Tal como se esperábamos, el INDEC –incluso intervenido como está para subestimar mes a mes el índice de inflación mediante el sostenimiento de una metodología vetusta– le dio ayer a Javier Milei y a Toto Caputo la peor noticia: el IPC de marzo, de 3,4%, emperó las proyecciones privadas y quedó clavado como una estaca en sus corazones y obliga al Gobierno a asegurar que, contra lo que parece, todo marcha acorde al plan. ¿Es así?
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Los datos duros indican que, como se preveía, el incremento de las naftas de más del 20% desde el inicio de la guerra en Irán en el último día de febrero, impactó plenamente en el mes, aunque quedó diluido en el ítem amplio de Vivienda, agua, electricidad y otros combustibles. En tanto, Educación superó, desregulación mediante, toda medida con un impresionante 12,1% y el sensible rubro de Alimentos y bebidas se ubicó junto al elevado promedio. La inflación núcleo, que anticipa tendencia por excluir precios estacionales o regulados, cerró en un inquietante 3,2%.
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Más allá del chimichurri de la guerra en el golfo Pérsico, el resultado del mes pasado supone el undécimo mes de inflación en alza. Sí, casi un año.
El número, que lleva la interanual al 32,6%, es más que suficiente para poner en cuestión la estrategia antiinflacionaria del Presidente y su ministro de Economía, así como el mantra de que ese problema es "en todo tiempo y lugar un fenómeno exclusivamente monetario". ¿Qué hay de los shocks externos como una guerra que dispara las cotizaciones internacionales del petróleo y el gas, qué de costos empresariales que pueden incrementarse súbitamente –ya sea de modo transitorio o permanente–, qué de la inercia?
Admito que la tentación es grande, pero señalar lo anterior no es una chicana ni un pase de facturas a un elenco que no pierde oportunidad de humillar a sus críticos, sino la constatación de que, como te dije ayer a propósito de los modos de equilibrar un presupuesto demasiado inelástico, el pensamiento económico de Milei atrasa 90 años.
Una pena: a la mala noticia se le suma el contratiempo que sufrirán varios funcionarios del equipo económico –Federico Furiase, el por ahora menos "picante" Felipe Núñez y Pedro Inchauspe– por la actualización de los préstamos UVA que tomaron en el Banco Nación. Y, además de ellos, tantos otros miembros del elenco de la extrema derecha gobernante, lo que, según reveló Página|12, incluye también a Nazarena Menem, de 26 años y auxiliar administrativa en la Auditoría General de la Nación. Se suma, como ya se conocía, al también novel Sharif Menem, community manager de Martín Menem. Entre ambos juniors suman unos 600 millones de pesos. Todo regular, claro.
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¿Era en abril?
Si sus políticas no siempre le bastan, el jefe del Palacio de Hacienda apela al inflador anímico.
Como también señalé ayer, es natural y hasta correcto que un ministro de Economía trate de morigerar la malaria con palabras que ayuden a mejorar las expectativas, por poco que eso pueda aportar.
Así, Caputo descontó el lunes en Rosario el mal IPC de marzo –según él, solamente atribuible al contexto externo– y confió en que desde el inicio de este mes "se viene dando un proceso de desinflación y crecimiento".
Ayer, al hablar en la AmCham Summit, ratificó que "a partir de abril vamos a ver una desaceleración de la inflación importante" y subió la vara en términos de crecimiento: "Los próximos 18 o 20 meses serán los mejores que Argentina haya visto en décadas".
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"El dato es malo", reaccionó con tino Milei en el mismo foro, en el que explicó lo sucedido por el impacto externo y se mostró confiado en torcer el mal rumbo de las cosas.
Pero volvamos al ministro de Economía, que de modo interesante le lanzó en su presentación un dardo al Fondo Monetario Internacional (FMI).
"No creo en ese trade-off del que se habla entre inflación y crecimiento", postuló para refutar a quienes dicen que el inevitable empinamiento de los precios –el primer trimestre consumió prácticamente la totalidad de la pauta de inflación presupuestada para todo el año– mermará la actividad.
Con todo, él mismo suele reconocer que el "ruido político" –v. g., las permanentes revelaciones de corrupción y ventajismos en altos niveles del Gobierno– complica las cosas en esa materia. En ese sentido, sería bueno, para empezar, que hablara con sus colaboradores para que contengan su voracidad crediticia.
Pues bien, el organismo que lidera Kristalina Georgieva elevó la inflación proyectada para el año del 16,5% mencionado hace seis meses a 30,5% –¡pavada de recálculo!– y recortó la de crecimiento del 4% al 3,5%. Del optimismo de la voluntad del ministro al pesimismo de la razón del Fondo.
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A propósito, de cumplirse esos pronósticos, el IPC de 2026 sería, como también supone el mercado, lamentablemente similar al de 2025. Además, dado que Argentina se instaló en un régimen de crecimiento segmentado –con ganadores y perdedores muy marcados–, el 3,5% mencionado difícilmente alcance para dar vuelta el sentimiento popular negativo del presente ni la creciente irritación de la política subnacional.
En el runrún de la AmCham se ratificó que en el Círculo Rojo madura la idea de que no basta con el ajuste que tanto y por tanto tiempo ha defendido, sino que hace falta que el plan económico incluya incentivos a la producción. Paciencia: los grandes empresarios ya llegarán también a pensar en la demanda que necesitan, hecha de salarios y jubilaciones.
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Caputo, en cuyo manual no hay nada que vaya en el sentido de esos nuevos reclamos, también los atendió a ellos: "Cambió la música, pero (los empresarios) no cambiaron el paso", acusó.
Como sea, respecto de todos esos dichos oficiales, valen una observación y una ratificación sobre lo que pasó y lo que viene:
La primera es que la "excursión" de Donald Trump en Irán le puso una cereza amarga a un postre envenenado que incluía nueve meses de precios en alza y, como se sabe, a un marzo estacionalmente difícil en materia de precios.
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La segunda es que el país entró en el trimestre virtuoso de la liquidación de las exportaciones de soja, lo que tracciona actividad y exportaciones, incrementa el ingreso de dólares y, en esta coyuntura, facilita una compra más intensa de divisas por parte del Banco Central, permitiendo monetizar algo la economía sin mayor presión sobre los precios.
El albur de la guerra
Si la guerra influyó sobre el IPC de marzo, ¿qué provocará en abril, cuando el conflicto entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán y sus proxies regionales por el otro, sólo parece escalar?
Como sabés, la flota norteamericana sumó su propio bloqueo a un estrecho de Ormuz ya obturado por la amenaza de fuego de la República Islámica, lo que no hace más que apretar el torniquete militar a ese paso por el que, en tiempos normales, circula el 20% del petróleo del mundo.
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Sin embargo, las partes –salvo Benjamín Netanyahu, que parece una vez más dispuesto a hacer cualquier cosa para sacarse de encima el "peligro existencial" del plan nuclear de Irán– muestran agotamiento.
Trump, por el impacto de la suba del crudo sobre los precios de los combustibles, la inflación y los presupuestos de las familias, así como por los 100.000 millones de dólares que lleva gastados en la aventura y por la inminencia de las cruciales elecciones de mitad de mandato de noviembre. El régimen teocrático, por el triple golpe a su aparato de guerra, a la infraestructura nacional, a la economía y a una sociedad que tolera cada vez menos su impronta criminalmente represiva.
Así, pese a lo dicho sobre Ormuz –que suena pésimo– puede pensarse, tal vez, que abril sea el mes de un conflicto relativamente contenido en su violencia y el del inicio de una segunda ronda de diálogos más realista que el conato del sábado último en Islamabad. El mercado financiero apostó ayer a eso y por eso los precios del petróleo se movieron en baja.
Lo que parece estar en juego en los contactos indirectos, vehiculizados por las diplomacias de Pakistán, Turquía y Egipto, es la duración de una moratoria internacionalmente vigilada al plan de enriquecimiento de uranio persa, que hasta antes de la guerra tenía a Teherán a un paso de obtener "la bomba".
Eso –aclaro, otra vez, que es intuición y sólo posibilidad en un escenario demasiado volátil– se suma a la probablemente irrepetible base de comparación del pico de marzo y al congelamiento de las naftas vigente hasta mediados del mes que viene, lo que también contribuiría a aplacar el índice inflacionario.
¿Hay mapa para salir de la maldita meseta?
Lo que ni Milei ni Caputo dicen es que, temporada alta de la soja aparte, el modelo tiene ganadores y perdedores a nivel estructural, y que fuera de las actividades extractivas, primarias y financieras, nada indica que la industria, la construcción y el comercio vinculado al consumo popular estén a las puertas de un círculo virtuoso.
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Tampoco señalan que la estacionalidad negativa de marzo y el impacto de los precios del petroleo son sólo una parte de la foto de una desinflación estancada en el mejor de los casos.
El altiplano del dos y pico por ciento es un piso que se ha mostrado muy duro para perforar, sobre todo por la existencia de un cronograma de aumentos de tarifas de servicios públicos –reducción de subsidios en momentos en que el equilibrio fiscal tambalea por la trampa de austeridad autoimpuesta–, comportamientos inerciales de los formadores de precios, jubilaciones licuadas de inicio pero indexadas mes a mes, y vía libre –por decisión oficial– para que prepagas y telcos ajusten sus servicios de acuerdo con la inflación pasada. Es el propio Gobierno el que da vía libre a una inercia que constituye otra parte de una inflación que, en contra del dogma que proclama, es multicausal.
Así, según proyecciones privadas, abril estaría otra vez entre el dos y el dos y medio por ciento. La maldita meseta… La pregunta es si Milei y Toto Caputo tienen otro mapa para salir de ella que no sea el doloroso y mal diseñado del dólar atrasado y los ingresos populares devastados.