Javier Milei & Karina Milei: La Hermandad de la Rosada
El Presidente y El Jefe protagonizan la versión clase Z de un best-seller que fue película. Carlos Frugoni, Manuel Adorni y los beneficios de pertenecer.
Karina Milei & Javier Milei, una sociedad opaca en la Casa Rosada.
“La rosa es el símbolo del secreto y del silencio, signo de una hermandad clandestina y peligrosa”, empieza una breve reseña de La hermandad de la rosa, el best-seller de David Morrell que fue película dos veces y ahora tiene su remake clase Z, La Hermandad de la Rosada, con Javier Milei y Karina Milei en los roles principales.
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“Chris y Saul son dos huérfanos criados como hermanos. Bajo la dirección de Edgard Eliot, veterano oficial de contraespionaje en la CIA, han aprendido el arte de matar como verdaderos profesionales”, sigue la sinopsis que publica Lecturalia, una red social de literatura.
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La novela de David Morrell tiene su secuela inespecrada en la Argentina de Javier Milei.
En La Hermandad de la Rosada, los hermanos Javier y Karina, como 007, tienen licencia para matar a los infieles que ensucian al gobierno de la moral, pero, también, para proteger a los miembros de la logia, aunque luzcan sucios como papas.
Para Karina Milei, hay departamentos y departamentos
Lo demuestra, una vez más, la caída del secretario de Infraestructura, Carlos Frugoni, el funcionario del equipo de Toto Caputo -un aliado sin carné de La Hermandad- que se olvidó de declarar siete departamentos que tiene en Miami. Se equivocó y le hicieron pagar con el destierro, una medida que llegó a la velocidad de un rayo.
Mientras tanto, Manuel Adorni, ministro coordinador y vocero de la epopeya sanadora de la política que la casta supo convertir en cloaca, sobrevive en el único cargo de gabinete que tiene rango constitucional en medio de una tormenta judicial desatada por sus operaciones inmobiliarias sospechosas y sus giras turísticas de lujo pagadas en dólares vivitos y crujientes.
Manuel Adorni
Manuel Adorni, el discípulo protegido por Javier Milei y Karina Milei.
Si echaron a Frugoni, ¿por qué no echan a Adorni?, preguntó Letra P en la Casa Rosada. "Lo banca Karina", le respondieron, antes de sepultar a Frugoni en el mausoleo de los casos indefendibles y ensayar un alegato de forma en favor el jefe de Gabinete, que, prometieron, será liberado de culpa y cargo por la Justicia, que no juzga ética ni otras jactancias del honestismo destituyente.
Lule Menem & Martín Menem, los otros discípulos protegidos
Adorni no es el único discípulo de Karina protegido -en su caso, incluso canonizado como San Manuel en la Basílica de Luján- por La Hermandad de la Rosada.
El primo de Lule, Martín Menem, quedó también envuelto en nubarrones de sospecha el año pasado, cuando se supo que Tech Security SRL, una firma de seguridad privada que fundó junto a su hermano Adrián, había sido preadjudicada con un contrato de más de $3.933 millones para prestar servicios de vigilancia en los principales edificios del Banco Nación.
A este Menem lo protegen, en lo formal, los votos y los fueros que le otorga su banca de diputado, pero también lo cubre La Hermandad de la Rosada, que le sostuvo la mano para seguir conduciendo la cámara baja y para formar parte de la mesa más chica del poder libertario.
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Martín Menem & Lule Menem, la otra sociedad familiar del secretismo libertario.
Los hermanos se protegen, también, a sí mismos, involucrados personalmente en los dos mayores escándalos de corrupción producidos por este gobierno: el ya mencionado caso ANDIS, en el que Karina es señalada como destinataria del 3% de las coimas que los proveedores de medicamentos pagaban, según el relato de Spagnuolo; y el Libragate, la estafa con la criptomoneda $LIBRA que no podría haberse consumado sin los buenos oficios promocionales de Javier, el presidente que en el momento de “difundirla” se autopercibía ciudadano de a pie.
Javier Milei no se baja
La hermandad de la rosa es la primera novela de una trilogía. La Hermandad de la Rosada va a por la segunda, con el proyecto de reelección de Javier ratificado en las últimas horas por el propio candidato.
La ficción de Morrell no tiene final feliz, pero en la dimensión descosida de la Argentina de la tercera década del siglo 21 todo puede suceder, como ya ha quedado sobradamente probado por la realidad pura y dura.