29|6|2022

Colombia: entre violencia y hartazgo social, la izquierda busca hacer historia

18 de mayo de 2022

18 de mayo de 2022

El exguerrillero Gustavo Petro lidera una fórmula con química ciudadana que se acerca al poder. El temor por la sangre derramada y el posible impacto regional.

En la historia moderna de Colombia, la izquierda nunca estuvo tan cerca de llegar a la presidencia como la dupla de Gustavo Petro y Francia Márquez por la alianza del Pacto Histórico, que el 29 de mayo buscará hacer historia. Ante un establishment que cierra filas, una violencia que recuerda las peores épocas del país y una sociedad que demanda cambios estructurales, un exguerrillero al que le gusta cerrar sus discursos con citas de Gabriel García Márquez y una lidereza afrodescendiente defensora del medio ambiente prometen modificar el modelo económico, humanizar las relaciones del Estado con la ciudadanía y reconfigurar el rol regional del país. 

 

Si la dupla progresista tiene tantas probabilidades de ganar es, en parte, gracias al estallido social de 2019, que inició como una protesta contra una reforma impositiva regresiva del presidente Iván Duque y terminó cuestionando las bases del modelo neoliberal dominante en el país desde su independencia. El escenario es similar al chileno, que salió a la calles ante el aumento del transporte público y finalizó escribiendo una nueva Constitución. El próximo 7 de agosto, Petro buscará imitar al flamante mandatario chileno, Gabriel Boric, a quien visitó en el Palacio de la Moneda, y ser el presidente más progresista de la historia nacional. 

 

En diálogo con Letra P, la profesora de Ciencia Política de la Universidad de Rosario Sandra Botero aseguró que esta oportunidad se debe a una “combinación de factores”, entre los que detalló la experiencia desarrollada por Petro en sus pasadas campañas, que le permitieron alcanzar “una mayor proyección” luego de “moderar sus posturas”; el proceso de paz alcanzado con las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016, lo que “habilitó el surgimiento de otras preocupaciones electorales que no fueran el conflicto armado”, y “el desastroso” gobierno de Duque", que provocó un descontento social que habilita a la población a querer “patear el tablero y meter el cambio”. “Las protestas no fueron causadas ni lideradas por Petro, pero es el candidato que mejor analiza y entiende ese descontento”, analizó y agregó: “La gente está muy cabreada y, ante la ineptitud del gobierno, hay un candidato que tiene un discurso preparado sobre la necesidad de cambios. Ahí hay un espacio para que la gente canalice su enojo”. 

 

En su camino a la Casa de Nariño, Petro deberá enfrentar dos grandes desafíos. El primero, la oposición abroquelada y unificada del establishment político y económico, que lo ve como una “amenaza castrochavista”. El sector privado, por ejemplo, mostró su influencia en la carta que las autoridades de Colanta, la cooperativa lechera más importante del sector, les envió a sus proveedores para llamarlos a “participar en un acto de supervivencia votando por el orden y las oportunidades” ante el “cambio presidencial decisivo” que vive el país. La derecha también se unió. Al día siguiente de los comicios legislativos de marzo, que ganó Petro, el candidato oficialista, Iván Zuluaga, se bajó de la carrera para apoyar a Federico Gutiérrez, el principal representante de la derecha en estos comicios y el hombre a vencer por Petro si quiere ser presidente. Por eso, su campaña aspira a ganar en primera vuelta y evitar una confluencia opositora en una segunda vuelta.

 

El segundo será la violencia de los sectores irregulares de la política nacional, especialmente los grupos paramilitares y narcotraficantes. A principios de mayo, el candidato del Pacto Histórico canceló su campaña en el Eje Cafetero por un posible ataque del grupo irregular “La Cordillera” y, a los pocos días, realizó un acto en Cúcuta con chaleco antibalas y escudos de seguridad. Hace cuatro años, en esa ciudad, una caravana de su campaña fue atacada a tiros. La inseguridad y las amenazas que recaen en su contra son serias y peligrosas en un país que, desde hace décadas, hizo de la resolución violenta de las disputas una vía más de hacer política. 

 

La historia nacional aviva este escenario. En abril de 1948, fue asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, lo que desencadenó una serie de protestas conocidas como El Bogotazo. Lejos de quedar en el pasado, estas prácticas se acrecentaron durante las últimas décadas. En 1987, fue asesinado el antiguo guerrillero y líder de la Unión Patriótica (UP) Jaime Pardo Leal; en 1989, el liberal Luis Galán; en 1990, el segundo candidato de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa, y el exguerillero Carlos Pizarro Leongómez, y en 1995, el conservador Álvaro Gómez Hurtado. A principios de mes, el Clan del Golfo, un grupo narcotraficante, lideró un paro armado por el cual ordenó, de manera violenta, el confinamiento de la ciudadanía en 11 de los 32 departamentos que componen el país. Esto llevó al propio Petro a reconocer, en una entrevista, que en distintos momentos de la campaña “tuvo miedo” por su vida. “Que esté vivo tristemente ya es mucho cuento para nosotros”, ejemplificó Botero. 

 

Alcanza regional

Si una victoria de Petro sería histórica para Colombia, también lo sería para el continente. Su llegada al poder incorporaría a su país al eje progresista regional luego de haber quedado por fuera durante la primera década del siglo a la espera de las elecciones de Brasil, el plato principal del año. “Con Petro va a haber un replanteamiento de las relaciones con Venezuela, porque hoy no tenemos relaciones diplomáticas y eso es insostenible”, consideró Botero en diálogo con este medio y adelantó que también se podrán esperar cambios en el vínculo con los Estados Unidos, que convirtió a Bogotá en su principal aliado militar en el continente. “Podría ser una presidencia menos permisiva con Washington, porque las últimas fueron históricamente condescendientes”, declaró y aclaró que esa relación “va a depender mucho de Venezuela” a raíz de la importancia que Caracas representa para la Casa Blanca.