Aparece como el principal rival de Milei, pero su imagen negativa supera el 50%. Ganar la interna peronista no le garantiza construir una mayoría nacional.
Axel Kicillof todavía no anunció que quiere ser presidente. Tampoco hace falta. Sus recorridas por el país, el despliegue del Movimiento Derecho al Futuro y sus intervenciones públicas muestran que está construyendo un proyecto nacional. Habla cada vez menos como dirigente provincial y cada vez más como alguien que pretende conducir el país.
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El movimiento no es menor. Como gobernador de la provincia de Buenos Aires, Kicillof conduce el distrito electoral más importante del país y cuenta con una estructura política y territorial que le permite proyectarse más allá de sus fronteras. Pero esa plataforma también tiene sus límites: administrar el principal distrito argentino no equivale a representar las demandas de un electorado nacional, mucho más heterogéneo.
Tiene una base electoral importante. Aparece como uno de los principales referentes de la oposición y empieza a ocupar un lugar en la discusión sobre la sucesión de Javier Milei. Lo que todavía no tiene es una mayoría que le permita llegar a la Presidencia.
Tres trabajos recientes permiten medir esa distancia. Proyección Consultores realizó un estudio nacional entre el 1 y el 13 de octubre, con 1.231 casos. Pulso Research publicó su Brújula Social de octubre, con 1.500 casos. Zuban Córdoba relevó la provincia de Buenos Aires entre el 28 de septiembre y el 1 de octubre, con 1.000 casos. Son universos y metodologías diferentes, que no permiten comparaciones directas, pero coinciden en señalar una misma tensión.
ELECCIONES 2027 Kicillof lidera el ranking de imagen positiva y el peronismo aventaja a Milei por tres puntos
El gobernador bonaerense obtiene un 46%, seguido por Bregman con 45,3% y Bullrich con 43%. Milei cae al 34,9%
La competitividad electoral y el límite de la imagen
Los números de Proyección muestran las dos caras del asunto. En un escenario presidencial, Milei obtiene el 37% de intención de voto y Kicillof, el 31,6%. En un eventual balotaje, la diferencia se reduce a menos de dos puntos: 41% contra 39,1%, una distancia inferior al margen de error.
Kicillof es competitivo. Pero el mismo estudio registra un 54,2% de imagen negativa para el gobernador, frente a un 34,9% de positiva. Casi veinte puntos de diferencia.
Pulso Research ofrece un resultado menos desfavorable, aunque en la misma dirección. Zuban Córdoba, en la provincia de Buenos Aires, matiza el cuadro: allí la valoración positiva supera levemente a la negativa. Ninguno de los tres trabajos permite afirmar que Kicillof tenga resuelto el apoyo que necesita fuera de su territorio.
Hay otro dato de Proyección que merece atención. Cuando la consultora pregunta por espacios políticos, el peronismo obtiene el 35,9% de intención de voto. Cuando presenta a Kicillof como candidato, alcanza el 31,6%. Las preguntas no son equivalentes, pero la diferencia abre un interrogante sobre su capacidad para representar a todo el electorado dispuesto a votar al peronismo.
Hasta acá, los datos. Lo que sigue es lo que esos datos no dicen por sí solos.
La primera dificultad de Kicillof está dentro de su propio espacio.
Cristina Fernández de Kirchner conserva una influencia considerable sobre la organización partidaria y parte de su electorado. Su situación judicial y las restricciones para competir no eliminaron su capacidad de intervenir en las decisiones políticas. El gobernador bonaerense necesita construir autonomía respecto de ese liderazgo sin provocar una fractura que debilite las posibilidades electorales del conjunto.
Kicillof deberá resolver esa disputa. Pero ganar la conducción del peronismo no equivale a construir una mayoría nacional. El riesgo es concentrar buena parte de su energía en la discusión interna y terminar hablando hacia adentro cuando necesita ampliar su convocatoria.
Las encuestas sugieren que ese liderazgo todavía no está consolidado. Una pregunta abierta sobre quién conduce la oposición reparte menciones entre Kicillof y Cristina, pero deja a casi la mitad de los consultados sin respuesta. El gobernador encabeza las menciones individuales. El liderazgo opositor, en cambio, sigue vacante.
La interna peronista no alcanza para ganar
La disputa por la conducción tiene una dimensión que excede la distribución de poder dentro del partido. También define qué identidad política buscará proyectar el peronismo para competir en 2027 y qué lugar ocuparán sus distintas tradiciones en una eventual propuesta de gobierno.
Kicillof necesita diferenciarse y construir un perfil propio, pero sin perder la estructura electoral que representa el kirchnerismo. La tensión consiste en ampliar su autonomía sin romper los vínculos que sostienen su candidatura. Es un equilibrio complejo: una ruptura podría debilitarlo, pero una dependencia excesiva de Cristina podría limitar su capacidad de interpelar a otros sectores.
La segunda dificultad es comprender a quiénes necesita convocar para ganar una elección.
Kicillof llamó a buscar a los "defraudados" por Milei. La definición tiene sentido, pero encierra una dificultad: los desencantados con el Gobierno no constituyen un electorado uniforme ni necesariamente están dispuestos a regresar al peronismo.
Cuando nos quieran convencer de que no hay salida a este modelo que hunde a las provincias y castiga a los trabajadores, hay que escuchar al pueblo.
En Jujuy y en toda la Argentina hay un mismo deseo y es devolverle a nuestro país un futuro de dignidad. pic.twitter.com/PVOwqOrU8z
Los estudios sobre el voto de rechazo confirman esa ambigüedad. Una parte del electorado aceptaría votar a un candidato que no le guste para evitar la continuidad de Milei. Otra parte haría lo mismo para impedir el regreso del peronismo. El rechazo al adversario funciona en ambas direcciones.
Kicillof podría beneficiarse del voto contra Milei. También podría convertirse en el motivo por el cual una parte del electorado termine acompañando al Presidente, incluso sin estar conforme con su gestión.
La situación económica agrega otra dimensión. Los bajos ingresos personales y familiares aparecen como la principal preocupación de los consultados. El malestar puede favorecer a la oposición. Pero cuestionar los resultados del Gobierno no equivale a respaldar cualquier alternativa.
De la crítica a Milei a una alternativa de gobierno
Su experiencia de gestión puede ser un argumento a favor de una candidatura presidencial, pero también lo expone a cuestionamientos que deberá responder.
La construcción de acuerdos políticos será otro componente de ese desafío. Una coalición no se construye solamente con fotografías o incorporando dirigentes de otros espacios. Necesita coincidencias programáticas y compromisos que puedan sostenerse después de una elección. El riesgo es que la apertura termine siendo una operación de imagen, sin modificar las definiciones que hoy generan desconfianza fuera del peronismo.
La elección presidencial de 2027 todavía está lejos. Las candidaturas no están definidas y el escenario económico puede cambiar. Las encuestas permiten identificar dificultades y oportunidades, pero no anticipar resultados.
Kicillof tiene condiciones para competir. Gobierna Buenos Aires, cuenta con una estructura política significativa y aparece como un rival competitivo frente a Milei. También enfrenta un problema de imagen que no desaparecerá por ganar una interna ni porque el Presidente acumule errores.
El rechazo al Gobierno puede darle votos. No necesariamente le dará confianza.
Para construir una mayoría tendrá que comprender por qué una parte importante de los argentinos todavía no lo considera una alternativa y ofrecer respuestas que excedan la crítica al oficialismo. Eso supone aceptar que algunas de las preguntas más incómodas también están dirigidas a su propia trayectoria política.
A Kicillof, el peronismo le discute la conducción. La otra mitad del electorado le discute algo más incómodo: su gestión. Ganar la primera discusión no le permite dar por saldada la segunda.