22|6|2022

La penúltima rajadura de Todos

01 de febrero de 2022

01 de febrero de 2022

Una alianza que se derrite en cámara lenta. El cuchillo ya toca el hueso. Silencio de Cristina, show en ciernes y baldón con el Fondo. ¿Habrá unidad en 2023?

A las tensiones continuas y pobremente gestionadas, en diciembre de 2020 se sumó la primera rajadura del Frente de Todos: voz en cuello, Cristina Kirchner le dice al presidente Alberto Fernández en plaza pública que hay “funcionarios que no funcionan”. Tras las PASO, Eduardo de Pedro renuncia un poquito como ministro del Interior, detona el gabinete y provoca la segunda fisura. La tercera, casi inmediata, fue una carta bomba de la vice que denuncia la mayor herejía de un gobierno peronista, nada menos que la aplicación de “una política de ajuste fiscal equivocada”, y que le apunta a la cabeza a nada menos que el vocero presidencial. Cuarta: una nueva carta profundiza su línea argumental y añade, en relación con la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que “la definición que se adopte y se apruebe puede llegar a constituir el más auténtico y verdadero cepo del que se tenga memoria para el desarrollo y el crecimiento con inclusión social de nuestro país”. Quinta: Máximo Kirchner renuncia como titular de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados en protesta, entre otras cosas, por “la estrategia” y “los resultados” de la gestión con el organismo de crédito. ¿La sexta será la vencida para Todos?

 

Si la nueva conmoción política de la Argentina panperonista se vincula con el portazo del hijo y potencial heredero de la dinastía K, no se puede descartar que, en la siguiente, el cuchillo toque directamente el hueso del armado. Hasta el cierre de esta nota, Cristina mantenía un silencio que la Casa Rosada constataba cada cinco minutos, como el padre que vela el sueño de un hijo enfermo.

 

La inflación de comunicados y renuncias con la que el cristinismo sobresalta cada vez más frecuentemente al país no es, como trata de consolarse el oficialismo, simplemente la natural y sana contraposición de posturas dentro de una alianza heterogénea. Giladas… Cada capítulo de la saga erosiona más la autoridad del Presidente, le resta volumen político al Gobierno e incrementa en la sociedad la duda acerca del rumbo en el que se la lleva.

 

El crescendo daña cada vez más, sobre todo cuando no se aclara la divergencia. En su nota de renuncia, Máximo Kirchner embiste contra la negociación con el Fondo, dice que no fue difícil y sugiere que sus responsables –el “gabinete económico” y el Presidente- son unos entreguistas, refresca con rencor “los agravios” de la era en la que Todos no eran Todos, denuncia haber sufrido ninguneos e insta a los diputados oficialistas a que vayan por la libre cuando el acuerdo llegue a la cámara. Último, pero no menos importante, se pondera a sí mismo por su pragmatismo.

 

Respecto del acuerdo con el FMI, el diputado no detalla sus objeciones, algo difícil de excusar en un dirigente que, se supone, pretende jugar en las grandes ligas. ¿Será, como trasciende a través de voceros oficiosos, que el mismo legitima la deuda tomada por Mauricio Macri? Eso sería curioso, ya que el remedio contra semejante mal sería directamente no negociar ni pagar jamás. ¿Será que un año más o menos en la meta de lograr el equilibrio presupuestario hace toda la diferencia, aun cuando es previsible que la misma registre en los próximos años cumplimientos, incumplimientos, renegociaciones, waivers y vueltas a empezar? ¿Será que el entendimiento no prevé un horizonte de 20 años, aunque eso no esté previsto en los estatutos del organismo, o que este no removió las sobretasas que cobra a los deudores recalcitrantes? Raro: todo eso está en revisión a un nivel que excede en mucho a la Argentina y, de hecho, el primero de esos objetivos estaría al alcance de la mano antes de que termine el año.

 

El camporismo se ha mantenido mayormente en silencio, pero ha encontrado en Leopoldo Moreau una suerte de vocero. Este se ha empeñado en decir que técnicamente no existe tal cosa como un default con el FMI, aunque no aclara cómo es posible lograr que no pagar sea, precisamente, no pagar, que eso no corte todo crédito multilateral y hasta bilateral para el país y que el mercado financiero no reaccione con furia desestablizadora. Asimismo, reprocha que el organismo no cambió su idea de que la inflación es consecuencia de la emisión monetaria y que se haya acordado llevar esta a cero en 2024. Vaya nudo. Si la inflación es, como dice Martín Guzmán, multicausal, la emisión de pesos es uno de sus componentes y, en todo caso, el exceso de moneda local en la calle significa en la Argentina realmente existente un estallido cambiario. Es llamativo que no recuerde tal cosa un testigo privilegiado de la híper de 1989.

 

La crisis política que se abre bajo los pies de un presidente que no deja de ser desautorizado en su propio espacio no puede minimizarse y la filtración de que la silente Cristina no estuvo de acuerdo con la dimisión de su hijo es un consuelo que no convence. La aprobación en el Congreso de la refinanciación de la deuda con el Fondo era dada por descontada hasta la última deflagración, pero ahora cabe dudar dada la decisión de los librepensadores de abrir un texto que los 184 países miembros del organismo y representados en su Board suponían hasta el lunes cerrado y que fue saludado hasta por referentes de la izquierda regional como Luiz Inácio da Silva.

 

Si finalmente no se evita, esa discusión en el Congreso obligaría a Sergio Massa a esforzarse al máximo y podría tener un desenlace para alquilar galerías. El espectáculo de un gobierno atacado por opositores y oficialistas a la vez, pero salvado en la votación por los primeros no registraría precedentes y llevaría a pensar seriamente sobre su viabilidad futura. Eso, claro, si no prosperan posturas como la del líder intermitente del separatismo mendocino, Alfredo Cornejo, quien le saca el cuerpo a las responsabilidades propias y de los suyos en la génesis del drama de la deuda y exige, antes de levantar el brazo, que hagan lo propio Máximo y Cristina.

 

La Argentina panperonista está tan patas para arriba que hasta propicia un escenario en el que otro radical, Julio Cobos, sale a reclamar que una vice no “lesione la autoridad presidencial” y que el oficialismo se maneje con “responsabilidad”. No hay remate.

 

Mientras las culpas de Juntos por el Cambio se camuflan entre la hojarasca y sus líderes en ciernes miran el show balde de pochoclo en mano, cabe preguntarse si la decisión de Máximo Kirchner beneficiará o perjudicará la posición de la Argentina cuando se vaya más allá del principio de acuerdo anunciado hasta ahora, lo que entrañará discusiones sobre temas sensibles como el cronograma de reembolsos del dinero devuelto en los últimos dos años, el sendero de actualización de las tarifas de servicios públicos, el modo y ritmo de reducción de la inflación y la trayectoria del dólar oficial, que –para seguir siendo viable sin una megadevaluación– necesita una urgente reducción de la brecha con los paralelos.

 

¿Madura el knock-out? Algunos comunicadores consustanciados con la causa –¿cuál de ellas?– meditan si prefieren irse a vivir con papá o con mamá y los intendentes peronistas del conurbano bonaerense deciden si Máximo Kirchner puede seguir siendo el presidente del Partido Justicialista provincial. La historia, sin embargo, va bastante más allá de esas anécdotas.

 

Así las cosas, ¿habrá 2023 para el panperonismo? ¿Aceptarán los socios menores de la alianza –tanto el massismo como las organizaciones sociales y sindicales y la dirigencia que se nuclea en torno a Fernández– competir en una primaria presidencial amplia en la que, acaso, no tendrían la fuerza suficiente frente a la minoría intensa K? En caso de que así fuera, ¿admitirían ser furgón de cola de un núcleo que amagó con “volver mejor” y con una unidad que suponía moderación, pero que hoy da marcha atrás a toda velocidad?

 

¿Se producirá la rajadura final cuando ese momento se aproxime?