Javier Milei, un momento crítico y el vacío del peronismo. Axel Kicillof, el enigma del outsider y casting del Círculo Rojo. ¿Qué país quiere el establishment?
desPertar intenta ofrecerte un registro cotidiano de nuestro presente y un detector de señales del futuro. A veces sale, otras no. Sin embargo, cuando repaso lo escrito en lo que va de esta semana encuentro elementos de ambos tipos que giran en torno a una inquietud obsesiva: ¿qué clase de destino incuba, en este preciso momento, la sociedad?
En otras palabras, ¿cuáles serán el nombre y el rostro de ese porvenir a partir del 10 de diciembre de 2027? ¿Los conocidos de Javier Milei u otros? ¿En qué clase de país mutará la Argentina?
1) El lunes, este newsletter presentó una reflexión sobre algo que describí con el neologismo de "berretocracia": las correrías de una dirigencia demasiado cruzada por los dogmas y la violencia, una notable ignorancia y una llamativa propensión al decomiso de bienes públicos. En definitiva, una descripción subjetiva y opinable sobre una cierta decadencia.
Los ejemplos se apilan y no pasaron ni 36 horas hasta que Toto Caputo sumara al aquelarre la idea del stockeo de "48 sachets de leche" para hablar de la demanda de pesos y para que el Presidente explicara que la inflación alarmante de marzo no puede ser tal cosa porque la política monetaria no la consigue explicar.
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Imagen generada con inteligencia artificial.
Por el lado de la presunta corrupción, se confirmó que el inefable Manuel Adornimintió cuando dijo que el viaje en avión privado a Punta del Este fue el único tiempo compartido que pudo regalarles a sus hijos desde su debut como funcionario; que también vacacionó a todo trapo en la onerosa Aruba; que buena parte de este gasto la hizo en efectivo; y que Claudia Sbabo, una de las dos jubiladas que le prestaron dinero –100.000 dólares cada una sin interés– para la compra de un departamento llamativamente barato en Caballito confirmó ante la Justicia haberlo conocido recién el día de la escritura.
Por un motivo que alguna vez quedará claro, la Justicia federal le puso la lupa al extremo de investigar hasta las refacciones del departamento de marras, permitiendo la difusión del antes y el después.
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2) El martes, el tema fue la trampa de austeridad en la que el plan oficial ha metido a la Argentina, resultado previsible de una concepción de la economía que atrasa 90 años y que no entiende que el ajuste perpetuo sólo genera recesión y, paradójicamente, más déficit fiscal. La Argentina de la industria, el comercio, el consumo popular y el empleo es la víctima de ese malentendido.
Para reforzar ese punto, el FMI –otro prototipo de pensamiento retrógrado– dio por aprobada a nivel de staff la segunda revisión del programa en curso, lo que destraba un giro de 1000 millones de dólares.
En medio de elogios a la mileinomía y ajeno a una desinflación que aplaude sin reparar en su reversión reciente, el comunicado señala que "el saldo de caja cero seguirá siendo el ancla clave del programa, consistente con un superávit primario del 1,4% del PBI este año y apuntalado por controles de gasto continuos y fuertes, al tiempo que proporciona suficiente espacio para asistencia social focalizada". Subtitulado: si, dada la caída de la recaudación, Toto Caputo necesita pisar gastos presupuestados, que así sea, aun cuando eso no sea otra cosa que una generación de deudas.
"Con el tiempo, se espera que reformas bien secuenciadas de los marcos tributario, previsional y fiscal mejoren aun más la calidad y durabilidad del ancla fiscal", añade el Fondo Monetario Internacional. Así, ni bien haya espacio político, se vendrán nuevos proyectos para bajarles los impuestos a los sectores de más alta renta y para rebanar hasta el hueso las jubilaciones.
3) El miércoles, por último, se trató el dato de un IPC pésimo que contiene la espuma de la guerra en el golfo Pérsico, pero que alcanzó en marzo el punto más alto en diez meses de escalada continua. La interrupción de la desinflación, hasta ahora principal activo político del gobierno de extrema derecha, se prolonga, se combina con una política que pisa ex profeso los ingresos populares y genera reacciones.
Los futuros posibles
Todo el cuadro parece pintar el comienzo de una descomposición, pero en lo político-electoral ese curso no es más que una posibilidad entre otras.
Nada asegura que el todavía considerable núcleo duro paleolibertario del 30 o el 35% vaya a perforarse y que, a la hora de la verdad, Milei no logre repuntar gracias al respaldo de más argentinos dispuestos a volver a usarlo como vehículo para bloquear el regreso de opciones que no sólo dejaron mala memoria, sino que también suscitan reacciones severas en sus delicadas epidermis.
Para pensar si una opción política se encamina a ganar o a perder es fundamental examinar qué alternativa se le alza enfrente. El tema, desde ya, se acota en el presente a la oposición realmente existente: el peronismo.
La mezcla fatal de internismo, carencia de proyecto, mala praxis económica, falta de sensibilidad para manejar costados sensibles del Gran Confinamiento y otros males convirtieron al Frente de Todos en una experiencia que nadie quiere repetir. La sucesión que parió, esto es el salto al vacío del outsider Milei, y el brutal encogimiento de sus posiciones territoriales y legislativas tienta a algunos analistas a pensar en un final de ciclo al estilo del experimentado por la UCR después de 2001.
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Sin embargo, la historia le reserva al peronismo una carta más: el piso de intención de voto del 30% –por poner un número– que conservan Cristina Fernández de Kirchner –quien, presa e inhabilitada, no podrá hacerlo valer– y Axel Kicillof. El peronismo de 2026 no es –todavía– el radicalismo de un cuarto de siglo atrás.
¿La alianza imposible?
Existe, objetivamente, una alianza social en potencia para oponerse al mileísmo en octubre del año que viene, pero esta es demasiado heterogénea y difícil de coaligar. Cuando la oposición habla de una candidatura anti-Milei, despuntan las oportunidades, sobran las ganas y faltan los nombres.
Esa alianza incluye diversas identidades políticas, pero por encima de eso a independientes hartos de vivir mal, de no llegar a fin de mes o de endeudarse para hacerlo. En definitiva, a argentinos que, interpretados de modo amplio, perciben que el "saldo de caja cero" por las malas que celebran el FMI y sectores empresariales que sorprenden por su vocación tanática suponeuna renuncia al futuro y resulta social y políticamente insostenible a largo plazo.
¿Qué futuro existe sin mantenimiento y renovación de infraestructura; con universidades desfinanciadas; con una ANSES vaciada; con asistencia social recortada; con salarios docentes y, en general, de estatales rebanados por la mitad; sin ciencia y técnica, y con desaparición de industrias y destrucción de empleo formal y bien remunerado?
La promesa de MAGA es un páramo.
La encrucijada de Kicillof
Si el peronismo de hoy aguanta los trapos mejor que el radicalismo de comienzos de siglo, pareciera que una condición de posibilidad de su éxito radicaría en ser capaz de incluirse dentro de un todo más amplio que él mismo.
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La figura del gobernador bonaerense por ahora se destaca en el desierto opositor, pero a su conocida manta corta –el hecho de que su base electoral se superpone con la del camporismo que ha pasado a detestarlo– se añade la provisoria falta de resultados la nueva transversalidad que ensayó con repetidos gestos a gobernadores de todos los palos.
Si los no peronistas –y unos cuantos que se siguen referenciando en esa identidad– no responden a esos llamados, la alternativa es eliminar a los intermediarios y acudir directamente a las bases. Otra vez: ¿cómo debería presentarse Kicillof, como el emblema de la economía final de CFK o como la bestia negra del camporismo?
Él busca, seguramente con el acierto que imponen las salidas sin opción, mostrarse simplemente como "Axel", pero no existe ser humano que no cargue con un pasado.
Una cuestión de públicos
No todos los gestos de Kicillof se dirigen a la sociedad, claro. Por intención o, más probablemente, por simple consecuencia práctica, algunos de ellos tienen como destinatarios a segmentos del Círculo Rojo empresarial que conforman las víctimas del modelo de Milei.
Cuando Kicillof se deja mencionar por ese broker de la política que es Miguel Ángel Pichetto como opción aceptable dentro de un peronismo nuevamente reunificado, cuando se reúne con Emilio Monzó o cuando se saluda civilizadamente con Mauricio Macri no gana ni medio voto, pero escapa al estereotipo del "soviético" que pretende hacerse de él. Se normaliza.
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Emilio Monzó, Nicolás Massot y Miguel Ángel Pichetto.
Más interesante es lo que ocurrió cuando aceptó escribir un artículo sobre Adam Smith en Clarín: el camporismo gritó una traición, pero la industria nacional en vías de extinción podría imaginar una promesa de reconstrucción productiva.
El casting de la casta
Es evidente que esos segmentos del Círculo Rojo, escaldados por la doble Nelson del desguace y el insulto presidencial, ya se lanzaron a un casting de posibles candidatos. Entre muchos otros nombres, hasta el sanjuanino Sergio Uñacy el banquero y expresidente de RiverJorge Brito están anotados en ese Gran Hermano en busca de un mínimo favor de la audiencia.
Si Kicillof por ahora no llena todos los casilleros necesarios para unir a la creciente Argentina antimileísta, si esos nombres –y otros– parecen tiros al pichón y hasta un curioso pastor se hace mandar reportes sobre la temperatura del agua a su residencia californiana es porque hay un vacío.
Uno de los datos más sugestivos de la última encuesta de Zuban Córdoba –1 al 3 de abril, nacional, 2200 casos, 30% mailing y 70% CAWI, y margen de error de +/-2,09%– indica que una mayoría importante sigue esperando que se destape otro outsider. Como dijo Patricia Bullrich: "La gente se quema con leche, ve una vaca y no llora. Está la vaca, se quemó con leche y no llora, sigue votando lo mismo". ¿Clarito?
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¿Qué pretende usted de mí?
En ese contexto, lo más relevante es conocer qué pretende de la Argentina esa burguesía en crisis, una que, si las cosas siguen su curso actual, posiblemente sea terminal.
En su debilidad actual, no puede establecer condiciones y, para empezar, debe ponerse de acuerdo consigo misma. Conciliar resurrección de la industria, consumo que la sustente, infraestructura, reparaciones sociales que brinden soporte popular, salud y educación para que los trabajadores puedan despertar al día siguiente y saber qué hacer al llegar a sus puestos de trabajo no es compatible con el Estado mínimo que, en paralelo, le ponderan a Milei.
Lo mismo cabe decir de los gobernadores que se quejan del ahogo financiero, pero que, como esos emisores irresponsables de cheques voladores, aceptaron firmar en el Pacto de Mayo su aval al objetivo de un gasto público consolidado del 25% del PBI.
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Los empresarios quieren sobrevivir, pero no pagar impuestos. Los gobernadores quieren recursos, pero hacen populismo para ricos respaldando, más que recortes, amputaciones.