Argentina-Inglaterra: metáforas de guerra

La semifinal del Mundial que jugarán el miércoles las selecciones de Argentina e Inglaterra enciende otra vez pasiones nacionalistas en nuestro país, aunque el escenario sea muy diferente al de 1986. Por un lado, aunque las heridas de la guerra de las Malvinas estarán siempre abiertas, hoy, 44 años más tarde, sangran menos, como lo demuestra que haya podido llegar al poder un hombre como Javier Milei, al que le cuesta horrores sintonizar con el sentimiento popular en general y con el relativo a Malvinas en particular. Por el otro, la condición épica del inolvidable Diego Maradona encuentra reemplazo en la asepsia política de Lionel Messi. Pero aun así…

Si alguien se parara en una calle de Teherán y gritara, a voz en cuello, que Dios no existe, no demoraría mucho en comprobar su error: una acción policial inmediata, maltrato y, seguramente, la cárcel lo convencerían de la omnipresencia y de la omnipotencia de la divinidad.

Del mismo modo puede alegarse con toda sensatez que lo que estará en juego en dos días no será una reivindicación nacional, una revancha por la guerra perdida, un homenaje a los veteranos y caídos en ella ni, mucho menos, un paso hacia la recuperación de las islas usurpadas. Será apenas un partido entre dos equipos representativos de sus respectivas asociaciones de fútbol. Con todo, la vibra nacionalista aparece en las preguntas de varios periodistas a los protagonistas del encuentro y, muy lamentablemente, en las primeras noticias de peleas a puño limpio entre hinchas argentinos e ingleses en Estados Unidos.

Los mundiales están hechos para azuzar en todo lo posible los espíritus nacionalistas: banderas, himnos cantados con hondura, un verde campo de disputa, la pasión desatada… Son metáforas de guerra.

Tanto cuando es de verdad como cuando es un remedo, en ella hay, sin dudas, un negocio lucrativo.

A Dios le pido

Vale entonces el modo en que Lionel Scaloni trató, de movida, de bajarle el tono a la cuestión.

"Es un partido de fútbol, ¿eh? El mensaje es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa: es un partido de fútbol. Vamos a jugar un partido de fútbol contra una gran selección, que tiene un gran entrenador al que aprecio y admiro mucho", dijo, muy severo, para cortar con cualquier tentación, en la conferencia de prensa posterior al partido con Suiza.

"Un partido de fútbol", recalcó. Una, dos, tres y cuatro veces.

Su prédica, sana bajada de línea, se replicó en los dichos de cada uno de los jugadores consultados respecto del carácter presuntamente "especial" de lo que viene.

Sin embargo, las percepciones de la masa indican que Dios existe más allá de toda duda.

Quiero volver a robarle un gol al ladrón…

"Quiero volver a robarle un gol al ladrón (…) quiero ganarme cien años de perdón", cantaron un papá y una niña encantadora, los dos llenos de talento, en un video viralizado antes de que la reedición de "el partido infinito" fuera un hecho. Es inútil ignorar que ahí late un sentimiento.

Allá por 1986, Carlos Bilardo intentó hacer lo mismo que hoy busca Scaloni, pero tuvo menos éxito. Natural: la guerra estaba demasiado fresca, con su carga de jóvenes muertos y de una derrota que parecía –y sigue pareciendo– la consolidación a fuego de un despojo y una injusticia.

Gobernaba Raúl Alfonsín y todavía se procesaba la indignación generada por las conclusiones del Informe Rattenbach de septiembre de 1983, que condenó la decisión de ir a la guerra tomada por Leopoldo Fortunato Galtieri y el resto del alto mando militar como una "aventura" irresponsable, improvisada y carente de la más elemental planificación.

Jugaba, en tanto, ese héroe trágico llamado Diego Maradona.

Hoy, manda en el país Milei, quien confesó públicamente, sin sufrir el más mínimo costo político, su admiración por Margaret Thatcher –incluso en un debate preelectoral televisado a todo el país– y que en algún momento, antes de emprolijar su mensaje en atención a las recomendaciones del staff profesional de la Cancillería, hasta se paró un solo paso antes de avalar la libre determinación de los isleños británicos, una población implantada y, según la ley internacional, privado de ese derecho.

El gran protagonista deportivo, finalmente, es Messi, igual de talentoso que "El Diez", pero descafeinado en materia política.

Todo mundial es político, pero dadas así las cosas, sería bueno evitar la conversión forzada de la tragedia en farsa.

… quiero ganarme cien años de perdón

En lo estrictamente futbolístico, la epopeya maradoniana de "la mano de Dios" y del "mejor gol de todos los tiempos" del 22 de junio de 1986 fue seguida por otros enfrentamientos. En Francia 1998, hubo empate dos dos y triunfo argentino en los tiros desde el punto del penal, mientras que en Corea-Japón 2002 festejaron los ingleses tras imponerse uno a cero.

El próximo choque ofrece una versión light de "el partido" en versión siglo XXI.

Con todo, ciertas pasiones populares porfían en politizar lo que no debería ser político y hasta pasan por alto lo que el entrenador y los jugadores explican. Una digresión inevitable: ¿sentirán estos exactamente lo que dicen?

Si el ánimo, aunque de modo más atenuado, vuelve a encenderse, es esperable que la política se monte sobre la ola.

A Milei en especial, que ya está en plena campaña por su reelección, esto –no importa si en victoria o derrota– le da una oportunidad que seguramente no dejará pasar de lavar sus viejas desmesuras retóricas.

Tan entendedor del fútbol como de sentimientos populares, y anglófilo como es, no cabe esperar del Presidente que golpee un bombo al grito de "el que no salta es un inglés", pero sí que explote más la onda patriotera que le ha puesto a sus posteos recientes en el contexto del Mundial.

Si su llegada al poder en 2023 fue el acto de extravagancia que se permitió una sociedad largamente dañada, la aventura de 2027 le aconseja al Gobierno seguir caminos más estándar, menos vinculados a la rareza de un anarcocapitalismo que sólo Milei entiende y más relacionados con lo nacional, en la sintonía de las demás ultraderechas del mundo. Por lo menos cuando juega la Selección.

Una estrella en el cielo glorioso de mi nación

Si pasado mañana tocara –ojalá– triunfo deportivo, la autoestima de una sociedad mercedora de bellos milagros encontraría una curita, cosa que vale permitirse. Habría un momento en que se gozaría de la certeza de disfrutar mientras el "enemigo" sufre, módica revancha de derrotas más significativas. ¿Vale? Vale, pero sólo lo que vale.

Las Malvinas y demás islas seguirán usurpadas como hasta ahora, lo mismo que un Atlántico Sur con una irritante presencia militar extracontinental y depredado, en perjuicio de la Argentina, de sus recursos ictícolas y pronto petroleros.

Estos últimos, a manos de una empresa británica y otra israelí, demostración de que ciertas buenas conductas y alineamientos automáticos sólo sirven para que los presuntos socios miren tanta obsecuencia con un desdén que apenas disimula el desprecio.

La reedición de la tragedia –esto es la farsa– no es más que una metáfora: el fútbol funge como reivindicación épica de los débiles y los derrotados, como un analgésico para ciertas realidades dolorosas.

El calmante, sin embargo, obtura la realización de una distinción necesaria: una cosa son los pueblos, con sus alegrías y tristezas universales, y otra sus Estados, con sus intereses y sus abusos. Esto es muy importante.

Cuando se parte de ahí, hay menos espacio para la xenofobia moralmente empobrecedora y más para la comprensión del valor del interés nacional inteligentemente concebido.

¿Qué nos dice sobre el estado del país la inminente versión light de "el partido" y, más relevante, qué formas de reivindicación nacional oscurece y cuáles, más trascendentes, podría iluminar?

En otras palabras, ¿qué triunfos y qué derrotas va a protagonizar la Argentina del futuro?

Ese será el verdadero referendo de 2027.

Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.

milei, toto caputo y el karma de la argentina
Gianni Infantino y Donald Trump en la Casa Blanca. (Captura de video).

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