OPINIÓN

Javier Milei y la comunicación de crisis, entre la agenda negativa y la erosión reputacional

El Gobierno gestiona cada escándalo con uno nuevo, que tapa al anterior. El costo, una cicatriz sobre otra. La táctica renga de la fascinación disruptiva.

Em la teoría clásica de la comunicación de crisis, como la que transita Javier Milei, se insiste en la importancia de la anticipación, la credibilidad y la capacidad de gestión en las primeras 24 horas. Con los años, estos principios se demostraron insuficientes frente a un ecosistema digital que pulverizó la centralidad del “vocero único” y los manuales estandarizados.

En mi artículo académico sobre Comunicación Ágile de Riesgo y Crisis, señalé que las metodologías tradicionales se volvieron obsoletas: ya no alcanza con planes rectores ni protocolos rígidos, sino que se necesita distinguir entre riesgo, o el impacto de la incertidumbre sobre los objetivos, y crisis: riesgo consumado, agilidad, iteración, escucha activa y capacidad coral de respuesta.

Karina Milei Diego Spagnuolo Javier Milei
¡Selfie! Karina Milei, Diego Spagnuolo y Javier Milei.

¡Selfie! Karina Milei, Diego Spagnuolo y Javier Milei.

Esta estrategia consiste en provocar, desplazar o amplificar controversias para evitar que la narrativa pública se fije en un único escándalo. Cada crisis es respondida con un nuevo ruido, cada golpe reputacional es relativizado con un exabrupto mayor, cada señal de debilidad es tapada con una sobreactuación de fuerza. El resultado: Milei no pierde centralidad comunicacional, pero esa centralidad se construye sobre la erosión acumulativa de la reputación gubernamental.

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En términos de comunicación política, esta táctica funciona como un sprint ágil invertido: la iteración no busca soluciones adaptativas, sino la creación deliberada de nuevas turbulencias que anestesian a la opinión pública. Es la traducción local de lo que en redes sociales se llama flooding: saturar la esfera pública con tanto conflicto que ningún tema logra fijarse demasiado tiempo.

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Tuit con los audios de Diego Spagnuolo. (@mis2centavos)

Tuit con los audios de Diego Spagnuolo. (@mis2centavos)

La paradoja de la agenda negativa

El problema de esta estrategia es que, si bien garantiza visibilidad, impide la construcción de reputación sostenible. La reputación no se edifica solo con trayectoria ni con fama efímera, sino con un equilibrio dinámico entre ambas. El mileísmo apuesta por la fascinación disruptiva -el golpe de efecto, la pelea constante, la frase estridente- pero sin una trayectoria que sustente credibilidad a largo plazo.

De este modo, el capital simbólico del Gobierno se gasta a velocidad de vértigo. La centralidad comunicacional se sostiene, pero el costo reputacional crece. Cada agenda negativa tapa a la anterior, pero deja una cicatriz y esas cicatrices, acumuladas, generan un paisaje de desgaste difícil de revertir.

Javier Milei, entre Davos y el fentanilo

Los ejemplos son elocuentes. En Davos, Milei buscó instalar un relato global contra la “ideología woke”, posicionándose como outsider libertario en la escena internacional. El efecto inmediato fue visibilidad mundial negativa, pero en el frente interno el discurso acentuó la percepción de un presidente homofóbico más preocupado por el show global que por la gestión local.

Embed - MILEI EN DAVOS | DURÍSIMO CONTRA EL FEMINISMO Y LA COMUNIDAD LGBT+

El caso Libra, la criptoestafa con simpatías oficiales, mostró el costado más riesgoso de un gobierno que coquetea con la desregulación total sin prever escenarios de fraude masivo, en tanto la tragedia de las más de 100 muertes por fentanilo adulterado evidenció la fragilidad del sistema de control sanitario y de seguridad pública, que agrava la percepción de Estado ausente.

Cada una de estas crisis hubiera requerido protocolos ágiles de contención: información clara, participación de múltiples voceros, articulación con actores sociales y empresariales y reparación simbólica y material. En cambio, la respuesta oficial fue el silencio, el desdén o el desplazamiento del foco hacia un nuevo conflicto.

El Gobierno, el azar y la necesidad

Cicerón decía que “todas las cosas derivan del azar, si bien el azar les asigna plena necesidad”. En política, el azar de un escándalo inesperado, como el que desataron los audios de Diego Spagnuolo, el extirular de la Agencia Nacional de Discapacidad ( ANDIS), puede convertirse en necesidad de gestión, pero la lógica mileísta invierte el axioma: fabrica necesidad de escándalo para administrar el azar. El riesgo se vuelve combustible, la crisis se transforma en modo de gobierno.

El dilema es si una democracia puede sostenerse en estado de crisis comunicacional permanente, porque, si todo es excepcional, nada lo es y, cuando la excepción se vuelve regla, la reputación institucional deja de ser un activo intangible para transformarse en un pasivo insostenible.

El mileísmo o la política del escándalo infinito

La gestión ágil de riesgo y crisis no es improvisación ni ruido: es anticipación, escucha, credibilidad y participación. Milei encarna el reverso exacto: improvisación convertida en estrategia, ruido como sustancia, agenda negativa como motor. Su centralidad comunicacional es innegable, pero a costa de dilapidar el activo más valioso de cualquier liderazgo: la reputación.

En la era de la hiperconectividad, toda crisis es pública y toda reputación es frágil. La apuesta por la agenda negativa puede garantizar titulares, pero erosiona la confianza ciudadana y, sin confianza, ningún proyecto político sobrevive más allá del espectáculo.

Martín Menem y Lule Menem, operadores de Javier Milei y Karina Milei. Todo off. 
Karina Milei, Diego Spagnuolo y Javier Milei.

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