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El bendecido

Los gerentes de Bergoglio en la Argentina optaron por el candidato electo Fernández, el mesías que esperaba Francisco. Aborto, financiamiento y la voluntad divina de salvar las diferencias.
Por 22/08/2019 16:31

En plena temporada de garrochistas, conversos y panqueques, el encuentro se distinguió por la sobriedad y el hermetismo. Embajador principal de Francisco en Argentina, los movimientos de monseñor Oscar Ojea no responden a los resultados de las PASO: hacía mucho tiempo que quería ver a Alberto Fernández, el candidato de la oposición panperonista. Lo esperaba el 3 de junio pasado en la sede del Episcopado, de Suipacha al 1.000, pero ese día no pudo ser. El compañero de fórmula de Cristina Kirchner debió internarse en el Sanatorio Otamendi por una “inflamación pleural”. La fecha no era casual: el presidente del Episcopado iba a recibir la visita de Rogelio Frigerio y prefería mostrarse equidistante en la antesala de unos comicios en los que el Círculo Rojo había apostado todo a un Mauricio Macri ganador.

A uno y otro lado se guardan los detalles y dicen lo mismo: las coincidencias entre Fernández y los delegados de Bergoglio son mucho más grandes que las diferencias. 

En la reunión del martes último, Ojea estuvo acompañado con el cardenal Mario Poli, el sucesor de Jorge Bergoglio en Buenos Aires, y el obispo Carlos Malfa. Fernández asistió con Santiago Cafiero, heredero de una tradición familiar que une al peronismo con la Iglesia. En San Isidro, donde vivían los Cafiero, el cura era obispo y atendía como jefe de Cáritas. A uno y otro lado se guardan los detalles y dicen lo mismo: las coincidencias son mucho más grandes que las diferencias y pueden ser claves para el inicio de un eventual gobierno de los Fernández.

Más allá de la foto y el documento de ocasión que difundió la Curia, los puentes permanentes sobran y el peronismo jesuita pesa. Tres hombres sostienen una correspondencia permanente: el ex secretario de Culto Guillermo Oliveri, el ex ministro Julián Domínguez y el profesor Aldo Carreras, veterano del PJ que conoce a Bergoglio desde los inicios de Guardia de Hierro. En 2017, Carreras le trajó a Ojea desde Roma la noticia de que había sido designado presidente del Episcopado.

Con perfil bajo y formas moderadas, Ojea encarna la conducción de una Iglesia moldeada por el papa y muestra una inclinación clara en rechazo al ajuste permanente. Como al líder jesuita que mira todo desde Roma, tiene genes que lo unen con el peronismo y le preocupa el  impacto de un rumbo económico que pega con recesión e inflación en los que están a punto de caerse del mapa. En línea con el Vaticano, su prédica tiene poco que ver con la catedral del optimismo que resiste todavía en el primer piso de la Casa Rosada.

 

Corderos de Alberto. El peronista monseñor Ojea y su tropa bergoglista. 

 

DICIEMBRE Y EL REGRESO. Sin ser católico militante ni haber conocido a Bergoglio en su faceta argentina, Fernández es el bendecido por Francisco para una nueva etapa en la que el macrismo quede atrás y el cristinismo se diluya en la territorialidad más amplia del peronismo. Como Cristina, también el papa estaba esperando que apareciera alguien que abriese una puerta distinta. Pudo haber sido José Manuel De la Sota y puede ser, desde diciembre, el empoderado. Quienes conocen a Su Santidad afirman que no es cuestión de nombres, sino de rumbos: serviría a la discusión global que intenta dar disponer de un gobierno que no lo contradijera de manera permanente en la escena doméstica. 

Más allá de la moderación y el hermetismo, todos están mirando diciembre. Cerca de Fernández ya imaginan a la Iglesia como un aliado eventual en los primeros días de un gobierno que puede arribar al poder en un mes caliente, en plena emergencia, con una avalancha de vencimientos de deuda y una crisis que pega en los sectores más humildes desde hace 16 meses.

Engranaje de la transición del duhaldismo al kirchnerismo, el candidato del Frente de Todos todavía recuerda el rol que cumplió la Mesa de Diálogo que abrió Eduardo Duhalde en 2002 con apoyo de Bergoglio. El contrato social del que habla CFK y el acuerdo entre empresarios y sindicales que pretende Alberto va a demandar una paciencia oriental y actores de peso que lo sostengan. También el neocristinista Juan Grabois puede colaborar en ese operativo. Sería el inicio de una nueva etapa en la que, el cristinismo ya lo da por hecho, Francisco se sienta finalmente con ganas de volver a su país. Falta mucho todavía, incluidos los comicios, pero los más entusiastas ya proyectan los reflectores de una película que Macri no pudo disfrutar en sus cuatro años de mandato.

 


 

MUNDOS. Aunque el mensaje oficial de la Curia habla de reunirse con todos los candidatos, será difícil -si no imposible- que Ojea tenga con Macri un gesto similar al que tuvo con Fernández camino a las elecciones de octubre. La distancia crece desde las dos orillas. Como a Jaime Durán Barba y a Marcos Peña, al candidato a presidente jamás le interesó el vínculo con una Iglesia a la que -también creyó- podía dejar en el pasado gracias al nuevo país que pensaba alumbrar. Es posible, tal vez, que el propio Frigerio retome el contacto con el Episcopado, como uno de los últimos nexos del Gobierno con el afuera. Católicas fervorosas, la sacrificada María Eugenia Vidal y la ministra Carolina Stanley pagaron con sermones públicos la “insensibilidad social” del proyecto que se abrazó al Fondo Monetario. El secretario de Culto, Alfredo Abriani, hace horas extras para sostener los puentes, pero todos lo saben: el Presidente está en otra cosa.

No es sólo un problema local. Mientras Cristina Kirchner se reunió con Francisco cinco veces en apenas dos años -dos en Roma, una en Río de Janeiro, una en Cuba y una en Paraguay-, Macri lo hizo dos veces en todo su mandato. El trato frío del jesuita incluyó una primera cita de apenas 22 minutos, una foto en la que se lo veía con el gesto pétreo y una frase que permanece todavía como emblema de la relación inviable: “Usted tiene dos hombres que se dedican a operar en mi contra desde la mañana hasta la noche”.

Preocupado por aquella definición del Santo Padre, el Presidente lo llamó por teléfono alguna vez desde Alemania, tal vez pensando en una nueva cita y le dijo: “Acá estoy con Marcos Peña y me quedé pensando en quiénes son esos dos hombres de los que me habló”. La respuesta llegó enseguida: “Ah, ya encontró a uno”. Esas historias que el profesor de Derecho Penal en la UBA conoce son las que lo convierten en el mejor candidato para una transición ordenada. 

 

Todo sigue igual. La relación entre el papa y Mauricio presidente empezó muy fría y así va a terminar.

 

DIFERENCIAS. Fernández inició su diálogo con Francisco hace nada, pero parece haber llegado en el momento justo. Tuvo que recordarlo en estos días para desmentir que el jesuita hubiera moldeado la unidad del peronismo para 2019. En enero de 2018, pensó en viajar a Chile para ser testigo de la visita del papa al otro lado de la cordillera sin pasar por la Argentina de Macri. El ex jefe de Gabinete venía de perder feo en la provincia de Buenos Aires como jefe de campaña de Florencio Randazzo y buscaba un cambio de aire. Antes de subirse a un avión, consultó a sus amigos con contactos con la Iglesia y le recomendaron escribirle para no perderse en la multitud sin lograr su objetivo. Previo aviso a Cristina Fernández, con quien se había reconciliado unos meses atrás, después de una década, Alberto lo hizo y al día siguiente, un sábado que todavía recuerda, recibió un correo electrónico de Su Santidad. El jesuita le decía que, después de su paso por Chile, iniciaba un retiro de 15 días y que lo esperaba después en Roma para una charla mano a mano, cuando él quisiera. El encuentro se concretó el 26 de enero en el Vaticano y se reiteró, en agosto de 2018, cuando el ahora candidato volvió a viajar junto al ex canciller de Lula Celso Amorim y el ex ministro chileno Carlos Ominami. Desde entonces, los contactos se intensificaron en la previa del proceso electoral y la información entre el Vaticano y el Instituto Patria se intensificó, al calor de la crisis que envolvió a Macri. En plena era de apagar viejos rencores, ahora Fernández repite que Francisco lo reconcilió con la Iglesia.

 

Agosto fecundo. El 3 de ese mes pero de 2018, Fernández y el papa empezaban a tejer la alianza.

 

SALVAR LAS DIFERENCIAS. A un lado y al otro afirman que el debate por la despenalización del aborto no será un obstáculo para una buena relación. Aunque Fernández se manifestó a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, desde la Iglesia afirman que también dejó trascender que no tiene el debate como prioridad de su gestión y que, en todo caso, habilitará la discusión de lo que define como una cuestión de salud pública.

La discusión por el financiamiento del culto católico no figura en la agenda del Frente de Todos.

Según afirman en el Episcopado, también en la Iglesia conviven dos alas, una más ultramontana y otra más abierta. Todavía recuerdan el primer documento de la Curia, de febrero de 2018, en un tono bastante más moderado al que se difundió después en pleno debate parlamentario. Titulado “Respetuosos de la vida”, afirmaba que los cristianos no querían “imponer una concepción” y planteaba estar “preparados para un diálogo sincero y profundo que pueda responder a este drama, escuchar las distintas voces y las legítimas preocupaciones que atraviesan quienes no saben cómo actuar, sin descalificaciones, violencia o agresión”. 

La discusión por el financiamiento del culto católico no figura en la agenda del Frente de Todos. Los obispos, mientras tanto, prefieren que la ofensiva antiabortista quede en manos de los evangélicos, el sector con el que mantienen una disputa permanente, beneficiado, además, por la administración Cambiemos. Por eso, todos repiten que las coincidencias son mayores. Así como la Iglesia apostó contra el endemoniado Aníbal Fernández en 2015, así también deja correr ahora el mensaje de que lo mejor sería lograr un cambio de aire y salir de una realidad asfixiante, algo similar a lo que predica este otro Fernández, el bendecido.