27|11|2021

Los hilos que sostienen a Solá

03 de diciembre de 2020

03 de diciembre de 2020

La última gaffe. Enojo presidencial y sangre que –parece– no llegará al río. Lo que dicen de él. ¿Calienta Taiana? La decisión: no darle esa silla a Cristina.

La gestión de Felipe Solá en la Cancillería ha sido activa y, a diferencia de otras áreas del Gobierno, presenta sombras, pero también algunas luces. Es, en algún sentido, el canciller que no debió ser, dado que, con Alberto Fernández en el poder, la elección natural debería haber recaído en Jorge Argüello, amigo personal, embajador en Estados Unidos, coordinador de todas las misiones del país en Washington y, por peso propio, una suerte de canciller alternativo. Sin embargo, el veto de Cristina Kirchner a este por viejas desavenencias y la decisión del Presidente de no ceder ese puesto clave al ala izquierda del Frente de Todos lo decidieron en su momento a sentar en ese sillón a un político avezado, capaz de hacer equilibrio en la interna. Aunque Solá, con sus salidas de libreto, a esta altura colma la paciencia presidencial, ese es justamente el hilo invisible que lo sostiene en el cargo: la voluntad de Fernández de no entregarle un premio mayor a un kirchnerismo que se viene quedando con cada una de las posiciones que cambian de dueño.

 

La historia más reciente es conocida. Argüello tejió una comunicación entre el Presidente y el electo de Estados Unidos, Joseph Biden. El tema de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobrevoló ese diálogo y Solá no fue testigo presencial porque confundió el lugar de realización y, en vez de ir a la Casa Rosada, acudió a Olivos. Primer error del canciller, pero, aunque cueste creerlo, acaso no sea de su entera responsabilidad: el Gobierno es desprolijo a la hora de invitar a funcionarios de las áreas involucradas en sus eventos y no es extraño que ocurra que al jefe de Estado se le ocurra preguntar, ya en medio de la actividad, “dónde está fulano”.

 

 

Luego, Solá se informó del contenido de la charla y sorprendió al declarar en Radio con Vos que “el presidente Fernández le pidió dos o tres cosas en forma medio general, pero muy importantes para la Argentina. Una es el visto bueno, la ayuda, la buena fe, la buena voluntad, del director de Estados Unidos en el Fondo Monetario Internacional. Porque actualmente no estamos teniendo mucha suerte en ese sentido con el director que (Biden) tendrá que cambiar después del 20 de enero (fecha de su asunción) . El gobierno que se va no está teniendo las mejores actitudes, en ese sentido, en el Fondo. Y el presidente Biden le dijo que él iba tratar de liberar, de saldar, esa es la palabra que usó, los problemas financieros de América Latina”.

 

La referencia resultó imprudente porque el cambio de director ante el FMI no es tan automático como el relevo en la Casa Blanca y es posible que la Argentina deba seguir lidiando con Mark Rosen durante toda la renegociación de la deuda de 44.000 millones de dólares contraída en el Stand-by caído. A casi un año de gestión, el canciller sigue sin comprender ciertos códigos del oficio.

 

Parte de la prensa aseguró que Solá directamente inventó lo que dijo. En el Gobierno afirman que Fernández no le dijo tal cosa a Biden, pero cabe consignar que, desde hace meses, cada vez con mayor claridad, voces oficiales en off afirman que la vieja cooperación de la administración de Donald Trump, responsable política de aquella megadonación de campaña a Mauricio Macri, ya no coopera como antes. Así, quedan flotando dos dudas: ¿fue imaginación o infidencia?; ¿cuál es, entre esos dos, el pecado mayor para un diplomático?

 

Rosen le hizo llegar al Gobierno su indignación y, necesitado de no malquistarse con él, el ministro de Economía, Martín Guzmán, le dedicó un gesto doble: negó, con prudencia, que Fernández haya pedido su cabeza y, al día siguiente, armó con aquel una videoconferencia destinada, más que a trabajar, a enviar la foto a la prensa.

 

 

Martín Guzmán y Sergio Chodos, representante ante el FMI, durante la reunión virtual con el director de EE.UU. ante el organismo, Mark Rosen.

 

 

Con sus declaraciones, Solá le arruinó un buen día a su jefe, que, además de Biden, había logrado perforar el hielo grueso que lo separaba de Jair Bolsonaro y anunciado el plan para apurar la extracción de gas de Vaca Muerta.

 

 

 

Tras la gaffe, en el entorno de Fernández se dijeron muchas cosas del ministro de Relaciones Exteriores. “No entiende que el que comunica es el Presidente”, fue una de ellas, especialmente en una actividad como el diálogo con Biden, que involucró personalmente al mandatario. Eso reflotó una imputación vieja: que Solá fue el primer ministro que, en los albores de la actual administración, dio una entrevista en momentos en que Fernández quería concentrar el protagonismo.

 

“No juega para el Gobierno, juega para sí mismo”, se escuchó también. “Se corta solo” y “no puede manejar su ego” fueron otras frases que le dedicaron.

 

Con todo, Fernández ya aclaró que no se deshará de su colaborador, al menos en lo inmediato, de modo de no alterar los equilibrios dentro del gabinete. El futuro, se sabe, es un albur.

 

Por ahora lo desautorizó, pero no lo defenestró para no abrirle la puerta del Palacio San Martín a una Cristina Kirchner que se vale de cada salida de los “funcionarios que no funcionan” para ampliar la participación de su sector en el elenco oficial. Si cediera a esos avances, un nombre potable podría ser el de Jorge Taiana, aunque este nunca se anotó en la carrera. Si abriera la sucesión pero entregara la cartera a un incondicional, podría recurrir a Eduardo Valdés o al propio Argüello, si Cristina le diera un indulto. Sin embargo, esas versiones de palacio no pasan hoy del estatus de hipótesis.

 

Pese a eso y a la tensión entre ambos, los dos Fernández coinciden en tener a Solá en la mira.

 

El problema es que el hombre no deja de acumular reyertas. Aún se recuerda en el Gobierno cuando, a fines de abril, anunció que el país se retiraría de todas las negociaciones de libre comercio encaradas por el Mercosur debido a su sesgo excesivamente liberalizante. Casi de inmediato, Fernández salió a aclarar interpretaciones –excesivas para lo que Solá había señalado, pero que él debió prever– y asegurar que el país no saldría del bloque y que la amenaza fue solo un modo de lanzar un llamado de atención a los socios para mezclar las cartas y repartirlas de nuevo. El canciller, entonces, volvió sobre lo dicho.

 

Otro caso fue el voto favorable a la condena a Venezuela en la ONU por violaciones a los derechos humanos: esa decisión, que hirió severamente al Frente de Todos, bajó desde Presidencia.

 

Gobernador exitoso de la provincia de Buenos Aires entre 2002 y 2007 y hombre de trayectoria política zigzagueante, pero nunca alejada de la pertenencia peronista, Solá puede mostrar también resultados interesantes, entre los que se destacan su contribución al acercamiento con el Brasil de Bolsonaro y el trabajo hecho para la promoción de exportaciones, la tarea primordial que le encargó Fernández al designarlo. También, la repatriación de 204 mil argentinos varados en el exterior en el comienzo de la pandemia, cifra sin parangón en la región. Asimismo, en la Cancillería se arrogan los resultados de la gira que el mandatario realizó en febrero por Europa y su rol de articulador de un espacio de diálogo con el Complejo Agroindustrial.

 

El crédito, con todo, se le agota. No hay más espacio para nuevas salidas de libreto.