El takeover de Venezuela por EE.UU. condiciona a Argentina. Las Big Oil dudan y ayudan, pero la rentabilidad del shale aprieta. ¿Zafa la esperanza Vaca Muerta?
La resistencia inicial de las grandes petroleras de los Estados Unidos a la realización de inversiones cuantiosas –el republicano les reclamó 100.000 millones de dólares– parece darle mayor probabilidad al segundo escenario, pero hay que contemplar la chance de que una presión creciente de la Casa Blanca y de una extensión de la invitación a comer de esa torta robada a empresas de otros países limiten las señales de precio y la rentabilidad de la cuenca neuquina no convencional y, con ello, las condiciones de inversión.
La clave es que el crudo no caiga en los próximos meses demasiado por debajo del umbral actual, de unos 60 dólares por barril, nivel satisfactorio, pero no excesivamente holgado. No por nada en los últimos meses se ha visto una fuerte salida de grandes jugadores internacionales y su reemplazo por empresas locales.
En tanto, un crudo de alrededor de 50 dólares reduciría considerablemente la rentabilidad y podría ralentizar el proyecto del que depende la superación de la tradicional "restricción externa" del país y la emergencia de un nuevo sector tan importante como el complejo sojero y capaz de rediseñar la estructura productiva nacional. El break-even estimado en Vaca Muerta es de 45 dólares por barril.
Para que se produzca ese escenario, la cotización internacional debería bajar un 20% adicional al 25% del último año. ¿Sería posible?
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El atraco y su efecto dominó
La devastación a garrotazos del orden internacional conocido avanzará más velozmente en el plano político que en el económico. De hecho, Trump –espoleado por su canciller, el halcón cubano-estadounidense Marco Rubio– ya le hizo saber a Cuba que dejará de contar con el petróleo venezolano subsidiado que evitó el colapso terminal de su economía.
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¿Será el régimen de La Habana la primera ficha del efecto dominó que pergeña el secretario de Estado?
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Además, el jefe de la Casa Blanca estudia en estas horas acciones militares en Irán, donde el régimen teocrático busca apagar con una represión brutal una amplia ola de protestas. Fuentes de la disidencia en el exterior hablan de al menos 538 muertos.
Es más fácil romper un orden viejo que construir uno nuevo; eso debería haber pensado Trump tras escuchar el viernes a los ejecutivos de las Big Oil: Chevron, ExxonMobil y ConocoPhillips, entre otras locales.
El encuentro, en parte emitido al público, fue la organización de un atraco en vivo y en directo.
La fiesta inolvidable
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Donald Trump y Marco Rubio.
"Ya nos expropiaron activos en Venezuela dos veces, así que para volver por tercera vez debería haber cambios muy significativos. Hoy no es un lugar 'invertible'", sentenció Darren Woods, ceo de ExxonMobil.
Justamente para atender esa inquietud, el presidente de extrema derecha le había dicho antes de la reunión a The New York Times que la tutela sobre Venezuela podría durar "mucho más" que un año.
Más contemplativo que Woods –y cooperativo con el trumpismo–, Mark Nelson, vice de Chevron, prometió aumentar la extracción un 50% entre este año y el próximo. El problema es que Trump tiene otras urgencias. Así, les advirtió a Nelson y a sus colegas que "si llegamos a un acuerdo, van a estar allí por mucho tiempo. Y si no llegamos a un acuerdo, no estarán allí para nada".
La diferencia de perspectivas radica en que Chevron es la única compañía autorizada a operar en Venezuela gracias a una negociación entre Estados Unidos y el entonces libre Nicolás Maduro, mientras que ExxonMobil y ConocoPhillips quedaron fuera de juego con la nacionalización de 2007, dispuesta por Hugo Chávez, de los recursos de la Faja del Orinoco.
¿America First, entonces? Sugestivamente, la Casa Blanca también invitó al festín a representantes de firmas extranjeras como la anglo-neerlandesa Shell, la italiana Eni y la española Repsol.
Antes, al presentar su hoja de ruta de tres etapas, Rubio había señalado que la segunda de ellas sería la de "la recuperación, que consiste en asegurar que las empresas estadounidenses, occidentales y de otros países tengan acceso al mercado venezolano de forma justa".
Rara generosidad en tiempos en los que el trumpismo no les regala nada a países tradicionalmente aliados.
¿Trump pide lo imposible?
El republicano tiene cuatro objetivos. Uno, asegurar la captura del petróleo venezolano y la tutela sobre el país en el largo plazo. Dos, mostrar que el secuestro de Maduro es parte de una hoja de ruta políticamente viable y apta para inversiones, aunque sean de riesgo. Tres, incrementar lo más velozmente posible la oferta de crudo de Venezuela. Cuatro, bajar los precios internos de los combustibles antes de las desafiantes elecciones de mitad de mandato de noviembre y, sin margen de error, para la presidencial de 2028.
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Trump quiere un mundo de petróleo barato, pero el escollo del primer punto de su plan internacional para lograrlo está dado por la dificultad que supone la virtual destrucción del complejo petrolero venezolano.
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Ese proceso puede ilustrarse con la mención de tres de hitos:
El lockout de la gerencia de PDVSA de 2002, parte de un proceso golpista que se blanquearía con la fallida intentona militar de abril de ese año, que llevó a Chávez a purgar drásticamente la compañía, que quedó golpeada en su capacidad técnica.
El crescendo de sanciones estadounidenses, iniciadas en 2006 contra el aparato militar y de seguridad, pero que apuntaron específicamente contra el sector petrolero recién en 2017, cuando Trump ejercía su primer mandato.
El descalabro general de la economía, paralelo al de su sector descollante, que perdió más del 80% de su producto bruto interno (PBI) y el 30% de la población entre 2012 y 2020.
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Entre 2012 y 2020, el PBI de Venezuela sufrió un descalabro con pocos o ningún paralelo histórico para un país en tiempos de paz. (Fuente: Banco Mundial).
De acuerdo con proyecciones de la consultora especializada Rystad Energy, citadas por Times, "simplemente mantener la producción petrolera de Venezuela en los niveles actuales, en torno al millón de barriles diarios (mbd), demandaría inversiones de más de 50.000 millones de dólares a lo largo de los próximos 15 años".
En la reunión, Trump pidió el doble.
Los escollos del plan Trump
Así planteado, el deseo de Trump de una recuperación veloz de la producción de petróleo de Venezuela, al servicio de los Estados Unidos, parece de compleja concreción.
Según un estudio del Institute of International Finance –IIF, el think tank con sede en Washington de los grandes bancos, fondos de inversión y aseguradoras globales–, "Estados Unidos favorece una normalización de la oferta a mediano plazo", pero eso "dependerá de que "la transición ofrezca una estabilización y reforma creíbles en medio de persistentes riesgos institucionales, normativos y operativos".
Para el IIF, "la producción podría aumentar a 1,5 o 2 mbd en los próximos dos años si los operadores internacionales expandieran su actividad dentro de los marcos contractuales y regulatorios existentes". En tanto, "a mediano plazo, el progreso hacia el pico histórico de producción de 3 a 3,5 mbd dependería de reformas complejas e inversiones a gran escala".
Según escribióDavid Mottura en Letra P, citando a la consultora Wood Mackenzie, "para que Venezuela vuelva a producir su récord de 3 mbd sería necesario trabajar durante diez años e invertir entre 85.000 y 130.000 millones de dólares. ¿Estaría dispuesto Estados Unidos a poner el dinero para esta reconstrucción? ¿Las petroleras estadounidenses acompañarían un plan semejante?".
El mercado opera con señales y por eso las petroleras argentinas registraron la semana pasada –al revés de las norteamericanas– una caída en la cotización de sus acciones. En otras palabras, hay que tener en cuenta que los mercados se anticipan a los hechos y que las inversiones se corren con facilidad hacia donde la promesa de ganancias es mayor. En este punto se llega a lo relevante para la Argentina y el futuro de Vaca Muerta.
Según el IIF, "incluso en un escenario político constructivo, las limitaciones estructurales sugieren que la recuperación de la producción (venezolana) probablemente sería sea desigual y vulnerable a contratiempos (…), particularmente en un entorno de precios del petróleo moderados en el rango de los 55 a los 60 dólares, lo que podría limitar el apetito de las compañías petroleras internacionales por el despliegue de capital a gran escala".
¿Cabría decir lo mismo sobre el gran yacimiento neuquino?
Por otro lado, algo para nada menor, Trump debería dar con un marco normativo que haga posible el takeover de Venezuela, uno que vaya más allá de la política de hechos consumados y anuncios en redes sociales desplegada hasta ahora.
El modelo debería asemejarse al aplicado por George W. Bush en Irak desde 2003, una brutalidad que permitió, con anuencia de las grandes potencias, anular contratos celebrados previamente entre empresas privadas en el marco de una virtual causa de utilidad pública internacionalmente aceptada, sin compensaciones ni apelación a tribunales. Así ocurrió con la resolución 1483 del Consejo de Seguridad de la ONU.
¿Hay hoy condiciones para algo semejante, con una virtual ocupación de Venezuela hecha a espaldas de la más mínima pretensión de legalidad internacional y cuando Estados Unidos no sólo mide poder con China, sino que también amenaza a la Unión Europea (UE) con ocupar unilateralmente el territorio danés de Groenlandia?
En Venezuela no se consigue
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Javier Milei, durante una visita a Vaca Muerta.
Otra cuestión limita el contagio de la crisis al proyecto Vaca Muerta: el tipo de crudo con el que cuenta Venezuela –pesado o extrapesado– y el que surge de la cuenca argentina no convencional, liviano.
Por regla general, los petróleos pesados son más difíciles de transportar y, sobre todo, de refinar, lo que hace que su precio se cierre con descuentos respecto de los ligeros. Asimismo, resultan más contaminantes y aptos para la obtención de diésel, fuel oil y asfaltos.
Por el contrario, los livianos son de mayor calidad y más útiles para refinar combustibles más caros, como las naftas.
De ese modo, incluso el escenario de un regreso más o menos veloz de Venezuela al mercado –en el que hoy no figura entre los exportadores top a pesar de contar con las mayores reservas mundiales–, no impactaría automáticamente sobre el crudo argentino. Con todo, en algún momento los precios de los diferentes crudos se arbitran.
Argentina extrae en la actualidad unos 850.000 barriles diarios, y se espera que el boom de Vaca Muerta lleve esa cifra a, al menos, un millón en 2030.
"Los planes para Vaca Muerta –con ampliación de ductos, un oleoducto dedicado a la exportación y proyectos de gas natural licuado– contemplan inversiones de entre 10.000 y 15.000 millones de dólares en los próximos cinco años, con las que se estima alcanzar una producción de unos 3,5 millones de barriles en 2031", dijo Federico Aringoli, director de Doble P, en la mencionada nota del colega Mottura.
"Hasta ahora, la industria en Vaca Muerta prefiere hacer como si no pasara nada y mantiene sus planes de construcción de infraestructura", añadió.
Sin embargo, el umbral de rentabilidad de los combustibles no convencionales argentinos está ajustado, por lo que Trump, su proyecto de largo aliento de una cotización internacional en baja y el futuro de Venezuela obligan a prestar atención.