18|10|2021

18 de agosto de 2021

18 de agosto de 2021

Una película -¿o era un libro?- que el autor de este artículo no consigue encontrar en las cavernas pastosas de su memoria narraba la historia de una organización criminal que contaba con una suerte de brigada de limpieza: cuando las cosas se salían de control o las circunstancias justificaban acciones extremas que convertían el lugar de los hechos en un desastre de sangre y tripas, el grupo de cleaners actuaba con rapidez y eficiencia para dejar la escena como nueva, como si nada hubiera pasado. Desde el jueves pasado, cuando LN+ puso en pantalla #LaFoto, funciona a todo vapor una maquinaria de distracción al servicio de disculpar/exculpar/blindar/indultar, a partir de la invocación de funcionarios que no funcionan, comparaciones odiosas y contextos aportados como presuntos atenuantes, a la única persona en este lío que al jurado popular –el que votó Fernández Presidente en 2019– le interesa juzgar.

 

¿Quién cuida al Presidente? La pregunta abrió el editorial de un experto lanzador de bombas ninja el viernes por la tarde, pegadita a la transmisión en vivo del acto en el que Alberto Fernández había predicado con el ejemplo y se había sacado el lazo por las patas para ponérselo, en un pase de manos digno de prestidigitador, a #FueFabiola, la primera dama, figura anacrónica declarada culpable por necesidad y urgencia.

 

La pregunta del lanzabombas ninja, bien ensamblada con flashbacks a la tragedia macrista 2015-2019, vertebró el corpus del Operativo Salven al Presidente, que tuvo su allegro cinco días después, este martes por la tarde, en la voz portentosa de Cristina Fernández de Kirchner, la madre espantada de la criatura.

 

“Los fallos de los gobiernos populares se magnifican para irritar, para indignar, mientras se han ocultado descarada y ostensiblemente la entrega de un país, el endeudamiento sin límites”, desvió CFK. Pobre Alberto: la derecha golpista –que la hay, la hay, claro–.

 

“Le ha tocado gobernar un tiempo difícil, duro”, en el que “se la pasó atajando penales" porque su mandato fue, por la pandemia, "un partido que no se pudo jugar”, lo disculpó. Pobre Alberto: él también estará agobiado.

 

“Poné orden”, le encargó. Pobre Alberto: está rodeado de inútiles.

 

Un líder no es conducido: conduce.

 

No necesita que nadie le diga lo que está bien y lo que está mal: es quien mejor lo sabe.

 

No necesita que nadie le muestre el mejor camino: es quien lo construye para guiar al resto.

 

Por supuesto, no es razonable exigirle a Fernández que defina cada paso de su gobierno –para eso designó un gabinete–, pero qué disparate sería tener que confiar en que alguna persona nombrada por decreto le avisara que no da organizar un cumple indoor en la residencia de Olivos en plena vigencia de un decreto como el que él mismo había dictado y mucho menos –si se permite la licencia de distinguir entre decretos más y menos violables– en un contexto histórico de semejante excepcionalidad, gravedad y sensibilidad: con el país encerrado so amenaza de sanciones penales pero, en su inmensa mayoría, por una mezcla de responsabilidad social y miedo al virus que mataba en todo el mundo.

 

¿A quién se le ocurriría trabajar de cuidador de caballos salvajes en una sala de terapia intensiva o, volviendo a aquella película o libro o lo que fuere, de limpiador de escenas de los crímenes de Jack El Destripador?

 

Además, todo lo que viene después del desastre de sangre y tripas –limpieza, control de daños, comunicación de crisis y bla bla bla– es anécdota, porque la gente no vota ministros ni ministras ni secretarios ni secretarias ni voceros ni voceras. Vota presidentes y presidentas. Quienes gusten de saborear ese durazno, entonces, deberán bancarse la pelusa.

 

No obstante, en este escenario de indulgencias, acaso el entorno de este presidente podría encomendarse a una misión que resultaría un gran servicio a la Patria: seguir al jefe de Estado a todos lados con una foto de Mauricio Macri con un 41% escrito en la frente, para que nunca, ni durante un minuto siquiera, perdiera de vista que tiene la inmensa responsabilidad de salvar a su pueblo de otra catástrofe.