Los dilemas del peronismo para gobernar una Argentina post Javier Milei
No sabe ni cómo resolver su interna, pero ya discute qué país ofrecer. La nueva joya del equilibrio fiscal versus "la gente adentro". El problema de Fondo.
El peronismo, cuesta arriba: la interna es una guerra y la herencia de Javier Milei será una bomba difícil de desactivar.
El primer gran problema que debe resolver el peronismo es su interna y el proceso para la definición de una candidatura capaz de ganar la elección presidencial del año próximo. Sin embargo, bajo esa superficie, asoma otro debate, de solución todavía más difícil: cómo gobernar la Argentina en crisis multidimensional que dejaría Javier Milei en caso de no ser reelecto.
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Lo político es un mar de incertidumbre, aunque los diferentes sectores –los que responden a Cristina Fernández de Kirchner, a Axel Kicillof y a los federales– coinciden en algunas cosas.
Una es que el gobierno de extrema derecha vive horas bajas y que eso abre una oportunidad, aunque no garantiza nada en términos electorales. Otras son la necesidad de preservar la unidad y el deseo de que el Gobierno no consiga la eliminación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) que incluyó en su proyecto de reforma electoral. Con mayor o menor convicción, según con quién se hable, nadie descarta ese mecanismo como una herramienta que permitiría dirimir la pelea por el liderazgo totalmente vacante desde el encarcelamiento e inhabilitación de CFK. Dadas como están las cosas, no es poco.
La herencia de Javier Milei
Lo programático y la narrativa que debería darle soporte en el camino a las urnas chocan con dos escollos que se vinculan entre sí. El primero pasa por determinar qué Argentina dejarán Milei y su dogmatismo de ajuste perpetuo, Estado ausente y mercado irrestricto; el segundo está dado por lo que la sociedad manifiesta necesitar y, a la vez, con una historia de frustraciones a la que el peronismo no es precisamente ajeno.
El país del último trimestre del año próximo seguramente estará cruzado por necesidades sociales severas y acumuladas, una industria y un comercio en emergencia total, salarios pisados, un consumo popular alejado de lo deseable, una infraestructura comatosa, y provincias y municipios incapaces de tomar nuevas dosis de austeridad. Asimismo, por una sociedad tensa, requirente, fragmentada e incrédula. ¿Con o sin estabilidad?
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Javier Milei.
¿Llegará el presidente de extrema derecha a octubre del año que viene con la inflación domesticada, menor al 10%, o con ese objetivo como una cuenta aún pendiente?
¿Logrará convertir su invitación a la inversión privada en un proceso que derrame algo o dejará para un segundo turno la promesa del bienestar?
Una nueva Argentina según el peronismo
Todo eso resulta crucial, toda vez que a los diferentes sectores del peronismo les resulta más fácil poner el dedo en la llaga del ajuste sin fin y antiproducción que en la explicitación de recetas propias para conseguir esos objetivos sin renunciar –de nuevo– al equilibrio de la macro, carencia que explica sus fracasos recientes y su crisis actual.
¿Le tocará a quien sea el candidato presidencial del espacio prometer, como ocurrió en otros países de la región hace ya tres décadas, el sostenimiento de una estabilidad conquistada o, algo aun más exigente, explicar cómo la consolidaría tras un eventual fracaso de Milei?
Si se habla con quienes rodean a Kicillof y a Máximo Kirchner, la relación entre equilibrio fiscal y control de los precios queda solamente esbozada. Ambos sectores coinciden en el valor del primero de esos objetivos y rescatan los "superávits gemelos" de los viejos y buenos años de Néstor Kirchner. Sin embargo, también están de acuerdo en que eso no puede lograrse, como ahora, con motosierra y licuadora, sino "con la gente adentro", en un contexto de crecimiento económico e ingresos públicos en alza. En otras palabras, superávit sí, pero acaso no en lo inmediato.
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Axel Kicillof y Máximo Kirchner, en tiempos mejores. Ahora, todo roto.
Otros anotados, como Sergio Massa y Juan Grabois, se ubican en polos opuestos. El primero es sensible a los puntos de vista del Círculo Rojo, lo que se hace extensivo al nuevo ensayo del llamado peronismo federal de Juan Manuel Olmos, Victoria Tolosa Paz, Guillermo Michel –cuya cercanía con Massa no parece ser lo que fue– y Federico Achával.
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Guillermo Michel, Victoria Tolosa Paz, Juan Manuel Olmos y Federico Achával arman el experimento del "peronismo federal".
El otra vez movedizo Massa, con todo, carga con una gestión en el Ministerio de Economía en la que, campaña electoral de 2023 mediante y cuando Milei embarraba la cancha prometiendo dolarizar sin dólares, todos los indicadores se fueron al diablo.
Grabois, por su lado, pide primarias libres y advierte que, si ese camino se le cerrara, podría salir a buscar su destino junto a la izquierda trotskista.
Una pregunta crucial es si la sociedad quiere que le digan lo que, en el fondo, reclama. Dicho de otro modo, ¿sería competitiva una candidatura que propusiera suavizar el ajuste y extender los plazos hacia el logro del equilibrio fiscal y una inflación normal o el capítulo económico de la "batalla cultural" está zanjado y, a pesar de las penurias, una mayoría sólo cree en la viabilidad de la ortodoxia dolorosa?
De la mano de lo anterior, persistirá por el próximo año y medio la duda sobre si una mayoría social se ha derechizado en términos de valores, de visiones sobre la economía y en torno al eje Estado-individuo.
Hacer campaña con esa incertidumbre será cosa de valientes.
Las heridas de Todos
Kicillofistas y camporistas comparten algo más, aunque no lo sepan porque no se hablan: están tan preocupados sobre cómo harían para gobernar como por los caminos para ganar los comicios.
Esa inquietud debería impedir la reedición de los dramas del Frente de Todos, que encalló apenas se echó a administrar, dejando sin respuesta para toda la eternidad la duda sobre qué acordaron CFK y Alberto Fernández más allá de las críticas a Mauricio Macri, y el orden de la fórmula y las listas para el Congreso. Por eso la pelea empieza con una puja por la conducción, que es lo que no supo construir el anterior presidente.
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Cristina Fernández de Kirchner, en el balcón de su departamento-prisión. La conducción del peronsimo, vacante.
Esa carencia es más aguda que nunca: con Cristina Kirchner presa y limitada en su capacidad de mantener reuniones y de hacer política, no hay quién ordene, ya sea por acatamiento a su autoridad o incluso por oposición a ella. El peronismo se quedó sin referencias.
El problema del FMI
Cabe recordar cuál fue la gran piedra con la que tropezaron Todos y el gobierno de los Fernández: el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) cerrado por Martín Guzmán, rechazado por el sector de la expresidenta.
Eso, que entonces rompió la alianza, vuelve a ser un mal augurio para el peronismo modelo 2027: el problema del Fondo no sólo persiste, sino que se ha agravado respecto de la herencia macrista, toda vez que el segundo préstamo obtenido por Milei antes de las últimas elecciones elevó la deuda total con el organismo a 57.200 millones de dólares y las condicionalidades, directamente al infinito.
Martín Guzmán, Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández y la pandemia. El Frente de Todos ya crujía.
También en eso coinciden cristinistas y kicillofistas: si los dos créditos tuvieron, cada uno en su momento, motivación política –electoralmente proderecha y antiperonista– e intervención de Donald Trump–tanto en su primer mandato como ahora en el segundo–, la solución debe ser también política.
Ni CFK ni Máximo Kirchner ni Kicillof ignoran que el FMI es un acreedor privilegiado, que es la expresión financiera de toda la comunidad internacional y que sus estatutos impiden negociar quitas de capital e intereses y pactar programas a más de diez años. Además, ni unos ni otros se asumen como revolucionarios ni pretenden defaultear los compromisos externos. Sin embargo, ambos sectores coinciden –otra vez, aunque no se hablen– en que la curva de vencimientos dejada por la gestión de Guzmán es inviable y ni sueñan con la posibilidad de que el mercado les abra las puertas para tomar deuda e ir pedaleando vencimientos.
Interesante: también piensan de ese modo los federales, tal como repite el entrerriano Michel, y no porque pretendan justamente tender de ese modo un puente con el camporismo o el kicillofismo.
Todos los sectores hablan de honrar los compromisos en base a la evolución del crecimiento o del superávit comercial, pero resulta relevante lo que no dicen: cómo harían para que el Fondo admitiera su contumaz irresponsabilidad en prestarle al país más que el doble de lo que permitiría su cuota, aceptara cambiar sus propios estatutos y se aviniera a aceptar las exigencias de su principal deudor. Todo, aparte, con Trump en la Casa Blanca hasta el 20 de enero de 2029.
Si la renegociación de la deuda, incluso con el organismo, va a ser un eje del peronismo modelo 2027, la situación financiera durante la campaña –dólar, riesgo país, tasas de interés– va a estar movida. "¡Riesgo kuka!", gritará, desencajado, el Presidente.
¿Dónde está el Círculo Rojo?
Las principales vertientes peronistas, la cristinista y la kicillofista, plantean la necesidad de ampliar la oferta electoral y de incluir a sectores hoy alejados. El detalle es que todo lo acumulable queda en el centro o el centroderecha. ¿Las ideas repasadas serían compatibles con una ampliación en ese sentido?
Los peronismos coinciden también en que el reto de gobernar la Argentina post Milei será tan grande que requeriría alguna suerte de acuerdo nacional que incluyera a partes grandes de la política, el sindicalismo y hasta el empresariado.
Se hacen esfuerzos, por caso en diálogos reservados que parecen darle otro triunfo a la derecha: la convicción de que, si bien Argentina debe cuidar su industria, eso ya no puede traducirse en un proteccionismo desmedido como el que pide, por ejemplo, el sector textil, cuyos efectos son un atentado contra el poder de compra de los trabajadores.
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Todos dicen tener vocación dialoguista y, de hecho, mantener diálogos en ese sentido, incluso con viejos enemigos del empresariado. Sin embargo, lo que se conoce da cuenta de charlas acotadas, indiciarias y ubicadas a años luz de una sumatoria con destino electoral.
¿Cómo se podría gobernar el país dañado que dejará Milei sin un entendimiento amplio que incluyera más gasto –sí, para atender necesidades acuciantes de ayuda social; inversión en salud, educación y ciencia, y robustecimiento de la infraestructura–, pero sin descuidar el fortalecimiento de una estabilidad que aún está lejos de consolidarse?
El tema, en definitiva, pasa por el compromiso que muestre el establishment para financiar, con impuestos y otras contribuciones, una refundación de la economía nacional. Spoiler: no podría existir algo más alejado de sus intenciones.
Hoy cabe atender el día a día y empezar a pensar lo electoral. Lo que vendrá después, acaso, traiga el desafío extra de una gobernabilidad endeble.
Mientras se lame las heridas y trata de pasar la página de su desencuentro con una mayoría social significativa, el peronismo busca entre sombras el manual para volver a ser. Para ganar en 2027, pero también para encarrilar un país intratable.