La Guerra del Asado: la caída de la barrera sanitaria no logra ordenar el mercado en la Patagonia
La flexibilización de la barrera sanitaria que impedía el ingreso de carne con hueso al sur del río Colorado abrió un nuevo escenario en la Patagonia, pero no ordenó el mercado ni alivió el bolsillo. La guerra del asado continúa y deja al descubierto una compleja trama marcada por la caída del consumo, tensiones interprovinciales, pujas empresarias y dudas sanitarias.
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Esta semana, una resolución de la Cámara Federal de Apelaciones de Comodoro Rivadavia dio por terminado el debate y habilitó el ingreso de carne con hueso, lo que en los hechos implica una modificación estructural para la región. La Patagonia, históricamente protegida por su estatus sanitario diferencial, comienza a convivir con nuevas reglas de juego que impactan tanto en la producción como en la comercialización.
En la teoría, la apertura prometía competencia y precios accesibles. En la práctica, el consumo no acompaña, salvo en Neuquén o Río Negro, las provincias que derrama Vaca Muerta, pero la ecuación es más compleja.
Un mercado frío en medio del cambio
Fernando Pilotti, empresario cárnico y matarife con fuerte presencia en la Norpatagonia, describe un escenario de estancamiento. “El levantamiento de la barrera fue una circunstancia que no cambiaría mucho el consumo, está todo muy parado”, advierte a Letra P. Según su mirada, el dato central es otro porque advierte que en la actualidad “se vende un 20% menos que el año pasado”.
Esa caída aparece como un factor estructural que condiciona cualquier cambio en la oferta. En ese contexto, la apertura de la barrera no genera, al menos por ahora, un shock positivo. “Hoy tenemos la carne más cara del mundo”, sostiene Pilotti, y agrega un elemento clave como el atraso cambiario y la presión impositiva.
“El dólar está estable, pero los impuestos que tenemos que pagar son muy altos. El gasoil aumentó, los costos no bajan. Entonces las empresas buscan ser eficientes por otros lados para sobrevivir”, explica el matarife. El problema, entiende, no es solo la discusión sobre la barrera, sino la macroeconomía. De hecho, Pilotti pone números a la actividad: “Hace 45 años que estamos en esto. Faenamos entre 5.500 y 6.000 animales por mes. La faena no cayó tanto, pero la propia sí tiene una baja interanual del 20%”.
La ecuación es incómoda. Hay menos consumo, costos altos y precios que siguen siendo elevados para el consumidor.
El ministro de Producción de Río Negro, Carlos Banacloy, pone en duda esa premisa y plantea preguntas que, por ahora, no tienen respuestas contundentes. “Bajó los primeros tres meses, hoy está igual que todo lo demás. Solo los asados de vaca o animales gordos con mucha grasa y desperdicio salen de oferta”, le dice a Letra P.
Carlos Banacloy
Carlos Banacloy, ministro de Producción de Río Negro.
El funcionario agrega un dato que tensiona el relato de la baja de precios: “No es solo lo que veo en la góndola, hay un 65% de aumento en el año”. Y dispara una serie de interrogantes que resumen el momento: “¿Cuánto más carne se compra a partir del levantamiento de la barrera? ¿Cuánto mejoró el consumo? ¿Cuánto vale la carne del norte y la de acá? ¿Es mucho más barata la carne que usted compra hoy? ¿Dónde la compra?”.
Las preguntas de Banacloy reflejan una preocupación de fondo, sobre todo para un gobierno del que siempre advirtió que la apertura no haya logrado traducirse en beneficios concretos para el consumidor patagónico, al menos en el corto plazo.
La Patagonia, en alerta sanitaria y política
Más allá de lo económico, el otro eje del debate es sanitario. La barrera no era solo una herramienta comercial, era también un resguardo frente a enfermedades como la fiebre aftosa, en una región que logró consolidar su estatus diferencial. Desde el gobierno de Río Negro ya se había advertido sobre los riesgos de flexibilizar ese esquema, y tras el fallo judicial las alertas se mantienen, aunque socialmente la medida fue recepcionada con éxito.
La preocupación también se replica en el sur profundo. En Santa Cruz, la Federación de Instituciones Agropecuarias, encabezada por Enrique Jamieson, expresó su rechazo a la medida y sumó un elemento adicional por el impacto en la seguridad rural.
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Ganado en la Patagonia.
Jamieson advirtió que la flexibilización puede agravar el problema del abigeato y debilitar los controles sanitarios, en una región donde la trazabilidad del ganado es un activo clave. “Para nosotros nunca fue un tema económico, era en resguardo a un tema sanitario, de preservar la sanidad”, aseguró.
El planteo no es menor, porque en un mercado global cada vez más exigente, perder el diferencial sanitario podría tener consecuencias en las exportaciones, uno de los pocos segmentos que muestran dinamismo.
Similar postura existe en Neuquén. Cecilia de Larminat, presidenta de la Sociedad Rural del Neuquén, realizó un análisis crítico. "Es un retroceso en la lucha contra esta enfermedad, ya que pone en riesgo a miles de animales que están sin inmunizar desde hace dos décadas. Ojalá los controles en la barrera sean estrictos y sólo pase hacia el sur lo que debe pasar", le dijo a Letra P.
"Creemos que hay que trabajar y avanzar todos juntos como país hacia un status superador, consensuando un plan serio de objetivos claros con todos los actores de la cadena, sin medidas inconsultas ni sorpresas que afecten las economías regionales que aseguran producción, arraigo y ejercicio de la soberanía real en vastos territorios de nuestro país. La ganadería argentina se lo merece y ojalá seamos capaces de lograrlo", advirtió de Larminat a este medio.
El levantamiento de la barrera también reavivó una vieja disputa, la que enfrenta a frigoríficos patagónicos con grandes jugadores del norte del país e incluso con intereses vinculados a Brasil.
En ese marco, comenzaron a aparecer denuncias cruzadas sobre presiones y lobby para avanzar con la flexibilización. Algunos sectores de Río Negro y Neuquén apuntan directamente contra grandes cadenas de comercialización, a las que acusan de buscar mejores márgenes a partir de la apertura. La discusión, entonces, no es solo sanitaria y económica, sino que también es empresarial.
La Patagonia, que durante años funcionó como un mercado relativamente cerrado, ahora queda expuesta a una competencia más amplia.
Consumo en caída, carne en alza
El contexto nacional tampoco ayuda. Según datos recientes, las ventas en supermercados cayeron en todas las provincias durante febrero, aunque con matices. Río Negro y Neuquén aparecen entre las jurisdicciones donde algunas variables muestran cierta recuperación, pero en un marco general de retracción.
Paradójicamente, el rubro que más creció fue el de la carne, con un aumento cercano al 15%. En el sector advierten que ese dato debe leerse con cuidado ya que en muchos casos responde a recomposición de precios más que a un incremento real del consumo. Es decir, se vende menos volumen, pero a precios más altos.
La Anónima
En ese escenario, la flexibilización de la barrera aparece como un factor más dentro de una economía golpeada, y no como el motor de cambio que algunos anticipaban.
Un nuevo equilibrio en construcción
Pilotti, con la experiencia de décadas en el sector, sintetiza el momento con crudeza: “La barrera se abrió para todo el país. La Patagonia se saturó y bajó el precio, que es más razonable para el consumidor, pero la industria sufre”. Aun así, se muestra crítico del esquema anterior. “Soy anti barrera comercial porque creo que las barreras no deberían existir”, dice aunque su mirada introduce un matiz interesante, incluso quienes celebran la apertura reconocen que el impacto no es inmediato ni lineal.
El panorama tampoco es alentador en el corto plazo. No ve una recuperación en el corto y mediano plazo, aunque deja una puerta abierta: “Con estos niveles de precios a nivel mundial, van a venir a buscar carne”. O sea que la clave, otra vez, está en la macroeconomía. Tipo de cambio, costos e impuestos aparecen como variables más determinantes que la propia barrera.
Entre la expectativa y la incertidumbre
La Patagonia atraviesa, en definitiva, una transición. La caída de la barrera sanitaria no resolvió los problemas estructurales del sector, pero sí modificó las condiciones en las que esos problemas se expresan. El consumidor no percibe todavía una baja significativa de precios, los productores y frigoríficos enfrentan una mayor competencia, los gobiernos provinciales advierten sobre riesgos sanitarios y pérdida de control, y la industria se reconfigura en medio de una economía que no termina de arrancar.
En ese contexto, la gran incógnita sigue abierta sobre si la flexibilización será, con el tiempo, una oportunidad para integrar el mercado y mejorar la eficiencia, o si terminará erosionando uno de los principales activos diferenciales de la región. Por ahora, la única certeza es que la barrera cayó, pero el nuevo equilibrio todavía está lejos de consolidarse. Y en esa incertidumbre se juega buena parte del futuro productivo de la Patagonia.