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El ex gobernador no se tomó vacaciones y mantiene una activa agenda política en Rosario. Esquiva los embistes del peronismo y calcula que las denuncias sobre la gestión anterior "se agotan".

Por 08/01/2020 13:54

Los dardos del peronismo que volvió a gobernar Santa Fe tienen un único destinatario: el exgobernador Miguel Lifschitz, el único socialista de peso que quedó en pie en la provincia. Recluido casi en el anonimato, el antecesor de Omar Perotti guarda un férreo silenzio stampa. “Me están buscando, me torean para que salga, pero no me voy a prestar al juego de la chicana”, les dice una y otra vez a sus colaboradores más cercanos.

“Tierra arrasada”, denuncia el gobierno provincial. Uno a uno, los funcionarios que secundan a Perotti convocan conferencias de prensa para sacudir, con papeles y números en mano, a la administración anterior. De ese modo, insisten y apuran a la Legislatura para que trate el estado de emergencia en el que –entienden– se encuentra Santa Fe.

 

 

 En el Senado, después de quemarse con fuego amigo, Perotti encausó la cosa, pero en Diputados no pudo vencer la defensa de la bancada progresista, que le dijo sí a la reforma tributaria, pero no le convalidó la Ley de Emergencia que impulso por considerar que habilitaba “superpoderes”. El rafaelino responsabiliza a Lifschitz, pese a la mudez temporaria del exmandatario.

¿Qué es de la vida del exgobernador por estos días? ¿Dónde está? ¿Tiene agenda política? Lifschitz dio su última entrevista en medios el 1 de diciembre, al diario La Capital. Van casi cuarenta días de silencio y no tiene apuro en revertirlo. Será todo lo protocolar que requiere el cargo desde la presidencia de la Cámara de Diputados, pero jugará políticamente por otro lado.

 Su base es La Usina Social, el espacio que lanzó en Rosario pocos días después de haber abandonado la Casa Gris. No se fue de vacaciones, mantiene una agenda cargada a través de reuniones con “referentes sociales”, empresarios, emprendedores culturales. Mucho encuentro con actores y actrices que no juegan dentro de lo partidario.

 

 

Si bien no es la principal razón, dice que su silencio descansa en el papel preponderante que adquirió el interbloque del Frente Progresista en Diputados. Está muy a gusto con el rol que tomaron los socialistas Joaquín Blanco y Pablo Farías y el radical Maximiliano Pullaro, una suerte de voceros de la gestión anterior. Y cree, pese a la rosca que inició el perottismo, que no hay margen para una ruptura entre radicales y socialistas.

Lifschitz calcula que la andanada de denuncias verbales del peronismo “se agota a la brevedad”. Cuando entre la discusión por paritarias con el mundo gremial, la agenda actual “se cae por su propio peso”, entiende. “Al operativo apocalipsis que planteó Perotti le faltó sustancia en la realidad”, grafica a Letra P uno de sus allegados más cercanos.

 

 

Por el momento, piensa Lifschitz, Perotti pretende “ganar tiempo”. El rafaelino necesita, a juicio del rosarino, lograr que la “la mezcla de distintas tribus” del peronismo que habita al interior de cada ministerio santafesino se ponga en marcha, se conozca y acomode para, luego, pasar al plano de la gestión.

El único dardo que lo sacó del mutis por el foro fue el que le propinó el ministro de Seguridad Marcelo Saín, ex asesor frentista, quien dijo la semana que, en el escrache que sufrió la casa de Perotti en Rafaela, “había militantes del socialismo". "Lifschitz y (Rubén) Galassi deberán responder qué hacían ahí sus militantes”, afirmó el funcionario.

Solo en ese caso Lifschitz no se quedó quieto y le pidió este martes al Ministerio Público de la Acusación (MPA) que cite a declarar al ministro para que presente pruebas sobre la acusación. “Si el ministro plantea que el presidente de la Cámara de Diputados mandó a escrachar al gobernador es un escándalo”, dimensionó uno de los integrantes de su mesa chica.