China y el desarrollo de largo plazo: la estrategia de los Tres Centenarios
El autor explica un proyecto organizado en horizontes históricos precisos. Aniversarios y metas de Estado. El ascenso y los dilemas del mundo y la Argentina.
En Occidente, la política se piensa en ciclos cortos: un mandato, una elección, una encuesta. China, en cambio, piensa en el largo plazo. Y no como una metáfora: lo hace literalmente. Para entender cómo llegó hasta donde está y por qué hoy genera admiración, incertidumbre o incomodidad en el mundo, hay un aspecto que tiende a ser ignorado en la mayoría de los análisis: su calendario político está organizado en torno a tres grandes hitos históricos, conocidos como los Tres Centenarios, de alta carga simbólica para el Partido Comunista Chino (PCCh).
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No se trata solo de propaganda para exhibir logros o movilizar entusiasmo popular. Es, sobre todo, un instrumento de Estado: sirve para construir legitimidad política, fijar prioridades de largo plazo y garantizar continuidad más allá de los cambios de liderazgo. La fórmula es simple pero poderosa: convertir aniversarios históricos en metas concretas que orientan la acción del gobierno y del Partido.
El calendario del poder: los Tres Centenarios (1921, 1927 y 1949)
El primer hito fue 2021, cuando se cumplió el centenario de la fundación del PCCh. En esa ocasión se consolidó el objetivo de construir una “sociedad modestamente acomodada de manera integral” (Xiokng Shèhuì), tal como había sido concebida por Hu Jintao en su discurso ante el XVII Congreso Nacional del Partido, el 15 de octubre de 2007. El concepto, originario del confucianismo, puede sonar distante, pero su función política es concreta: medir el progreso en términos verificables y presentarlo como un logro colectivo de la dirigencia.
Durante las celebraciones, el presidente Xi Jinping anunció que China había alcanzado esta primera meta. En ese marco, la erradicación de la pobreza extrema se convirtió en la gran bandera de cierre del ciclo: más de 800 millones de personas salieron de la pobreza, un logro anunciado en febrero de 2021, conseguido incluso antes del plazo establecido por la Agenda 2030 de Naciones Unidas y en medio de la peor recesión económica global desde la posguerra provocada por la pandemia de coronavirus.
Embed - Full video: Xi Jinping delivers speech to mark 100th anniversary of CPC's founding
El segundo hito se cumplirá en 2027, cuando el Ejército Popular de Liberación (EPL) conmemore sus cien años. Desde fuera, este aniversario suele leerse de manera simplificada: algunos analistas han sugerido que China pretende alcanzar para entonces la paridad con Estados Unidos en capacidades militares, pero el propio diseño chino muestra otra lógica. Ese año no sustituye la meta de 2035, fijada por el PCCh en 2020, que apunta a completar la modernización del ejército; más bien, funciona como un escalón intermedio, un punto de control para asegurar que la transformación avanza según lo planificado.
En la práctica, esto significa consolidar progresos en mecanización, informatización y, cada vez más, “inteligentización” —la incorporación de inteligencia artificial y tecnologías asociadas—. No se trata de un sprint, sino de una carrera de fondo con estaciones: cada hito permite medir avances, corregir desviaciones y sentar las bases para el objetivo más ambicioso, un ejército de clase mundial previsto para finales de 2049.
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A pesar de los desafíos económicos, Beijing mantiene un ritmo sostenido en gasto de defensa, que se estima entre un 40% y un 90% superior a lo anunciado públicamente (para 2024, el presupuesto habría oscilado entre 330.000 y 450.000 millones de dólares).
Al mismo tiempo, el arsenal nuclear crece: de acuerdo con datos del Pentágono, China contaba en 2025 con más de 600 ojivas operativas, con proyecciones de superar las mil para 2030. También se desarrollan nuevos misiles balísticos intercontinentales y sistemas convencionales de largo alcance, consolidando una capacidad estratégica que progresa de manera desigual pero constante.
¿China ataca Taiwán?
En este marco, la cuestión de Taiwán ocupa un lugar central. El Ejército Popular de Liberación tiene fijado para 2027 un “objetivo de construcción centenario”, orientado a desarrollar capacidades militares avanzadas y a estar en condiciones de ganar una guerra regional si fuera necesario. Aunque Beijing sostiene de manera consistente que la reunificación debe lograrse por medios pacíficos, la estrategia central sigue siendo replicar el esquema de “un país, dos sistemas”, tal como ocurrió previamente con Hong Kong y Macao.
Sin embargo, una amplia parte de los analistas interpreta este objetivo de 2027 como directamente vinculado a la preparación para el escenario taiwanés en caso de que esa vía fracase. No se trata de una fecha mágica ni de un ultimátum, sino de un punto de control estratégico: asegurar que el Ejército Popular de Liberación cuente con las capacidades operativas, tecnológicas y de mando necesarias para disuadir la secesión, resistir una eventual intervención externa y preservar lo que Beijing considera un interés vital de soberanía e integridad territorial.
Una eventual unificación de China tendría, además, un impacto profundo en la sociedad china y constituiría un hito histórico de enorme peso simbólico, capaz de consolidar de manera decisiva el liderazgo y el lugar de Xi Jinping en la narrativa histórica del país, al cerrar una de las principales cuentas pendientes del proceso de reunificación nacional iniciado en 1949.
Una China socialista moderna
El tercer hito es 2049, centenario de la República Popular China, momento en que se formula la aspiración estratégica de largo plazo: convertir a China en un “país socialista moderno, próspero y fuerte”. Este horizonte, estrechamente vinculado al concepto de “rejuvenecimiento nacional”, funciona como cierre simbólico del ciclo histórico iniciado en 1949.
Pero el significado de 2049 va más allá de un aniversario. Marca el punto en el que, según la visión de Xi Jinping, se habrá “construido plenamente una China socialista moderna” y se habrá “realizado básicamente la modernización socialista”, pasos esenciales para que China avance desde la etapa primaria hacia un nivel superior de socialismo.
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Xi Jinping, presidente de China, en el camino hacia un "un nivel superior de socialismo".
Los Tres Centenarios no operan como consignas abstractas, sino como horizontes históricos que se materializan a través de los planes quinquenales, verdaderos instrumentos de ingeniería política del desarrollo chino. Cada plan funciona como un mecanismo concreto de planificación, coordinación y orientación, alineado con los grandes objetivos históricos, pero lo suficientemente flexible como para adaptarse a los cambios estructurales internos y externos. Lejos de ser documentos aislados, los planes se encadenan, se corrigen y se complementan, permitiendo ajustar prioridades sin perder el rumbo estratégico general.
El Primer Centenario encontró su anclaje operativo en planes como el 12.º y el 13.º Plan Quinquenal, que reforzaron la estrategia de erradicación de la pobreza extrema, el desarrollo de las zonas rurales, la reducción de desigualdades territoriales y la modernización agrícola, culminando en el logro anunciado en 2021.
En el caso del Segundo Centenario, la periodización en subetapas —2020-2035 y 2035-2049— se refleja con claridad en la articulación entre el 14.º Plan Quinquenal, que sienta las bases de la modernización integral, la innovación tecnológica y la seguridad nacional, y el 15.º Plan Quinquenal, que profundiza esas líneas de acción y comienza a orientar capacidades estratégicas vinculadas a la cohesión nacional y a los objetivos históricos de reunificación.
Para el Tercer Centenario, si bien las subetapas ya están definidas, será el análisis de los planes quinquenales futuros el que permitirá observar cómo China irá traduciendo ese horizonte de largo plazo en políticas concretas, ajustando instrumentos, prioridades y ritmos a lo largo del tiempo.
Esta arquitectura de planificación multinivel —centenarios, subetapas y planes quinquenales— muestra cómo China combina continuidad histórica y adaptación táctica: cambian las herramientas y los énfasis, pero se mantiene intacto un objetivo histórico general, reforzando la capacidad del Estado para transformar visión estratégica en acción sostenida.
El punto de inflexión: 1978 y el giro de Deng
Para entender cómo este método produjo resultados tan extraordinarios, hay que volver al gran quiebre del siglo XX chino: el final del ciclo maoísta. La China que emerge de la Revolución Cultural era un país soberano y unificado, pero también económicamente atrasado, socialmente exhausto y con un Estado fragilizado. El diagnóstico de la dirigencia fue claro: la lógica de movilización política permanente ya no podía seguir siendo el motor del desarrollo.
En diciembre de 1978, el Partido formalizó el giro: la contradicción principal de la sociedad dejó de definirse como lucha de clases y pasó a ser la tensión entre las crecientes necesidades materiales y culturales de la población y una producción social atrasada. Ese cambio conceptual abrió la puerta a la era de “reforma y apertura”.
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Deng Xiaoping, líder supremo de China entre 1978 y 1989.
Deng Xiaoping sintetizó el nuevo pragmatismo con una consigna que se volvió universal: “No importa de qué color sea el gato, mientras cace ratones”. La prioridad dejó de ser la pureza doctrinal y pasó a ser el desarrollo material, pero con un detalle central: China no resolvió esto retirando al Estado, sino rediseñándolo.
El "milagro" chino: mercado, sí; pero con un Estado estratega
La explicación rápida del ascenso chino suele caer en dos caricaturas: un “milagro de mercado” o un “autoritarismo eficiente”. Ninguna alcanza. China abrió espacios al mercado, permitió iniciativa privada, atrajo inversión extranjera, creó Zonas Económicas Especiales y se integró al comercio global, pero preservó una premisa innegociable: el Partido debía conservar el control político y el Estado, dirigir los sectores estratégicos.
Los Planes Quinquenales funcionan aquí como herramientas de coordinación nacional, no como guiones rígidos. Señalan prioridades, orientan financiamiento, fijan metas de productividad e innovación y alinean al aparato estatal con un rumbo común. Mientras en buena parte del mundo la política industrial fue demonizada, China la convirtió en un arte: proteger, subsidiar, escalar, corregir, fusionar y volver a escalar.
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Incluso la lógica de “solapar industrias” —impulsar sectores distintos pero conectados, creando capacidades cruzadas— forma parte de esa estrategia. La planificación china no es una pieza de museo: es un mecanismo vivo y adaptativo que combina ensayo y error con continuidad institucional. Gracias a ello, el país logró avances tan concretos como el liderazgo global en fabricación de paneles solares y baterías de litio, el desarrollo de redes 5G, la construcción de trenes de alta velocidad y la consolidación de empresas tecnológicas como Huawei y BYD como actores globales.
De la fábrica al laboratorio: ciencia, tecnología y Made in China 2025
Durante años, China fue vista como la fábrica del mundo: un país capaz de producir a gran escala, con bajos costos laborales y alta eficiencia logística, pero dependiente de tecnología extranjera y relegado a los eslabones inferiores de la cadena de valor.
Esa imagen, sin embargo, dejó de describir la realidad. En la última década, China se propuso no solo producir más, sino producir mejor, controlar eslabones críticos y transformar su enorme capacidad industrial en una plataforma de innovación tecnológica propia. Este giro no fue espontáneo ni reactivo: fue el resultado de una decisión estratégica deliberada, impulsada desde el Estado y articulada a través de la planificación de mediano y largo plazo.
Iniciativas como Made in China 2025 simbolizan este cambio de paradigma. El objetivo dejó de ser únicamente la competitividad por costos y pasó a ser la autonomía tecnológica, la calidad, la estandarización y la capacidad de definir reglas.
En este marco, la frontera entre industria, ciencia y seguridad se volvió deliberadamente porosa: la innovación dejó de pensarse como un fin en sí mismo y pasó a concebirse como una herramienta al servicio del desarrollo nacional. La apuesta fue clara: vincular universidades, centros de investigación, empresas estatales y privadas, y sistema financiero en un ecosistema capaz de transformar conocimiento en producción concreta.
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China, de la fábrica al laboratorio.
Los resultados de esta estrategia son verificables. China se ha consolidado como el Estado que más patentes tecnológicas registra por año a nivel global, ha proyectado a sus universidades entre las principales del mundo y forma actualmente más de 1,4 millones de graduados en ingeniería anuales, una masa crítica sin precedentes históricos.
A ello se suma un sistema industrial altamente robotizado, que no solo supera al resto de los países en el promedio de robots aplicados a la industria, sino que también lidera la fabricación de robots industriales, cerrando el circuito entre investigación, producción y adopción tecnológica. Esta escala no es un dato menor: es la base material que permite sostener avances simultáneos en múltiples sectores de frontera.
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Tecnología made in China, producto de la planficación estratégica.
Gracias a esta articulación entre planificación, innovación y producción, China ha logrado proyectar capacidades en áreas estratégicas como la del sector aeroespacial, energías renovables, electromovilidad, biotecnología médica, inteligencia artificial y computación cuántica, donde la velocidad de aprendizaje y la posibilidad de escalar rápidamente resultan decisivas.
La innovación china no queda confinada al laboratorio ni al capital financiero: se traduce en productos, infraestructura, estándares técnicos y normativas propias. Al orientar la política de innovación al desarrollo industrial concreto, el país reduce dependencias estructurales, fortalece su soberanía tecnológica y gana influencia en uno de los terrenos centrales de la competencia global contemporánea: la definición de estándares y reglas del sistema productivo del siglo XXI.
En ese sentido, el tránsito de China de la fábrica al laboratorio no implica abandonar la industria, sino potenciarla. La fábrica no desaparece: se vuelve inteligente, automatizada y estratégica. Es precisamente esa continuidad —industria + innovación + planificación— la que explica por qué China no solo compite en volumen, sino también en complejidad, y por qué su modelo de desarrollo ha logrado convertir la escala productiva en un activo central de poder económico, tecnológico y geopolítico.
Europa cambia: del reflejo eurocéntrico al pragmatismo
Hasta hace pocos años, Europa miraba a China con una mezcla de fascinación económica y superioridad moral. Compraba, vendía y negociaba, pero al mismo tiempo repetía —con mayor o menor intensidad— el guion político y estratégico de Washington. Esa ambivalencia generó una relación incoherente: China era mercado, pero también amenaza; socio, pero también rival sistémico.
Esa etapa está mutando y un factor aceleró el proceso: el embate de Donald Trump contra Europa. La presión estadounidense sobre aliados tradicionales, el tono confrontativo y la reconfiguración del comercio global empujaron a los europeos hacia un cálculo más pragmático. El resultado se ve en la diplomacia: los principales líderes europeos vuelven a desfilar por China, buscando canales, acuerdos, inversiones y margen de maniobra.
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Xi Jinping le da a bienvenida a su par francés, Emmanuel Macron, en Pekin, en diciembre pasado.
Al mismo tiempo, la opinión pública también empieza a moverse. En un contexto de fatiga estratégica, crisis energética, estancamiento industrial y dudas sobre el liderazgo estadounidense, la ciudadanía europea muestra señales de mayor pragmatismo: China ya no aparece solo como “el otro”, sino como un actor con el que habrá que convivir. Esto importa —y mucho— para Argentina.
El giro europeo y sus implicancias para Argentina
Argentina sigue operando, en gran medida, con una matriz eurocéntrica. No solo en política exterior, sino también en el sentido común mediático: Europa como “centro cultural”, Estados Unidos como “centro estratégico” y China como actor periférico o exótico. Esa mirada ya no coincide con el mundo real.
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De Donald Trump a Javier Milei (imagen generada con inteligencia artificial).
Si Europa recalibra su relación con China —y lo hace por interés, no por simpatía— esa transformación impactará en el Sur Global, reordenando cadenas de suministro, reglas, estándares tecnológicos y flujos de inversión.
La pregunta para Argentina no es si China es buena o mala. Esa discusión, además de estéril, suele estar contaminada por prejuicios. La pregunta relevante es otra: ¿vamos a leer el mundo como es y actuar en consecuencia?
China llegó hasta aquí porque convirtió el largo plazo en política de Estado. Sus Tres Centenarios no son una curiosidad histórica, sino un método de poder. En un mundo cada vez más multipolar, la mayor debilidad argentina no es China: es la ausencia de una estrategia propia y de largo plazo frente a ella.