21|9|2022

El tictac para el acuerdo con el Fondo

23 de enero de 2022

23 de enero de 2022

El Gobierno busca el mejor pacto, pero firmará el posible. Sin espalda para defaultear. Épica y prejuicios externos. Un logro argentino en el horizonte cercano.

El mercado financiero está al borde de un ataque de nervios. El riesgo soberano cerró el viernes orbitando por encima de la estratósfera, a 1.917 puntos básicos, un máximo en 16 meses. En tanto, el intento del Banco Central de acelerar sus minidevaluaciones para reducir la brecha entre los tipos de cambio paralelos y el oficial no da abasto frente a un empinamiento brusco de los primeros, que han subido en lo que va del año entre 5,4 y casi ocho veces más que el segundo, con especial intensidad en las últimas ruedas. El blue sube y sube: casi 10 pesos en la última semana para alcanzar un nuevo récord nominal de 219. Y las reservas terminaron la semana por debajo de los 39.000 millones… las brutas, porque de las disponibles es mejor no hablar. Las ranas se desgañitan croando para avisar que se viene la tormenta de un incumplimiento y ruptura con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Al revés, Alberto Fernández cambió de humor y el pesimismo de días atrás deriva ahora en la confianza de que el acuerdo está cerca. ¿Alarmismo de unos o ciclotimia del otro?

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Una fuente oficial con conocimiento de los entresijos de la negociación puso el estado de la cuestión en un punto intermedio y le dijo a Letra P que el entendimiento "ni es inminente ni está lejos”.

 

"Falta solucionar algunos temas importantes, aunque no tantos como se cree. Lo claro es que el acuerdo se tiene que dar. Puede ser en febrero o en marzo, antes del gran vencimiento" del 22 del segundo de esos meses, por casi 2.900 millones de dólares, agregó. Se viene un "plan otoño".

 

No se trata de que el jefe de Estado sea ciclotímico, sino de que entiende cuáles serían las consecuencias de no realizar ese pago –imposible para el nivel de reservas del Banco Central–, tras lo cual se abriría un período de seis meses antes de que el país fuera declarado formalmente en cesación de pagos.

 

"Eso sería inviable. Primero porque generaría una situación que le haría al Fondo muy difícil explicar porqué seguiría negociando con un país que no paga. Pero, sobre todo, porque rompería el mercado y no tenemos espalda para bancar algo así", explicó la fuente.

 

La diferencia entre el Presidente y su ministro de Economía es que el primero preferiría, antes que enfrentar el riesgo de una ruptura, firmar una refinanciación de los 44.000 millones de dólares que Mauricio nos dejó en las condiciones actuales del diálogo. Guzmán, en tanto, apunta a suavizar todo lo posible el sendero hacia el equilibrio fiscal, kilómetro cero que el FMI pretendía inicialmente fijar para 2024 y que el ministro quería demorar hasta 2027. ¿Cerrarán para 2025 o 2026?

 

Más allá de eso, fuentes del Gobierno describen la situación actual con el organismo de crédito como una cinchada, en la que las dos partes tratan de sacar el mejor partido, pero en la que hay que descartar que, al final, alguien caiga al agua. Si eso es así, cabría colegir, cuando ya no quede tiempo ambas partes firmarían lo que haya quedado sobre la mesa.

 

Las formas importan. Para Cristina Kirchner y todo el panperonismo, cualquier entendimiento con el Fondo jamás podría tener el rostro de un "ajuste".

Se impone, con todo, la aclaración de que mientras el acuerdo no esté cerrado, no puede darse por hecho. Las obviedades son verdades irrefutables.

 

Las formas importan. Para Cristina Kirchner y todo el panperonismo, cualquier entendimiento con el Fondo jamás podría tener el rostro de un "ajuste". Sea cual sea la realidad, claro. Así las cosas, la negociación larga, las declaraciones agónicas, las convocatorias de movimientos sociales y sindicatos a marchar en apoyo al Gobierno y otros gestos tributan a la formación de una narrativa en el que la Argentina, al final, emergerá victoriosa en la preservación de su soberanía. Patria o Fondo.

 

Sin embargo, no es solo Fernández quien sabe que, cuando caiga el sol, deberá haber firma. También la vicepresidenta quiere evitar que lo que caiga sobre el país sea la totalidad del cielo.

 

Respecto del “ajuste" Guzmán camina sobre la cornisa finita de la interna oficial. Como se recuerda, tras la derrota en las PASO fue acusado por Cristina de pisar el gasto por debajo de lo previsto en el Presupuesto 2021.

 

En su explosiva carta del 16 de septiembre, la vice exigió que se dejara de subejecutar partidas para, sencillamente, cumplir con el rojo fiscal del 4,5% que constaba en el Presupuesto del propio Guzmán. El ministro alegó que las erogaciones en verdad crecieron y que era impropio hablar de tal extremo, pero su narrativa, aunque globalmente es cierta, tiene unos cuantos puntos indefendibles.

 

Primero, el jueves último, el Ministerio de Economía anunció que el déficit primario –antes del pago de deuda– finalizó el año pasado en 3% del PBI, un tercio por debajo de lo presupuestado, cosa que atribuyó a la mejora de la recaudación que generó el crecimiento. Se entiende que el ministro, cuya supervivencia siempre está amenazada, se muestre duro: dueño de un PhD en Economía, el hombre apura su curso de política.

 

A la narrativa de Guzmán también le juega en contra que el conjunto de las jubilaciones haya caído en términos reales por cuarto año consecutivo. Bonos extras para los beneficiarios de la mínima evitaron ese impacto en la frágil y mayoritaria base de la pirámide, pero el promedio sufrió un encogimiento esperable: aunque menos lesiva que la fórmula de actualización macrista –70% inflación y 30% variación de los salarios en blanco–, también la de Fernández-Guzmán –fifty-fifty entre IPC y recaudación– corre de atrás cuando los precios se aceleran.

 

Ante eso, feo de exhibir, la pelea extensa –que tiene sustancia y también sirve para escenificar firmeza– deteriora las expectativas, en especial en materia de precios.

 

Lo anterior es parte clave del listado de lo que el Gobierno ha hecho mal en este tema. Cuando Guzmán advierte con acierto que el FMI sería responsable de una desestabilización de la economía nacional, también debería cargar a esa cuenta los efectos de la épica de la resistencia propia. En el renglón de abajo hay que anotar que es curioso que la tensión con el Fondo ya haya entrado en su segundo año. De la mano de eso, que se hayan roto los manuales y se haya iniciado el reordenamiento de la deuda macrista con los acreedores privados.

 

Con el debido perdón de muchos analistas de nota, hay que consignar que el Gobierno también ha hecho cosas bien. Lejos de algunas visiones, la reunión de Santiago Cafiero con el secretario de Estado Antony Blinken cumplió con los objetivos que se había fijado, algo que también se evalúa de ese modo en el Palacio de Hacienda. En efecto, el canciller no fue a Washington esta semana para cerrar un acuerdo, sino para tocar las teclas políticas sensibles hacia la postura argentina de la administración de Joe Biden. Si se leen bien los gestos, lo consiguió.

 

«El propio Joe Biden habló sobre la Argentina como un ejemplo de los problemas que heredó de la mala praxis de Donald Trump. De esa manera hizo propio públicamente el argumento nacional de que el republicano manipuló al FMI para beneficiar las chances electorales de Juntos por el Cambio en 2019.»

Claro que el comunicado oficial del Departamento de Estado indicó la necesidad de que la Argentina dé a conocer "un marco de política económica sólido que le devuelva el crecimiento". Eso se parece bastante a la exigencia de los halcones del Tesoro –donde talla David Lipton, uno de los responsables del aporte 57.000 millones de dólares otorgado en 2018 a la campaña electoral de Mauricio Macri–, pero sería una ingenuidad suponer que el gobierno de Estados Unidos podría exponer una interna a cielo abierto. Sin embargo, la disputa entre técnicos y políticos existe. Así, el propio Departamento de Estado también ponderó a la Argentina y abogó por una conclusión “positiva” del diálogo por la deuda.

 

En tanto, a expresiones de respaldo como las del director del Consejo Nacional de Seguridad para el Hemisferio Occidental, Juan González, y de la poderosa titular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, hay que añadir que el número dos de Blinken para la región, Brian Nichols, haya manifestado que "queremos ver una Argentina fuerte, próspera, exitosa y esperamos que llegue a un acuerdo con el FMI y apoyar ese proceso".

 

Más significativo todavía, el propio Biden habló el miércoles en una conferencia de prensa sobre la Argentina como un ejemplo de los problemas que heredó de la mala praxis de Donald Trump. De esa manera hizo propio públicamente el argumento nacional –reiterado cara a cara por Cafiero– de que el republicano manipuló al FMI para beneficiar las chances electorales de Juntos por el Cambio en 2019. Decir que eso no tiene valor es estirar impropiamente la realidad.

 

Adicionalmente, crece el runrún en torno a otro reclamo fuerte del Gobierno, el que denuncia las sobretasas que el Fondo cobra a sus morosos persistentes. Un grupo de bonistas privados pidió que se revea ese tema porque, tras el canje de sus títulos, genera el sinsentido de que terminen cobrando menos que el prestamista de última instancia.

 

Último, pero más relevante, el FMI avanza hacia una reforma clave: la creación de un Fideicomiso de Resiliencia y Sustentabilidad (RST en inglés) que permitiría estirar a 20 años la devolución de créditos. Ni más ni menos que lo que han reclamado sin fisuras Cristina Kirchner, Fernández y Guzmán.

 

Se espera que el mismo sea aprobado antes de la Reunión de Primavera –boreal– del organismo y que entre en vigor antes de fin de año con un capital inicial de 50.000 millones de dólares, lo que supondría un gran logro del gobierno argentino, uno de sus principales impulsores.

 

Si todo ello ocurriera, Argentina obtendría un logro fundamental y el acuerdo de Facilidades Extendidas que busca –que establece el repago de la deuda en diez años– podría reconvertirse, al menos para parte de los 44.000 millones de dólares adeudados, en una refinanciación al doble de ese tiempo. Además, el período de gracia de diez años que esta contemplaría aliviaría no solo al actual presidente sino también a quien gobierne el país en los dos mandatos siguientes.

 

Con sus idas y vueltas para sentarse a hablar del drama que provocó, Juntos por el Cambio haría bien en reparar en ese detalle