TRIBUNA LETRA P | KICILLOF 2027

Axel Kicillof no le gana a Javier Milei con los propios

Es el más competitivo del PJ, pero no le alcanza: dónde buscar los votos que le faltan. El crecimiento de Bregman y la necesidad de salir del círculo militante.

Cada encuesta que aparece sobre 2027 repite un dibujo parecido: Javier Milei gana en la primera vuelta, Axel Kicillof queda a pocos puntos y, cuando la pregunta se traslada a un balotaje, la diferencia se achica hasta volverse un empate técnico. Esa foto encierra una buena noticia y un problema para el gobernador bonaerense.

La buena noticia es que la elección está abierta. El problema es que, con lo que tiene hoy, no gana. La discusión ya no pasa por si Kicillof es el candidato del peronismo, sino por dónde tiene que ir a buscar los votos que le faltan para dar vuelta el resultado.

Hay dos lugares posibles, y no son necesariamente compatibles. Por un lado, la pecera de los desencantados de Milei: votantes que acompañaron al Presidente en 2023, que toleraron el ajuste con la expectativa de que algo cambiara en su vida cotidiana y que hoy miran el rumbo con más dudas que entusiasmo. Por el otro, las filas de la izquierda, que dejaron de ser un voto testimonial y que encontraron en Myriam Bregman una referencia que hace tiempo excede al Frente de Izquierda.

La pecera de los desencantados

El desencantado de Milei no es un votante antimileísta. Esa es la primera distinción que el peronismo tiene que entender si quiere pescar en esa pecera. Es alguien que compartió el diagnóstico de que el país necesitaba un cambio profundo, que valoró el orden de las cuentas públicas y la baja de la inflación, pero que esperaba que ese esfuerzo se tradujera en salarios, empleo y una vida menos angustiante. Las mediciones muestran que existe una franja relevante que quiere que el Presidente continúe, pero con otro equipo y con correcciones en sus políticas. Ese votante no está buscando volver al pasado; está buscando que alguien cumpla la promesa que, a su juicio, quedó a mitad de camino.

Para Kicillof, hablarle a ese sector implica un cambio de registro. No sirve el discurso de “te lo dijimos”, porque el desencantado no se siente equivocado por haber votado a Milei, sino defraudado por los resultados. Tampoco sirve la épica de la resistencia, que entusiasma al núcleo propio, pero confirma los temores de quien todavía asocia al peronismo con el desorden económico de los últimos años. Lo que ese votante necesita escuchar es que la estabilidad no está en riesgo, que no habrá un salto al vacío y que el objetivo es que el crecimiento llegue a la mesa de las familias, no desarmar todo lo hecho. La dificultad es que, para ese elector, Kicillof no es la primera puerta de salida: antes puede mirar a Patricia Bullrich, a un gobernador como Maximiliano Pullaro o, simplemente, quedarse en su casa.

La izquierda que dejó de ser testimonial

El otro reservorio es más cercano en términos ideológicos, pero no por eso más sencillo. Durante años, el Frente de Izquierda fue visto por el peronismo como un actor menor, con un techo bajo y un voto que en las segundas vueltas se dispersaba entre el blanco, la abstención y un apoyo crítico nunca explicitado. Eso empezó a cambiar, y buena parte del cambio tiene nombre propio.

Bregman construyó algo que en la política argentina escasea: credibilidad. Mide alrededor de ocho puntos en escenarios de primera vuelta y, en algunos relevamientos, exhibe el diferencial de imagen más equilibrado entre todos los dirigentes nacionales, con más valoraciones positivas que negativas. Es un dato excepcional en un contexto de desgaste generalizado de la dirigencia. Su perfil combina coherencia, una oposición frontal al Gobierno sin pasar por la lógica de la grieta tradicional y una capacidad de comunicación que conecta con generaciones que no vivieron los años dorados del kirchnerismo ni cargan con sus cuentas pendientes.

Lo que Bregman demostró es que se puede ser opositora a Milei sin quedar atrapada en la defensa del pasado. Llenó auditorios presentando un libro, discutió con la idea de que toda la juventud se había vuelto de derecha y se convirtió en una voz reconocible en la defensa de la universidad pública, de los jubilados y de los trabajadores. La lección para Kicillof es clara: ese votante no espera que el peronismo se vuelva trotskista, sino que premia una forma de hacer política basada en decir lo que se piensa y sostenerlo en el tiempo. Para que lo acompañe en un balotaje, no alcanza con agitar el miedo a Milei.

El problema de tirar de las dos puntas

La tensión es evidente. Cuanto más se corra Kicillof hacia la izquierda para retener ese voto, más lejos quedará del desencantado que pide moderación. Y cuanto más moderado se muestre para seducir al exvotante libertario, más espacio le dejará a Bregman para crecer por izquierda en la primera vuelta. Es un dilema clásico de cualquier candidato que necesita ampliar su base en dos direcciones al mismo tiempo.

Además, hay un límite que no depende de él. El Frente de Izquierda históricamente no llama a votar al peronismo en una segunda vuelta, y nada indica que vaya a cambiar esa posición. El voto de izquierda en un balotaje no se negocia con una estructura partidaria: se conquista votante por votante. La salida probablemente esté en ordenar los tiempos. En la primera vuelta, el desafío es consolidar el espacio y achicar la distancia con Milei. En la segunda vuelta, el resultado se define en la pecera de los desencantados, porque es ahí donde está el volumen que puede inclinar la balanza. El voto de izquierda funciona como condición necesaria: sin él, Kicillof no llega; con él solo, tampoco gana.

Hablarle al ciudadano, no a la militancia

Hay, además, un desafío que atraviesa a las dos peceras y que no tiene tanto que ver con qué decir, sino con a quién hablarle. Kicillof necesita dirigirse al ciudadano común y no solo a la militancia. Es una tentación comprensible para cualquier dirigente peronista: la militancia llena los actos, sostiene la presencia territorial y celebra cada definición. Pero un discurso pensado para el núcleo propio tiene un costo que no se mide en los aplausos. Cuando el electorado independiente escucha a la militancia, muchas veces percibe consignas, enemigos y una épica en la que no encuentra lugar.

Esa voz termina condicionando la imagen del candidato ante quienes todavía no lo eligen y lo empuja hacia los extremos justo cuando necesita ampliar su base. El desencantado de Milei encuentra allí la confirmación de sus temores a volver al pasado, mientras que el votante de izquierda puede ver a una dirigencia más preocupada por su interna que por los problemas cotidianos. Kicillof necesita construir una voz propia, capaz de hablar de salarios, seguridad, educación y futuro en un lenguaje que interpele a quienes no militan, no participan de la discusión política y, muchas veces, deciden su voto en las últimas semanas de campaña.

Una candidatura que necesita futuro

La pregunta de fondo es si Kicillof puede construir un mensaje que le hable a los dos sin traicionar a ninguno. Puede hacerlo si deja de discutir el pasado y empieza a discutir el futuro. El desencantado necesita garantías de orden y una promesa creíble de mejora. El votante de izquierda necesita señales de autenticidad y de compromiso con los sectores más golpeados. Lo que tienen en común es que ninguno de los dos quiere volver a 2019.

Bregman ya mostró que una oposición coherente puede ganar respeto incluso fuera de su propio electorado. Milei, por su parte, sigue conservando centralidad, aunque su imagen se haya desgastado. Entre los dos, Kicillof tiene el desafío de convertirse en algo más que el candidato del peronismo: en la opción que convenza a quienes hoy no lo eligen. La elección de 2027 todavía no tiene candidaturas cerradas, pero ya empezó a definirse en un lugar preciso, el de los votos que nadie tiene asegurados.

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La encrucijada del peronismo rumbo a 2027

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