14|9|2022

10 de septiembre de 2020

10 de septiembre de 2020

El gobernador enfrentó 60 horas de máxima tensión sin el respaldo público de los intendentes. Terminó arropado por un presidente en clave paternal.

La revuelta policial le deja al gobernador Axel Kicillof ganancia en términos económicos: una montaña de plata -unos 38.000 millones de pesos que el Presidente le sacó a Horacio Rodríguez Larreta- y, con aquella, un ejército mejor pago en tiempos de arcas raquíticas y la inseguridad entre los principales reclamos instalados en la agenda mediática. Pero, también, una herida política profunda que duele más aun por quiénes empuñaron -decididamente o por error no forzado- las armas que la causaron: al puñado de agentes de La Bonaerense que desató la crisis y a los opositores que la agitaron debe sumarse una legión de dirigentes de su espacio que lo dejó a la intemperie, que jamás salió a su rescate. Los intendentes.

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La foto de unidad lograda por Alberto Fernández el miércoles por la noche en Olivos, de la que participaron 24 jefes comunales del conurbano oficialistas y opositores, evidencia, por contraste, la soledad pública en la que la máxima autoridad de la principal provincia del país transitó 60 horas de tensión, la crisis de mayor densidad en sus nueve meses de gobierno por fuera de la pandemia.

 

 

El conflicto se inició en Almirante Brown el lunes a la tarde, pero no salió de un repollo. Nadie en ese distrito gobernado por el peronista Mariano Cascallares alertó sobre lo que se venía. Nadie, tampoco, en el ministerio comandado por Sergio Berni; nadie, en los altos mandos de la Policía que de él depende. Fallaron todos los resortes, nadie encendió las luces de alarma y el conflicto estalló. Había empezado a garuar y nadie le acercaba un paraguas a Kicillof.

 

La protesta se expandió a otras ciudades, entre ellas, La Plata, y, para la noche, el gobernador ya había llamado a un comité de crisis. Fueron horas de discusiones frenéticas en la residencia de calle 6, por la que pasaron los ministros Carlos Bianco, Berni, Jesica Rey, Andrés Larroque, Pablo López y el asesor de Gobierno Santiago Pérez Teruel. No hubo más salida que incluir el aumento salarial en el promocionado plan de seguridad.

 

Esa noche, un grupo de efectivos y familiares de policías se manifestaron frente a la residencia del gobernador. Fue un reclamo lleno de violencia. Como contó este medio, el jefe del Comando de Patrullas La Plata, Juan Gallego, entró corriendo a la gobernación tras intentar dialogar con los manifestantes. Volaron piñas. “Vendepatria”, le gritaron.

 

 

 

Tenía muy claro, Kicillof, la dimensión de la tormenta que se avecinaba. En parte lo explica su premura para resolver el problema: a las 5 de la madrugada del martes, de la usina de comunicación salió la convocatoria a la prensa para la conferencia en la que Bianco y Berni anunciarían un aumento de sueldo. Pero no resultó: los uniformados siguieron ganando trincheras, desafiando a la autoridad y atravesando los márgenes de la ley que les impide manifestarse de ese modo.

 

La situación era grave y requería una respuesta institucional contundente y rápida que fortaleciera al gobernador. Estaba claro que no alcancaba con el intento de un jefe de la Bonaerense desdibujado al que sus subalternos le negaron hasta el diálogo. Se necesitaba política, se necesitaban políticos expresándose, blindando al mandatario. La crisis ameritaba mucho más que una serie de tuits de jefes comunales contados con los dedos de las manos. Julio Zamora (Tigre) fue acaso el más contundente. En un hilo de Twitter compartió su “reflexión en respaldo al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Kicillof”. Lo acompañaron Mario Secco (Ensenada), Fabián Cagliardi (Berisso), Marcos Pisano (Bolívar), Juan José Mussi (Berazategui) y Mariel Fernández (Moreno), por nombrar algunos. Los barones del conurbano, esos de gran poder territorial, se quedaron mudos. Todos. No se expresaron públicamente. No lo hicieron el martes ni el miércoles, aunque sí salieron en cadena a bancar al Presidente cuando el foco de tensión se trasladó a la Quinta Presidencial de Olivos. Llovía a cántaros y el gobernador del 52% seguía sin reparo donde guarecerse.

 

Más allá de una cuestión de escala, ¿cuál es la diferencia entre lo ocurrido en Olivos y lo que pasó en la gobernación? En ambos casos, fue una manifestación policial amenazante rodeando la sede del poder político elegido por la voluntad popular.

 

 

 

Hubo dos explicaciones a la falta de respaldo al gobernador por parte del grueso de la dirigencia peronista bonaerense. Una, en línea con lo analizado por el Partido Justicialista encabezado por José Luis Gioja, que demoró una manifestación orgánica para “evitar subirle el precio” a la protesta; otra, vinculada a evitar problemas con las fuerzas de seguridad en sus pagos chicos, con las que tienen que convivir a diario.

 

Evitar respaldar públicamente a Kicillof con el argumento de ahorrarse un divorcio con los agentes en sus terruños parece una mirada demasiado pequeña para el tamaño del problema. Al menos, parece haberlo sido para los intendentes que sí salieron a bancar al mandatario mucho antes de que la tensión se trasladara a Olivos, cuando, montada a la versión nacional del defendamos la democracia y la institucionalidad, hasta la oposición más dura encarnada en Patricia Bullrich pidó bajar un cambio y respaldó a Fernández.

 

 

 

Otra explicación se encuentra en el rechazo que genera la figura del ministro de Seguridad. Berni no quiso, no pudo o no supo manejar la situación y su ropaje castrense quedó desteñido, sin poder controlar la fuerza de la que intentó adueñarse. No obstante, sin posibilidad de transformarlo en fusible, el daño alcanza al gobernador, responsable de su ministro pese a que se lo hayan impuesto.

 

Al sheriff le queda la cadena de mando rota y la esquirla en el corazón del teatro de operaciones en que convirtió a Buenos Aires, ese emplazado en Puente 12, en la populosa La Matanza, que los azules transformaron en point de la protesta.

 

Berni, esa mancha de café en la conciencia inmaculada del kirchnerismo progresista, resta y suma al mismo tiempo. Resta por el rechazo que genera hacia adentro del peronismo y suma por la consideración que le tiene una porción de la sociedad de centroderecha que votó a Cambiemos en 2015, pero quedó pedaleando en el aire con los cambios que ejecutaron Macri y Vidal.

 

Sean cuales sean las razones, el thriller político policial bonaerense de principios de semana dejó a un Kicillof fuera de foco, la imagen de un gobernador que no pudo resolver el problema y terminó arropado por el Presidente. Y quedó al desnudo, una vez más, la controvertida relación que mantiene con los jefes comunales. Acaso quepa preguntarse cuál de las partes, los unos o el otro, haya aportado más al divorcio. O, al revés, quién hizo menos para evitarlo.