TRIBUNA LETRA P | KICILLOF 2027

Axel Kicillof, el candidato forzado

El peronismo va a terminar eligiendo al gobernador bonaerense como quien paga una deuda vieja: sin ganas y porque no le quedó otra.

Empecemos por el dato más incómodo. Les preguntamos a los argentinos a quién responsabilizan de que aquella Argentina -la próspera, la que tantos añoran- haya dejado de existir. El nombre más votado no fue Javier Milei, Mauricio Macri ni Cristina Kirchner: fue Juan Domingo Perón. La factura se la pasaron primero al fundador. Y quien hoy mejor encarna esa herencia, quien lleva el apellido político del peronismo como bandera, es Axel Kicillof.

Lo suyo es una paradoja con forma de trampa: nunca fue tan fuerte adentro del peronismo ni tan débil afuera. Es el dueño del boliche justo cuando el boliche está cerrando.

Dentro del PJ, Kicillof lleva la delantera: el 68,2% considera que el espacio lo necesita, frente al 18% que elige a Sergio Massa y al 13,8% que se inclina por el tándem Máximo-Cristina. En términos de identidad peronista, también aventaja a Máximo Kirchner, con el 64,3%. La pulseada con La Cámpora parece saldada, pero el triunfo tiene un límite: Kicillof es quien mejor representa al peronismo de izquierda (38,4%), el sector con menor demanda.

Ante la pregunta sobre qué peronismo necesita la Argentina, el 51,3% se inclina por uno de centro y apenas el 20,9% por uno de izquierda. Así, el gobernador lidera con comodidad en el segmento menos convocante del electorado.

El vestuario está deprimido

Cuando les preguntamos a sus propios integrantes cuál era la fortaleza irreemplazable del espacio, la respuesta más elegida, con el 48,7%, fue contundente: “Nada, no encuentro algo positivo”. El diagnóstico también alcanza al liderazgo: el 42,3% admite que, aun si Kicillof gana, no logrará definir la conducción del PJ. Y el principal temor del espacio no es Milei, sino la falta de un líder capaz de ordenar las filas, una preocupación que comparte el 32,1%. Kicillof puede imponerse en la interna, pero todavía está lejos de conducir a un peronismo que no logra ponerse de acuerdo ni sobre el rumbo a seguir.

Fuera del peronismo, los números se ponen en rojo. Kicillof registra un 69,1% de imagen negativa en la provincia de Buenos Aires y, a nivel nacional, apenas reúne un 24,9% de opiniones positivas frente a un 59,7% de negativas. Seis de cada diez bonaerenses lo consideran, sin rodeos, alguien que “no es para estos momentos”. Además, el 47,1% le atribuye la responsabilidad por el estancamiento provincial y su gestión obtiene una calificación de apenas 5,4. ¿Qué le reclama la sociedad? Que agarre la tijera: el 55,5% pide recortar estructuras militantes y el 46,8% reclama motosierra. Su propio modelo, el del Estado que todo lo resuelve, lo banca uno de cada diez. El resto le pide, amablemente, que haga lo contrario de lo que cree.

El detalle que lo desnuda es el de atributos. En eficiencia y resultados mide 4,7%; Milei, 52,3%. En seguridad y orden, 0,1%. Lo único que la gente le reconoce es sensibilidad social (40,8%). Y hasta en desarrollo -su supuesta cancha- pierde: ante la pregunta de quién debe impulsar el modelo que la Argentina necesita, Milei saca 48,4% y Kicillof 29,7%.

El obstáculo de Axel Kicillof

Con este panorama, la confrontación que debía consolidar su candidatura termina convirtiéndose en su principal obstáculo. El peronismo construyó a Kicillof como el principal antagonista de Milei, pero esa disputa ya tiene un ganador en la percepción del electorado: en un eventual balotaje, el Presidente se impondría por 54% contra 35%, mientras que el 60,95% considera que el gobernador bonaerense no puede derrotarlo. Paradójicamente, Kicillof es el rival que más interés despierta para enfrentar a Milei: la fórmula Kicillof-Bregman encabeza las preferencias con el 43,7%. Pero hay una diferencia crucial entre querer verlo competir y elegirlo para gobernar: lo prefieren como contrincante, no como presidente.

Hay un número que debería quitarle el sueño. Cuando preguntamos a qué dirigente joven jubilaría la gente de la política, el más nombrado es él, por encima de varios que le llevan décadas. Las dos sensaciones que despierta son cansancio (26,7%) y lástima (21,6%). Kicillof logró algo raro: ser viejo a los cincuenta. No por el documento, sino por la mochila que carga.

Entonces, ¿por qué el peronismo igual lo va a poner? Porque no tiene otro nombre. La renovación la puntea Gabriel Katopodis -un gestor-, no él, y el resto se reparte las sobras. El golpe de gracia lo da la propia tribu: en el ejercicio de imaginar a quién elegiría Cristina Kirchner a dedo, Kicillof sale cuarto, con 11,7%, detrás de Massa (30,6%) y Wado de Pedro (15,4%).

El peronismo, entre la nostalgia y la reconstrucción

Y acá conviene decirlo sin rodeos: no fue Perón quien llevó al peronismo hasta este punto, sino el kirchnerismo, que erosionó la identidad del movimiento y terminó dañando incluso la figura de su fundador. El deterioro es tal que hoy Perón aparece entre los responsables de que aquella Argentina próspera haya quedado atrás. El peronismo sigue hablando de una “década ganada”, pero la sociedad no conserva ese recuerdo. Lo que quedó en la memoria colectiva no es la imagen de una década de conquistas, sino la de una oportunidad perdida. Y lo que los argentinos reclaman hacia adelante es otra cosa: desarrollo, crecimiento sostenido y un país capaz de recuperar su protagonismo. Nadie quiere vivir de la nostalgia.

Perón, antes que nada, fue un pragmático: leía la época y modificaba el libreto cuando el país cambiaba. Usar su nombre para blindar una fórmula fija es lo más antiperonista que hay. El peronismo que gana es el que se adapta; el que se vuelve museo, pierde. Desde 2011 ganó una sola presidencial, la de 2019, y fue cuando Cristina se corrió a la vicepresidencia y puso a un moderado adelante. Con candidatos puros -Daniel Scioli o Massa- perdió.

Por eso, 2027 será mucho más que una elección: pondrá al peronismo frente a una disyuntiva histórica. ¿Será la última oportunidad de un movimiento aferrado a una identidad que perdió conexión con la sociedad o el punto de partida de una reconstrucción? ¿Lo viejo todavía puede funcionar o el electorado ya cerró ese capítulo? ¿Se trata del final de una etapa o de la rectificación de un rumbo condicionado por la nostalgia?

Hoy, Kicillof encarna ese dilema. Es el dirigente mejor posicionado dentro del peronismo que existe, pero su candidatura también pondrá a prueba la capacidad de ese espacio para construir una alternativa con futuro. Imbatible adentro, inviable afuera, lo van a elegir forzado, como quien se queda con el último asiento del colectivo que ya arrancó. Si será el último de una era o el primero de otra, lo dirá la urna. Nosotros, por ahora, dejamos la pregunta picando.

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