ES LA ECONOMÍA

La Argentina de Javier Milei: ¿seremos Perú?

¿El Presidente y Toto Caputo tienen plan? Más importante: tienen modelo. Macro precaria en la mayoría de edad del Gobierno, finanzas raras y calle estallada.

Los observadores críticos de la economía de Javier Milei y Toto Caputo, incluso los más ortodoxos, les reprochan gestionar sólo con un precario "vamos viendo" financiero, pero sin un verdadero plan. Sin embargo, podría pensarse que en eso consiste justamente el plan y, dados los resultados obtenidos –en cuya búsqueda el Gobierno persiste– todo marcha acorde al mismo.

Por este camino Argentina será Perú, un modelo elogiado repetidas veces por el ministro de Economía y por su exsocio y actual subordinado como presidente del Banco Central, Santiago Bausili, tanto por sus luces como por sus sombras. Se trata, señalaron, de uno en el que la macro persiste estable a pesar de que la política estalla todo el tiempo. Como son personas inteligentes, sorprende que no sean capaces de vincular una cosa –las bases de esa macro que elogian– con la otra.

Si seremos Perú, eso significa que, primero, tendremos que tener una macroeconomía ordenada, estable y persistente en el tiempo. Lo demás, una política destrozada y, en general, desacreditada, ya lo hemos conquistado. Sólo falta que el tiempo erosione el "elijo creer" del momento y sume al Presidente al desfile de los repudiados.

Más temprano o más tarde, todo llega.

La mayoría de edad del Gobierno

Hay que reconocerles a Milei y al reciclado Caputo que les tocó un baile difícil. La herencia de Alberto Fernández y Sergio Massa fue verdaderamente horrible. Sin embargo, los caminos transitados por los dos primeros han presentado desde el vamos errores de diseño y, a esta altura, a dos años de ensayos audaces, ya cabe comenzar a considerarlos mayores de edad y cargarles la responsabilidad que les corresponde.

Como se dijo, para ser Perú falta el orden macro: en eso el Gobierno sigue en deuda.

El superávit fiscal es lo más parecido a eso que los extremistas de derecha que rigen la Argentina pueden exhibir, pero eso está hecho en buena medida de dinero apropiado de modo indebido a provincias, jubilados y trabajadores del sector público; a cajas como las de Vialidad y otras, y a una cancelación de la mejora educativa, del financiamiento del complejo de ciencia y técnica, y del mero mantenimiento de la infraestructura. Eso no es sustentable ni es un país.

Con todo, aun concediendo ese logro –que sería más valorable y permanente–, hay muchos otros capítulos que falta escribir.

El desequilibrio de la cuenta corriente –el saldo total de los dólares que ingresan y salen del país–, la desconfianza del mercado y su reflejo en el riesgo soberano, el manejo de una deuda que –aunque quieran– no podrá pagarse "sobre la sangre y el sudor de los argentinos", y –lo más sensible– la inflación.

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Fuente: Ámbito.

Fuente: Ámbito.

El IPC, se vanaglorió el oficialismo, cerró 2025 en su menor nivel en ocho años. Bien, pero, punta a punta, no consigue perforar el piso del "dos y pico" desde hace quince meses, mantiene una tendencia al alza desde hace siete y finalizó diciembre por encima de un año antes.

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La rueda deforme de las finanzas

Lo financiero, se supone, es el fuerte del Messi de ese métier. Con todo, después de dos sufridos años de amagues, sigue sin llevar la inflación al "cero coma…" que el Presidente promete y procrastina –ahora para agosto–, no consiguió el retorno al mercado voluntario de deuda –recurso sin el cual no parece tener demasiado para aportar– y renueva los compromisos en pesos a plazos cada vez más cortos y a tasas realmente imprudentes.

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Por fin, "su" Banco Central –lo de la autonomía pregonada por la ortodoxia quedará para otra vez– comenzó a comprar divisas y a complacer al Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque a través de una práctica abstrusa que también pisa la cotización del dólar mediante la venta de futuros y la colocación récord de instrumentos dollar-linked que, ojalá que no ocurra, se convertirían en un drama si el genio del tipo de cambio en algún momento saliera de su lámpara. Todo, vale señalar, ya sin "riesgo kuka" que pueda alegarse. Toda de ellos.

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Aun así, eso es, digamos, una rueda no totalmente circular, pero que gira a pesar de sus imperfecciones evidentes. Lo que no tiene explicación razonable es todo lo demás: una política que, de persistir, dejará poco del aparato productivo en pie. Esto es lo que lleva a muchos a decir que el Gobierno "no tiene plan económico". Pueden estar en lo cierto, pero sí tiene un modelo y eso es una cosa mucho más seria y profunda.

Adiós a la Argentina potencia

Decir que "seremos Perú" implica, en términos de estructura productiva, una economía basada en la explotación de recursos naturales que, combinada a la estabilidad, genera crecimiento, pero muy poco "derrame", creación de empleo y mejora de los niveles de vida.

La economía del país hermano –esa que deleita a Caputo y Bausili, quienes ya no aspiran a que la Argentina se vuelva como Estados Unidos, Alemania, Irlanda y otras potencias– está fuertemente basada en la explotación minera, la menos apta para generar empleo –y, con eso, consumo y bienestar– entre todas las primarias. Lo mismo cabe decir de la extracción de hidrocarburos.

Vaya casualidad: la nueva Argentina es, parece, el agro de siempre, Vaca Muerta y boom minero.

Todo eso está realmente muy bien, pero un país de 46 millones de habitantes necesita también industria –alguna industria, no necesariamente toda ella, como ha propuesto de modo fallido el peronismo reciente–, construcción y comercio. Ahí empieza el tormento que supone la mileinomía.

La calle, un tendal de víctimas

Los datos duros alarman y no dan indicios de cambio.

La utilización de la capacidad instalada en el sector manufacturero cayó a 57,7% en noviembre –y a un trágico 29,2% en el textil–

El producto bruto interno (PBI) rebota –así conviene describirlo, porque el efecto se va reduciendo y la recesión acecha–, pero no se traduce en sensación térmica ni en bienestar.

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Además, lo hace mientras genera desaparición de empresas y destruyendo empleo.

Esto último, según confirma la tendencia más reciente, es más agudo en el sector privado y formal que en el Estado, lo que señala el agotamiento del recurso a la motosierra y consagra la era del ajuste perpetuo y la destrucción permanente del consumo. Ello es así tanto por la imposición de una pauta de actualización de sueldos en paritarias que es la mitad o un tercio de la inflación mensual como por la caída de la masa salarial agregada que surge de los hachazos al empleo.

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Solo en octubre desaparecieron 17.900 puestos registrados en el sector privado, lo que lleva la cuenta de los últimos cinco meses a 71.296.

En tanto, desde la asunción del anarcocapitalista se perdieron en total 270.852 empleos, 176.908 de los cuales pertenecían al sector privado, 63.132 al público y 30.812 a casas particulares. El mundo pyme es una víctima predilecta del modelo.

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La apertura comercial reduce aranceles a productos como los teléfonos inteligentes, pero el beneficio de esto para los consumidores oscila entre lo relativo y lo escaso. Ese resultado no sorprende cuando el Estado se limita a manejar las grandes variables –Milei dixit– y renuncia a mirar lo que ocurre en la calle.

¿Seremos Perú, entonces? Con todo el respeto y el amor por ese pueblo hermano y solidario, que también sufre un modelo que no lo toma en cuenta, hay destinos más prometedores.

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