22|10|2021

Cuentan los votos: ¿Quién gana hoy?

11 de septiembre de 2021

11 de septiembre de 2021

La guerra de interpretaciones para imponer la posverdad de las urnas. Los relatos que preparan en las dos trincheras. Comparaciones odiosas: ¿2017 o 2019?  

En las horas previas a las PASO y hasta que lleguen los números del escrutinio provisorio, se abre una ventana de tiempo para la incertidumbre, casi un milagro con fecha de vencimiento. El ruido de la polarización entre audiencias redundantes pierde importancia por un rato y crece el protagonismo de las mayorías, casi siempre silenciosas, que tienen cada dos años la capacidad de generar una sorpresa en el reino de lo previsible. En la noche del domingo, habrá que contar los votos; acto seguido, vendrá la guerra de interpretaciones. Salvo que alguna de las fuerzas en pugna se imponga por una diferencia abrumadora, apenas conocido el resultado de las elecciones comenzará la disputa por quién ganó y quién perdió.

 

Para Federico Aurelio, el director de la consultora Aresco, la clave estará, precisamente, en la pelea por imponer una interpretación dominante después de las primarias. Si, como estima la mayor parte de los sondeos, el Gobierno consigue la victoria en la provincia de Buenos Aires, se discutirá si fue por mucho o si fue por poco en relación a una serie de parámetros muy distintos. La oposición va a comparar con 2019, cuando agonizaba el experimento del macrismo y el Frente de Todos arrasó con la fuerza de la novedad. El oficialismo, en cambio, prefiere medir fuerzas con aquel 2017, el escenario que mostraba a un peronismo dividido en tres facciones y a un Cambiemos que ganaba en casi todos lados

 

Comunicar es ganar

“El Gobierno tendrá que poner su inteligencia para generar un impacto positivo a partir del resultado. El mismo resultado se puede vender de una manera u otra”, dice Aurelio. Sobran ejemplos. En 2009, Francisco De Narváez le ganó por dos puntos a la lista que encabezaba Néstor Kirchner en la provincia y, pese a que la diferencia fue exigua, el kirchnerismo lo vivió como una derrota de magnitud, que lo obligaba a replantearse su futuro. El Gobierno venía de perder el conflicto por la resolución 125 y la oposición comenzaba a lastimar al Frente para la Victoria en todos los frentes. Esa derrota desencadenó un proceso que incluyó la muerte de Kirchner, el crecimiento vigoroso de la economía y el aumento de los salarios en dólares y terminó primero en el excepcional 54% para Cristina Fernández y, después, en el control de cambios y el agotamiento del modelo kirchnerista. 

 

Más cerca en el tiempo, Cambiemos perdió en la provincia de Buenos Aires con la propia Cristina en las PASO de 2017, pero la lectura predominante de los comicios derivó en que, dos meses después, Esteban Bullrich le ganara a la vicepresidenta en las generales. Paradoja adicional: cuando se presumía que estaba en su mejor momento y promocionaba con ínfulas el reformismo permanente, el expresidente estaba, en realidad, en el principio del fin de su aventura de gobierno. 

 

Después de dos años de gestión marcados por la pandemia, la herencia y los errores propios, en el Frente de Todos, saben que reeditar el triunfo apabullante de 2019 ante el espacio que lideraba Macri será imposible y esperan un resultado más parecido al de 2017, aunque con el plus de que el Frente Renovador hoy está aliado al peronismo kirchnerista y sus votos se suman.

 

Es seguro que la oposición buscará comparar el veredicto de las urnas con las PASO de las presidenciales de hace dos años, cuando Axel Kicillof arrasó en la provincia de Buenos Aires y los Fernández a nivel nacional. En relación a esa victoria, que se redujo en forma considerable en las generales, todo tendrá gusto a derrota para el oficialismo. Esa será la lectura dominante en el Circulo Rojo y las empresas de comunicación que militaron fuerte por la epopeya de Macri en el Gobierno.

 

La Casa Rosada ya se encarga de remarcar que la comparación correcta es con las legislativas de hace cuatro años y con la performance de las fuerzas de gobierno en tiempo de pandemia, cuando la mayor parte de los oficialismos perdieron los comicios. Si el Frente de Todos consigue comunicar con claridad y convencer a una parte del electorado acerca de que el resultado de las PASO es un nuevo crédito para una fuerza que tuvo que lidiar con un contexto colmado de dificultades, septiembre puede ser un trampolín para una victoria más amplia en noviembre, tal como lo fueron para Cambiemos las PASO 2017. Sin embargo, se sabe, por la fuerza de sus oponentes y la falta de precisión en sus objetivos, el peronismo de los Fernández tiene, desde hace rato, perdida la batalla comunicacional. ¿Es posible revertir ese saldo desfavorable? 

 

Interpretar es ganar

Aun con las postales de unidad que generó la campaña, el resultado también puede llevar a un reordenamiento interno en el Frente de Todos. Alberto Fernández y sus funcionarios más leales vienen desde hace meses con la idea de que el país se encuentra frente a un plebiscito de su gestión. Las imágenes del cumpleaños de Fabiola Yañez en la residencia de Olivos arruinaron el prematuro operativo reelección que surgía de las usinas albertistas. Sin embargo, el Presidente y sus colaboradores ya dejaron en claro cuál es su unidad de medida: ganar por un voto es ganar, dicen, más aún en las actuales circunstancias; bilardismo electoral para un Alberto que hoy está al frente del tercer ensayo kirchnerista de gobierno y compara con el ciclo iniciado en 2003. De ahí surge la consigna de que un triunfo en la legislativas romperá el maleficio de 16 años y tres elecciones de medio término (2009-2013-2017) en las que el peronismo kirchnerista mordió el polvo en su territorio blindado.

 

No obstante, así como la derrota no tiene padres, a la victoria le nacerán parientes en forma inmediata. Si los Fernández ganan, ¿quién es el responsable de ese triunfo? La cuenta va a ser muy fina y el cristinismo quiere ver cuánto suma el PJ no K a la base irreductible de la feligresía kirchnerista.

 

Para Horacio Rodríguez Larreta, también habrá un balance en dos tiempos. Si se confirman las victorias de Diego Santilli y María Eugenia Vidal sobre Facundo Manes y Ricardo López Murphy, habrá que evaluar cuál es el margen que los ailfiles del jefe de Gobierno obtienen a su favor, en cada caso. De eso dependerá la lucha interna por el liderazgo en Juntos y la pulseada con los halcones que se identifican con Macri y Patricia Bullrich. En un contexto de apatía que también se siente en los círculos de poder, el jefe de Gobierno porteño es el nombre predilecto del establishment para reemplazar al egresado del Cardenal Newman en la batalla de 2023. Quiere recibirse de jefe, pero tiene que hacer un delgado equilibrio entre su pretensión de ampliar para construir una mayoría social y su necesidad de contener al ala dura en un marco en el que florecen las opciones de ultraderecha, un racimo de extremistas liberales que buscan crecer sobre la base de los decepcionados de Juntos.

 

El balance será completo recién en noviembre, cuando culmine el turno electoral y se conozcan los resultados de la elección que vale para el Congreso. En ese momento, la alianza oficialista deberá leer el veredicto de las urnas y entender qué significa. El Kirchner 2009 y el Macri 2017 sugieren que, a veces, es mejor perder que ganar. Un triunfo mal leído puede disimular la fragilidad de una experiencia de gobierno y llevar a un desenlace adverso en las presidenciales de 2023. Para quien gane, leer un eventual éxito electoral como un cheque en blanco será el peor de los errores.