese país–, explicó que la inflación internacional se debe, primero, a la reactivación económica tras los confinamientos por el covid-19, lo que generó un aumento de la demanda de productos y servicios que superó a la oferta; y, segundo, a la guerra en Ucrania, que elevó los precios internacionales de los combustibles y los granos. “Es un efecto inevitable de lo que está pasando en el mundo. Con tanta globalización, es difícil que un país, por más medidas proteccionistas que tome, no sea golpeado por el contexto bélico”, afirmó.

 

Más allá de la magnitud que el fenómeno tiene en nuestro país, la inflación dejó de ser un fenómeno solo argentino y pasó a ser un problema mundial que desvanece el espejismo que afirma que en ciertos países no hay problemas macroeconómicos. Ejemplo de ello son los índices interanuales registrados en Europa al cierre de marzo: Alemania con un 7,3%, la más importante desde su reunificación; el Reino Unido con un 7%, el más alto en tres décadas; España con un 9,8%, la más grave desde 1985; e incluso Suecia, que cerró con un 6,1%, la mayor desde 1991. En un mundo cada vez más conectado, volátil y sujeto a cimbronazos, nadie queda exento de las crisis, como probó la pandemia y vuelve a ocurrir con la inflación por la guerra.

 

Por su parte, América Latina registra un escenario similar, pero que, a raíz de una tendencia que empezó a evidenciarse en 2021 y de peores indicadores socioeconómicos previos como la pobreza, la desocupación y la informalidad, golpea con mayor dureza. Por ejemplo, en marzo, Brasil registró una inflación de 1,62%, la más alta para este mes desde 1994, y marcó un registro interanual del 11,3%. Chile cerró el mes con un registro del 1,9% –el más alto desde 1990– y una subida interanual del 9,4%, la más fuerte desde 2008. Ambos países cerraron 2021 con indicadores preocupantes: el gigante sudamericano, con una inflación del 10,65% –la más alta desde la crisis económica de 2015–, y el país trasandino con un 7,2%, la más alta en 14 años.

 

Según un trabajo del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), siete de los diez países sudamericanos registraron en marzo una inflación mínima del 1%: Colombia, 1%; Uruguay, 1,11%; Venezuela, 1,4%; Perú, 1,5%; Brasil, 1,62%; Chile, 1,9% y Argentina, 6,7%. Solo tres países se ubicaron por debajo de ese mínimo: Ecuador, con 0,11%; Paraguay, con 0,8%, y Bolivia, que tuvo una deflación del -0,13%.

 

En América Latina, el problema de la inflación es aun más grave porque las subas más fuertes se produjeron en los alimentos, los combustibles y el transporte, ítems que impactan sobre los sectores más empobrecidos, algo especialmente delicado cuando se acerca el invierno. En Brasil, lo que más aumento en el último mes fue la nafta, que saltó un 6,95%, mientras que los alimentos experimentaron una variación del 2,42%. En total, estos dos rubros representaron el 72% de la inflación de marzo. En Chile, el panorama fue similar porque los alimentos y las bebidas no alcohólicas crecieron por encima de la media del 1,9% hasta el 3,9%. Incluso en Paraguay, que no sufre un aumento considerable todavía, los alimentos panificados saltaron 2,3% y los combustibles, 4,9%.

 

A pesar del contexto regional, la Casa Rosada no se puede conformar con ese mal de muchos porque el escenario local se encuentra muy por encima del resto. Según el estudio del IARAF sobre 25 países, en marzo, nuestro país registró la segunda inflación más importante, solo por detrás de Rusia, que, en plena guerra, llegó al 7,6%. En los tres meses de 2022, apenas dos países tuvieron una inflación mensual superior a la argentina: el caso ruso y Turquía, que en enero llegó al 11,1% contra el 3,9% argentino. El propio Alberto Fernández ya reconoció el desafío cuando aseguró: “De los 50 puntos de inflación, debe haber diez que tienen que ver con la guerra y el contexto internacional, pero el resto son nuestros y hay que revisarlo”.

 

Con este escenario, el futuro del continente y la ansiada recuperación de la caída económica de 2020 se enturbian porque la inflación profundizará las deficiencias sociales en un contexto donde las demandas y las protestas por esas mejoras se aceleran. “La inflación en América Latina es peor que en el resto del mundo porque refuerza la desigualdad y acá las desigualdades son más duras que en Europa”, analizó Castro en el diálogo con Letra P. “No hay que perder de vista que lo que pase en el futuro es un efecto derivado de lo que pase en el resto del mundo. Hay cosas que podemos controlar como países en vías de desarrollo y otras que no, porque son fenómenos mundiales”, agregó.

 

Las protestas en Perú, que llevaron a su presidente, Pedro Castillo, a declarar el toque de queda partieron –en parte– del aumento de los fertilizantes y los combustibles, lo que golpeó a los sectores campesinos más postergados. Con este contexto y estos antecedentes, los oficialismos regionales deberán paliar de la mejor manera posible el aumento del costo de vida: el polvorín de la conflictividad social puede incinerarse en cualquier momento.