22|1|2023

Los límites del tercer Lula y la Argentina, ¿a contramano?

31 de octubre de 2022

31 de octubre de 2022

Luiz Inácio Lula da Silva venció este domingo a Jair Bolsonaro en el ballotage presidencial por una ínfima diferencia, 50,9% a 40,1%, la más apretada desde la restauración de la democracia en Brasil. Ese dato dice mucho sobre lo que viene: el líder de la izquierda hizo historia al obtener un inédito tercer mandato, pero el futuro puede parecerse poco a los años felices que corrieron entre 2003 y 2010.

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El escrutinio fue más agónico que lo augurado por las principales encuestadoras, que esta vez al menos podrán argumentar que lo ocurrido se enmarca en el margen de error muestral. Como sea, por alguna razón, el voto de la nueva ultraderecha sigue mostrándose elusivo a los pronósticos, del brexit a los Estados Unidos de Donald Trump, pasando por Brasil.

 

Al cierre de esta nota, Bolsonaro seguía sin reconocer el resultado, tratando, acaso, de mantener latente su amenaza de un levantamiento violento alla Trump. Esa posibilidad, atizada durante la jornada por extraños operativos en los accesos a varias ciudades importantes de la Policía Caminera –una fuerza que, en tanto federal, responde a las órdenes de la Unión–, quedaba, sin embargo, desdibujada por la veloz reacción internacional. Varios países, entre ellos la Argentina y los de la Unión Europea pero, de modo crucial, Estados Unidos se apuraron a felicitar al vencedor y trazaron una línea en la arena contra eventuales brotes de insubordinación en las Fuerzas Armadas y en las policías estaduales.

 

Un león herbívoro

Hombre destinado a las gestas memorables, Lula protagoniza una impresionante resurrección política, vuelta de campana completa tras haberse retirado del poder con una popularidad superior al 70%, sufrido luego el descrédito de denuncias de corrupción demoledoras, haber pasado 580 días preso, haber sido proscripto en 2018 y finalmente rehabilitado después de que el Supremo Tribunal Federal reparara en que los procesos de la operación Lava Jato cayeron en graves excesos que cercenaron su derecho de defensa. Lula no fue, como él dice, declarado inocente, sino exonerado en las causas que se le seguían por vicios procesales tras haber sido condenado en tres instancias por el caso del tríplex de Guarujá.

 

Nada de eso limita el sentimiento de esperanza que su triunfo despertó en la mitad de Brasil que lo ama sin condiciones, pero convierte a la mitad que lo detesta en una amenaza enorme y agazapada.

 

Para ganar, Lula dejó jirones de sí mismo en el camino. Vio cómo el transcurso de los meses y el populismo económico del bolsonarismo erosionó, paso a paso, una ventaja que las encuestas cifraban al inicio de la campaña en hasta 20 puntos porcentuales. Al advertir que su figura no era una garantía total, encontró, con astucia, el modo de reconvertirse en el eje de una amplísima alianza que supondrá, en paralelo a un nivel de rechazo elevado, una limitación a su plan de gobierno.

 

El viejo dirigente metalúrgico devino líder de una coalición de salvación democrática que aúna a la izquierda del Partido de los Trabajadores (PT) con el ecologismo y hasta con el centroderecha tradicional, que volvió tras sus pasos de 2018, cuando su prescindencia validó la proscripción y el ascenso de una ultraderecha impresentable.

 

A la derecha, la pared

El desempeño de Bolsonaro fue muy superior al que podía esperarse del presidente de la desaprensión ante la pandemia; del que se mofó de los moribundos que no tenían acceso a tubos de oxígeno y camas de hospital; del provocador que se peleó con el Poder Judicial y puso en duda el sistema electoral; del defensor de las armas y el gatillo fácil; del amigo de Trump que acusó a Joe Biden de haber ganado con fraude; del villano ambiental que desactivó los controles a la deforestación de la Amazonia; del macho que desmanteló las políticas de género en todo lo que pudo; del clown que se burló de Brigitte Macron y de Estanislao Fernández… Cabe, entonces, reconocerle el haber sabido redescubrir y dar forma al Brasil conservador que se creía extinto tras el final de la dictadura y gobernó como gobernó de la mano de los sectores evangélicos más recalcitrantes.

 

A no olvidar esto: el bolsonarismo como factor de poder ha llegado para quedarse y hará escuela en la región.

 

Y todavía más límites…

Lula regresa al gobierno con su bagaje poderoso, pero a la hostilidad de, literalmente, medio Brasil y al margen de acción que le darán sus socios añadirá una serie de cepos institucionales. Varias de las gobernaciones más importantes serán opositoras –San Pablo quedó en manos del bolsonarismo– y el Congreso será foco de resistencia de una ultraderecha crecida.

 

Por si eso fuera poco, las Fuerzas Armadas y las policías militares –estaduales– se han repolitizado como nunca desde el final de la dictadura, en 1985, y las acciones del gobierno serán seguidas por una lupa gigante que haría que cualquier sospecha de corrupción se conviertiera en un drama nacional. El Lula da Silva que tropezó en el mensalão y se suicidó políticamente con el petrolão no tiene margen error en esa materia.

 

Por si lo mencionado fuera poco, el mundo, a diferencia de la primera década del siglo, tira para abajo. Lo que entonces era un crecimiento fuerte de la economía internacional, un auge inusitado de los mercados emergentes, materias primas por el cielo y comercio global en alza, hoy es inflación, suba de tasas de interés y recesión en ciernes.

 

Aun con tantos inconvenientes, deberá honrar las promesas que le hizo, en la noche de este domingo, a la multitud que lo acompañó en la Avenida Paulista: "Desarmar los espíritus", rescatar la convivencia democrática, reinsertar a Brasil –convertido en un "paria internacional" por Bolsonaro– en la comunidad de las naciones con una política ambiental seria y, sobre todo, volver a garantizarles a todos los ciudadanos y ciudadanas tres comidas diarias.

 

El tono de su primer discurso fue llamativo: leído, pausado y carente de euforia, marcó un contraste grande con las lágrimas de emoción que rodaban frente al palco. Fue el mensaje de un hombre reivindicado, pero que sabe que no tiene derecho al error y que le espera una colina empinada.

 

Tras un descanso, reapareció ante la multitud poco antes de la medianoche, ya con un tono encendido, más propio del viejo Lula y el necesario para no desinflar las expectativas de quienes soñaron durante años con la noche de este domingo.

 

Se avecina la última batalla de este mito de 77 años, que ya dijo que en 2026 no lo esperará la reelección, sino la tranquilidad del retiro.

 

Argentina mira y espera

Con Lula, festejaron anoche Cristina Fernández de KirchnerAlberto Fernández unidos al menos efímeramente– y todo el peronismo. Con buenos reflejos, hasta se congratularon las palomas del PRO y la ubicua Unión Cívica Radical (UCR), mientras que los halcones (a excepción de un tardío Mauricio Macri) y el paleolibertarismo de Javier Milei no encontraron en el país vecino el anticipo del futuro que anhelan.

 

Si de señales se trata, el Frente de Todos podría engañarse si se cree haberlas encontrado.

 

Lula observó atentamente el ciclo del panperonismo y trata de no repetir sus errores. Para empezar, no generó una alianza solo con los afines, sino que se ofreció como prenda de unidad de una coalición vasta e ideológicamente heterogénea, que llega al conservadurismo democrático.

 

Asimismo, se aseguró de que esta no fuera deforme, sino una que, al revés de lo hecho por Cristina, lo tuvo a él como candidato presidencial. Claro, las situaciones son diferentes: su techo -el rechazo a su figura- es, como probó el ballotage, más alto que el de la Argentina.

 

Conciente de que el mundo cambió muy velozmente, tampoco llega con la pretensión de pelearse con los poderes establecidos, sino que busca sumarlos de algún modo, al punto que olvidó las afrentas del Poder Judicial, hizo la paz con los grandes medios, prometió una gestión "de centro", dijo que no promoverá una ley de aborto legal y hasta buscó sumar lo que pudo del tercio evangélico del país.

 

El tiempo dirá si ese camino puede llevar a alguna forma de éxito.

 

Dos países a trasmano

Alberto Fernández se congratuló por el triunfo del amigo que nunca olvidará la visita en la cárcel. Dijo que por fin ya no deberá "padecer la hostilidad" de Bolsonaro y volvó a Brasil para reunirse este lunes mismo con el presidente electo. Llega un alivio bienvenido para una relación bilateral tan relevante como maltratada en los últimos años.

 

Sin embargo, al Presidente solo le queda un año de gestión y la permanencia en el poder no parece, para él, más que una ficción producida por la Casa Rosada. Acaso sea audaz hablar de un ciclo progresista en la región, suficiente para hacer magia en nuestro país en las elecciones del año que viene. Con Gabriel Boric en Chile, con Gustavo Petro en Colombia y con Lula en Brasil, ¿ganó en verdad el progresismo o las oposiciones a gobiernos que sumaron la pandemia su incapacidad para satisfacer necesidades largamente ignoradas? Si lo que vale es lo segundo, el panperonismo, al revés del PT, no es oposición sino gobierno, más allá del juego cristinista de ser a oposición de sí mismo.

 

Con todo, por un año, al menos, Argentina dejará de ser mala palabra en Brasil. Regirá allí un modelo que no empujará una apertura comercial irrestricta, sino la recuperación de un tejido industrial dañado. Con eso, el Mercosur dejará de vivir bajo amenaza, más allá de la quijotada que, ahora en soledad, sostendrá Luis Lacalle Pou, oriental por doble partida: en tanto uruguayo y en tanto defensor del libre comercio nada menos que con la arrasadora China.

 

Es de esperar que Lula logre recrear un crecimiento más robusto que el que permitieron las políticas ultraliberales de Bolsonaro. Si Brasil gana, Argentina gana: cada punto de crecimiento del PBI en el país vecino se replica aquí en entre un cuarto y un tercio de punto porcentual de expansión.

 

Con él, por último, nuestro país tendrá un buen abogado para tramitar un ingreso al grupo BRICS de potencias emergentes, formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Pekín ya ha dado su visto bueno a esa idea.

 

¿Nacerán entonces los BRICSA? Al peronismo le queda solo un año para sumar a la Argentina a ese club prometedor en materia de comercio, crédito e inversiones. Para eso, sin embargo, debería restañar las heridas que le dejó a Rusia la condena a la invasión a Ucrania y gambetear el veto estadounidense, que se hace sentir a cada paso en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sobre todo, tendría que vencer al destino. Las elecciones del año que viene son, para el Frente de Todos, un desafío mucho mayor que el que debió enfrentar un PT rodeado de tantos amigos nuevos.