La huelga tuvo un alto grado de acatamiento, pero no frenó la aprobación de la reforma laboral. La "des-sindicalización" del peronismo. Qué dice la CGT.
El jueves, las centrales sindicales hicieron a su cuarto paro general en la eraJavier Milei. A diferencia de los anteriores, que no habían tenido tanto consenso, esta vez la medida tuvo un altísimo grado de acatamiento. Sin embargo, no consiguió torcer el rumbo del Congreso. En la Cámara de Diputados, el Gobierno juntó los votos necesarios para aprobar la reforma laboral, con ayuda de dirigentes del PRO, radicales y peronistas.
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¿Por qué un paro general contundente no logró frenar el cambio? ¿La herramienta perdió su capacidad de presión o devino obsoleta? ¿La convocatoria se hizo tarde? Un entramado de factores históricos explica por qué la clase trabajadora no logra ganarle la batalla al Gobierno, pero tampoco torcer la voluntad de la dirigencia política que se erige como su representante.
“La herramienta funcionó y mostró que sigue vigente. El paro fue contundente. Lo que no funciona es que hay un sentido común corrido más a la derecha, a lo que se suma la desunión del sindicalismo. Una parte de la CGT negoció con el Gobierno y reaccionó tarde, además de que el sindicalismo no tiene la misma influencia en el peronismo que antes”, dice Sebastián Etchemendy, doctor en Ciencia Política y profesor en la Universidad Torcuato Di Tella.
Como "todos dicen" hubo negociación entre Gordos de la CGT y gobierno para la versión de la reforma laboral que se trata.
No está mal negociar. El tema es que sacás. Lo que lograron NI SIQUIERA es noventismo (perder derechos individuales, pero mantener derechos colectivos).
Hay un factor clave en el desenganche entre la dirigencia política y la sindical que se puso particularmente de manifiesto en la última pulseada. Fue ilustrativa, en ese sentido, la declaración que el tucumano Osvaldo Jaldo hizo cuando le consultaron por la medida de fuerza. “¿Después del paro qué? Nada, seguimos igual”, respondió el gobernador. El tucumano había cerrado su campaña 2025 en la sede del sindicato de Sanidad, junto al exjefe de la CGT Héctor Daer. Juró “cortarle la melena al león” Milei y no atentar contra los derechos de los trabajadores.
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Osvaldo Jaldo cerró su campaña 2025 en la sede del sindicato de Sanidad. Juró "cortarle la melena al león", Javier Milei.
Como otros dirigentes del peronismo, Jaldo había asumido el compromiso de no cruzar determinadas “líneas rojas” que le pegaban directamente al modelo sindical diseñado por Juan Domingo Péron. “Muchachos, entiendan que nosotros tenemos que negociar algunas cosas”, avisó Jaldo en la previa. Algo similar dijeron el salteño Gustavo Sáenz, el catamarqueño Raúl Jalil y el cordobés Martín Llaryora, pero prometieron no afectar determinadas cuestiones medulares.
Los compromisos incluían no romper el esquema de negociación por rama o sector, no afectar el derecho de huelga ni la protección de los representantes sindicales en los lugares de trabajo, además de preservar los aportes solidarios y a las obras sociales. Solamente estos dos últimos elementos quedaron en pie. El resto fue arrasado por la reforma. Ni siquiera se preservó el derecho a huelga, que tiene rango constitucional.
“Es el peor ataque que recibimos en la historia desde que existen las leyes laborales. Rompe la negociación colectiva y, directamente, el modelo sindical de Perón”, apunta un dirigente de la CGT. ¿Por qué un dirigente peronista querría arrasar con la que era, hasta ahora, la columna vertebral de su movimiento?
Etchemendy señala que la situación actual muestra, como nunca antes, “la des-sindicalización del peronismo”. “Esto está pasando desde hace mucho tiempo. En el kirchnerismo hubo una recuperación de la potencia económica del sindicalismo, pero no de su presencia política. El movimiento obrero perdió lugar frente al territorio”, dice el investigador.
En 2011, la falta de presencia gremial en las listas y el reclamo por el histórico 33 por ciento fue uno de los disparadores de la pelea entre Cristina Fernández de Kirchner y Hugo Moyano. El camionero renunció entonces al PJ, dijo que era “una cáscara vacía” que estaba “falto de peronismo”. “Pedimos lo que nos corresponde a los trabajadores por derecho propio, porque somos la columna vertebral del movimiento justicialista: necesitamos el 33 por ciento dentro de la lista de candidatos para que no se hagan leyes antiobreras”, dijo la conducción de la CGT –conformada por Juan Carlos Schmid, Omar Plaini y Omar Maturano– en la previa de las elecciones. No sucedió.
“La herramienta de protesta es insuficiente si no hay acompañamiento de parte de la política. Hay una gran cantidad de representantes políticos, como gobernadores y legisladores, que corrompieron el mandato popular”, dice a Letra P el dirigente Jorge Sola, uno de los integrantes del triunvirato de conducción de la central sindical. Sola remarca que “la CGT es la única organización social que representa el peronismo capaz de establecer una medida de fuerza como un paro y que se lleve adelante”, pero explica que el movimiento obrero tiene un enorme problema desde que fue “corrido del armado de las listas”.
Otro dirigente de la CGT recuerda que “en otro momento los paros generales tenían acompañamiento de la política. (Saúl) Ubaldini tenía atrás al PJ, los intendentes, había orgánica de los gremios, ninguno se podía cortar solo. Las organizaciones acompañaban en la calle y en el Congreso”. Ahora, el vínculo está quebrado. Esa inercia parece querer cambiar Axel Kicillof con su decisión de ofrecer lugares en la lista de la provincia de Buenos Aires para representantes gremiales y de pedirles a los sindicatos que fueran ellos los que definieran los nombres. Así fue como la CGT nominó a Hugo Moyano hijo como candidato a diputado.
Los límites del paro general
“La huelga general como herramienta sigue siendo válida. El paro del jueves fue muy importante, aun con muchos problemas y debilidades en comparación con otras etapas históricas”, dice Luis Campos, investigador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA – Autónoma.
Las debilidades, explica Campos, tienen origen en diferentes factores coyunturales. El primero es la informalidad laboral. Según la última Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, el trabajo informal alcanza al 44,2% del total de trabajadores ocupados. Esto representa a casi seis millones de personas. La huelga, en principio, convoca solo a los asalariados informales.
1. En noviembre siguió la destrucción creativa (¡?) del empleo formal. Por hora la fase de destrucción avanza sin pausa. Hay 294.384 trabajadores registrados menos que en noviembre de 2023, la gran mayoría provenientes del sector privado (SIPA). Hilo pic.twitter.com/D5SCtym22t
A eso se suman otros elementos de la vida moderna. Por ejemplo, porque el transporte público puede ser suplido por otras modalidades, como los autos de aplicación, que hace unos años no existían. Por último, desde el corazón del sindicalismo admiten que también incide el miedo que tienen los trabajadores a perder su trabajo, y la eficacia de las amenazas como el descuento del día u otras represalias.
Además, pesan los problemas de representación de muchos líderes sindicales y la falta de compromiso con la causa gremial, que puede convertir un llamado a huelga en un desastre político, en caso de bajo acatamiento. Sin embargo, a las 10 de la mañana del jueves, la postal que vio el mundo fue la de las calles desoladas. Ayudó, para eso, que el Gobierno se pasara de rosca con el artículo sobre las licencias por enfermedad, y que el cierre de FATE visibilizara la magnitud de la crisis de empleo. En términos gremiales, la huelga fue un éxito.
“No deja de ser una muestra de fortaleza cuando se ve que estás en condiciones de parar gran parte del aparato productivo. Lo del jueves hasta superó las expectativas. Mucha gente se movilizó a pesar de las conducciones sindicales. No es un dato menor que se le haya hecho un paro general a un Gobierno que está muy fuerte en lo político”, apunta Campos.
Con una mirada relativamente optimista, el investigador traza un paralelismo entre la huelga del jueves y la manifestación de diciembre de 2017, contra la reforma previsional de Mauricio Macri. La ley salió, pero ese día el mercado empezó a ver que el macrismo no tenía el apoyo social que vendía, según le admitió a Letra P un exfuncionario de Cambiemos. El descontento de la calle marcó el principio del fin.
La transformación profunda del gobierno de Javier Milei
“El poder económico tomó la decisión de ir a fondo. Ve una ventana de oportunidad para hacer reformas estructurales que no habían podido hacer antes. Como saben que esa ventana no va a estar abierta por siempre, buscan cristalizar jurídicamente cambios que después sean muy difíciles de revertir”, dice Campos.
Mientras tanto, la CGT diseña un esquema de contención para la ley que está por sancionarse. Proyecta pelea judicial y diferentes protestas sin llegar a una nueva huelga, para no gastar la herramienta. Con los gobernadores que rompieron su palabra no hubo más comunicación. En la central obrera dicen que "tienen mucho que explicar".
Para Sola, “la solución es política”. “Hay que ayudar a armar un contexto político que acompañe el reclamo gremial, rearmar el peronismo, construir sobre los escombros. Ayudar a la creación de liderazgos un poco más horizontalizados, que tengan una mirada menos dogmática. Con el peronismo no alcanza, va a haber que sumar otros sectores. En esta nueva etapa, el movimiento obrero tiene que estar sentado en la misma calidad de opinión que el resto de los líderes”, apunta el triunviro. Cuando el mileísmo haya pasado se verá qué quedó en pie.