01|8|2022

08 de marzo de 2022

08 de marzo de 2022

El ministro sobrevivió los ataques de la oposición propia y ajena en Diputados. Logros y errores. La promesa del ajuste sin ajuste, interna y futuro electoral.

Fueron dos días y dos reuniones que concentraron tanto el fuego amigo como el ajeno. Martín Guzmán resistió el domingo a la noche los embates de la tropa cristinista de la Cámara de Diputados y el lunes, los de la oposición, todo en pos de asegurar los votos necesarios para la aprobación del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que refinanciará los 44.500 millones de dólares dejados como deuda por Mauricio Macri. Las estocadas fueron políticas y técnicas, pero también personales y mostraron al ministro de Economía mayormente en eje, aunque su flema conocida haya tambaleado por momentos. El académico se recibió finalmente de político.

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Si, como espera el Poder Ejecutivo, el entendimiento pasa el filtro del Congreso, las lecturas políticas llegarán primero que las económicas, atadas, como están estas últimas, a los resultados del plan Guzmán: algo así como un ajuste sin ajuste. Ver para creer.

 

Entre aquellas primará, de movida, la amplitud o la estrechez del resultado de las votaciones en Diputados y en el Senado, algo que el Fondo sigue con atención para saber si ese país díscolo llamado Argentina se compromete de verdad –hoy, con una administración peronista; mañana, quién sabe– con su visión de las cosas. El subtexto, sin embargo, dirá algo sobre el futuro del propio Guzmán, hasta ahora una suerte de ministro inmortal, que atravesó dos años de contratiempos de todo tipo, desde los que le impusieron la herencia macrista hasta los de la pandemia, pasando por las zancadillas de los enemigos íntimos y, claro, sus propios errores. Como si todo eso fuera poco, la guerra en Europa, que deviene económica y toca los nervios sensibles de la Argentina. No pueden negárselo: pasaron cosas.

 

De la pesada herencia ya se ha hablado mucho, así como del fuego amigo; ambos hechos flotarán pesadamente sobre el recinto de la Cámara baja cuando se discuta el tema. Será interesante determinar quiénes aportan los votos imprescindibles y quiénes se masajean las manos con alcohol en gel, mientras quienes empujan para que la votación salga se muerden sus lenguas para que susceptibles de todas las identidades no se levanten de sus bancas o se pronuncien en contra.

 

Por ahora, los logros que puede exhibir Guzmán, insospechado Highlander de la economía y la política, parecen módicos: haber cerrado la renegociación de la deuda con los tenedores privados y la refinanciación de la que corresponde al FMI, aunque todo ello en un período demasiado largo de dos años y pico, así como haber sorteado lo peor de la pandemia en un 2020 de derrumbe y un 2021 de retorno al punto de partida. Esquivando las críticas de "falta de plan" que le lanzó una y otra vez la ortodoxia, básicamente, evitó el Teorema de Melconian: "Ojo que se puede ir todo a la mierda".

 

Si lo que ha conseguido es módico –aunque disculpable en alguna medida por las vicisitudes de un gobierno estragado por la mala fortuna–, hay también errores claros. Su porfía en subestimar la inflación y en creer que, en materia de precios, un 2021 de reactivación podía ser similar a un 2020 de Gran Confinamiento lo llevó a pisar inicialmente las negociaciones paritarias, a atrasar los salarios, a limitar el consumo y, en definitiva, a emerger como rostro visible de la derrota oficialista en la elección de mitad de mandato. En ese punto nació el mantra cristinista del Guzmán "ajustador".

 

Sin piedad, el diputado camporista Marcos Cleri le preguntó el domingo, como contó Gabriela Pepe en Letra P, si, cuando deje el ministerio, su futuro laboral no estará en alguna asesoría del FMI. Guzmán aguantó y, tocado pero no hundido, esgrimió su pasado humilde, su agradecimiento a la educación pública y su compromiso militante.

 

Lo del lunes con la oposición fue igual de previsible. Martín Tetaz aprovechó el plano corto de las cámaras en el plenario de comisiones para su show time. Mientras, Luciano Laspina se quejó amargamente, sin terminar de aclarar si lo suyo era una queja por el ajuste que cree que se viene o porque el mismo le parezca insuficiente. "Usted viene al Congreso con una ley que trae un enlatado (y) nos quiere hacer socios del ajuste inevitable que tenemos por delante porque el Gobierno en los últimos dos años, primero con la excusa de la pandemia y después con la excusa de la pospandemia, se quedó sin financiamiento y sin recursos. Quieren asociar a la oposición y hacer culpable político al FMI de una situación que ustedes no pueden evitar". Curioso argumento: la pérdida de financiamiento se produjo en 2018 tras un festival de endeudamiento, la pandemia no es excusa y hasta el Fondo ha admitido la responsabilidad propia en el otorgamiento de un préstamo infeliz y la del gobierno de Juntos por el Cambio en una fuga de divisas que debería haber contenido.

 

Ante todo eso, Guzmán respondió, a veces sin responder, como le reprochó Tetaz. Antes de eso, había operado ante la opinión pública para deshacerse del rebelde subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, fracasó y supo asimilar el golpe; toleró –acaso por falta de respuestas propias– las inocuas recetas antiinflacionarias que desde otra rama del organigrama aplicaba Roberto Feletti; pulseó con Miguel Pesce en su negativa a subir más las tasas de interés de la deuda del Tesoro, lo que buscó preservar el rebote productivo, pero le puso más presión a las reservas del Banco Central; vio cómo la oposición y un discurso fuera de contexto de Máximo Kirchner le volteaban el Presupuesto y siguió como si nada tras el portazo ruidoso de este último.

 

Si eso fue parte del programa del máster en Política que cursó el ministro desde su sorpresiva llegada al Palacio de Hacienda en diciembre de 2019, ahora le llegará el turno de poner verdaderamente en práctica los conocimientos que tiene en su propio métier, la economía.

 

Superada, aunque con demora, la fase de ordenamiento financiero, le esperan desafíos como el control de la inflación, la postergada recuperación de los salarios, una retomada del consumo a tono con una mayor expectativa de crecimiento económico… Lo que lo aguarda, en definitiva, es la economía del hombre y la mujer de a pie, la supuesta finalidad de cualquier esfuerzo de gestión.

 

El tiempo que media hasta las urnas que se abran en agosto del año que viene para primarias que pueden resultar decisivas es un suspiro, que se espera sea de alivio y no de pesar. Alberto Fernández lo ha sostenido tanto por convicción e identificación de ideas como por falta de alternativas: entregarle a Cristina Kirchner la cabeza de pelo ralo del ministro habría abierto una carrera por quedarse con el cargo de este y, con ello, con el rumbo del Gobierno.

 

Ahora, cuando llega el momento de la verdad, cuando todo el mundo actúa como si la pandemia no existiera más y cuando la deuda es una pelota playera pateada hacia el futuro, Guzmán y Fernández quedan espalda contra espalda, dispuestos a enfrentar lo que venga. Más les vale que el futuro esté hecho de buenas noticias.