23|7|2022

Toda crisis es política

02 de julio de 2022

02 de julio de 2022

Guzmán renunció cuando el Presidente se ilusionaba con la economía. Sin paz interna no hay paraíso, advirtió. Los estrechos márgenes para un armisticio.

“Alberto está muy guzmanista”. Alberto Fernández estaba conforme con la muñeca con la que Martín Guzmán había logrado manejar la licitación de deuda y la “tercera corrida cambiaria” que enfrentaba su gobierno. En diálogo con un dirigente de su confianza, a mediados de la semana, había reafirmado su idea de que el ordenamiento de la economía y la recuperación de las variables provocarían un efecto derrame sobre la política, la misma hipótesis que maneja desde el año pasado.

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El jueves por la noche, Guzmán fue a verlo a Olivos. Fortalecido por los resultados recientes, el ministro le pidió una reunión para hablar sobre el futuro. Le planteó al Presidente que necesitaba “todos los instrumentos” para manejar la economía, incluida el área de Energía. En ese encuentro, le advirtió que, de lo contrario, no podría seguir al frente del ministerio. Fernández entendió que eso implicaba desplazar a los funcionarios que responden a Cristina Fernández de Kirchner. No respondió.

 

La conversación se repitió este sábado, en términos similares. Guzmán habló con el Presidente y le advirtió sobre su posible renuncia. La respuesta, esta vez, fue negativa. Horas más tarde, tal como le había advertido en privado a Fernández, publicó su decisión en su cuenta de Twitter, mientras la vicepresidenta daba un discurso en Ensenada.

 

El momento elegido fue, también, el mensaje: un disparo a Cristina por las trabas que, entiende, puso el sector alineado a la vicepresidenta en su gestión. Además, fue una señal al Presidente sobre la imposibilidad de manejar el Ministerio de Economía en medio de un caos político. En el entorno de Guzmán destacaron, además, que la elección del sábado a la tarde buscó darle tiempo a Fernández para la búsqueda del reemplazo durante el fin de semana.

 

“Que venga el que sea, pero que le dejen ordenar la economía. De esta forma, es imposible”, dijeron cerca de Guzmán, que el sábado por la noche estaba en el Palacio de Hacienda, mientras volaban las operaciones con los nombres de sus posibles reemplazantes.

 

En el gabinete casi no le quedaron aliados. Hacía tiempo que los funcionarios más cercanos al Presidente lo tenían apuntado por el número de inflación, que no cede. En diez días se conocerá el nuevo índice del INDEC y las perspectivas son negativas. Como contó Letra P, Fernández le había dado al ahora exministro un plazo de tres meses para mostrar resultados concretos en el área. Con la Secretaría de Comercio ahora a su disposición, se le habían “acabado las excusas”, decían cerca del Presidente.

 

La reunión de gabinete que encabezó el miércoles el tucumano Juan Manzur también dio malas señales. Guzmán faltó a la cita. Argumentó que tenía la agenda ocupada. En el encuentro sobrevoló una conclusión en la que hubo coincidencias: el problema del Gobierno no es la economía, es la política. Otra: no habrá ministro que pueda domar el área si la coalición no se ordena puertas adentro y respalda una línea concreta en Hacienda.

 

El sábado por la noche, Sergio Massa picaba en punta para desembarcar en Economía. El rumor corre desde hace meses, pero tomó más fuerza en las últimas semanas. Al compás de las críticas de Cristina, el presidente de la Cámara de Diputados le metió presión a Fernández para que hiciera cambios contundentes en el gabinete.

 

En el Frente de Todos (FdT) sobrevuelan sensaciones ambiguas sobre el líder del Frente Renovador. Se dice que las versiones sobre Massa obedecen a que el tigrense presiona para desembarcar en el Ejecutivo porque se le agota el tiempo para armar su candidatura presidencial para 2023. La Cámara de Diputados es un trampolín fallido hacia la Casa Rosada. Se habla, también, de las desconfianzas de Fernández y de cómo se desdibujaría su figura con Massa en el gabinete. Se pregunta, además, si Cristina confía en él lo suficiente como para ofrendarle el ministerio. “El año pasado, ella tampoco quiso que Sergio fuera el gabinete”, dicen cerca del Presidente sobre los cambios que se sellaron tras la derrota de las primarias.

 

Aquel recambio de 2021 se cocinó en una mesa de negociaciones de la que formaban parte Máximo Kirchner y Wado de Pedro, por el cristinismo, Massa y el canciller Santiago Cafiero, pero esas relaciones entre bandos hoy están quebradas. El vínculo entre Fernández y Cristina es nulo y Kirchner dejó de cumplir el rol de articulador entre ambos que tenía hasta que renunció a la presidencia del bloque de Diputados, en febrero.

 

La decisión sobre el reemplazo de Guzmán quedará en manos de Fernández, pero su margen de acción es ínfimo. El Presidente sabe que, para sostener el Gobierno, deberá nombrar a una figura que tenga el aval de Cristina, como ocurrió con el desembarco de Daniel Scioli en el Ministerio de Desarrollo Productivo y con Jorge Ferrarresi en Desarrollo Territorial y Hábitat.

 

Fue apenas hace un mes, cuando el primer mandatario debió pedirle la renuncia a Matías Kulfas tras un cruce con Cristina. La vicepresidenta lo tenía apuntado tanto como a Guzmán. En su lista quedan todavía Claudio Moroni (Trabajo) y el titular del Banco Central, Miguel Pesce. Cristina cree que, si el peronismo quiere llegar con chances a 2023, hay que acelerar los cambios. De lo contrario, no hay futuro.

 

Con su salida, Guzmán se suma a la lista de funcionarios que salieron eyectados del Gobierno tras las críticas de la vicepresidenta. Todos respondían a Fernández. La nómina empezó con María Eugenia Bielsa (Desarrollo Territorial) y siguió con el vocero Juan Pablo Biondi, Marcela Losardo (Justicia), Sabina Frederic (Seguridad) y Kulfas. Cafiero fue desplazado de la Jefatura de Gabinete a Cancillería.

 

Cristina lo dio a entender en público varias veces y sus interlocutores lo dicen en privado: fue ella quien hizo presidente a Fernández y le dio libertad para armar su equipo, pero él se tomó atribuciones que no le correspondían. Designó críticos acérrimos del cristinismo, casi como un desafío personal, nunca consultó a Cristina para tomar decisiones y se dedicó a operar en su contra y a tratar de neutralizarla. El enojo comenzó el primer año de gobierno, fue escalando y llegó a un punto de no retorno en la relación. La rabia se reaviva cada vez que Fernández hace un atisbo de independencia o coquetea con la reelección.

 

El último amague de tregua se vivió el miércoles, cuando Fernández viajó a Jujuy a ver a Milagro Sala. Andrés Larroque tendió un puente cuando celebró la visita del Presidente, vía Twitter. La concordia duró pocas horas. Al día siguiente, el propio Larroque dijo, en diálogo con El Destape, que “la fase moderada del Gobierno está agotada” e instaló la posible candidatura de Cristina. Al Presidente le cayó como un balde de agua fría. Supusieron, en su entorno, que el tuit de Larroque había sido espontáneo y la salida radial, una orden de Máximo Kirchner.

 

El día anterior, Fernández había respondido en C5N una consulta sobre el escenario electoral de 2023. De ese diálogo quedó que el Presidente había ratificado su candidatura. La situación fue confusa. La pregunta sobre la reelección quedó enganchada de una anterior, sobre la ratificación de las PASO en el FdT. Fernández mezcló las respuestas. En su entorno se encargaron de aclarar que se había referido afirmativamente al mecanismo de las primarias y no a su candidatura. Ya era tarde.

 

El sábado, en Ensenada, la militancia coreaba “Cristina presidenta”. En paralelo, Guzmán presentaba su renuncia. Por la noche, el Presidente convocaba a una reunión urgente a Olivos para discutir si existe una última carta que pueda ordenar al FdT para llegar vivo a 2023.