12|4|2021

Alberto Fernández de Kirchner

06 de marzo de 2021

06 de marzo de 2021

El sueño del centro ya fue. El espejo de Alfonsín y Néstor se rompió. Aterrizaje forzado en el segundo kirchnerismo, aquella maldita tierra de crispación. 

Con su discurso ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández parece haber insinuado un nuevo comienzo. Prisionero de una correlación de fuerzas de lo más ajustada desde que asumió el Gobierno y de un ida y vuelta incesante que muchas veces provoca confusión, el Presidente tal vez haya inaugurado en el Congreso algo más que las sesiones ordinarias. Leído por sus rivales como parte de su extravío definitivo que lo ata por completo a la voluntad de Cristina Fernández de Kichner, el mensaje de Fernández contra la oposición, contra la Justicia y contra los medios le sirvió para contentar a gran parte de sus aliados, dejar atrás el escándalo del vacunagate y demarcar el terreno de una campaña electoral en la que el peronismo de la escasez tiene poco para ofrecer. Habrá que ver si lo mantiene, porque Fernández ya es famoso por enviar señales contradictorias, pero, después de un año largo de gobierno, queda claro -también para él- que el consenso y la unidad tienen límites muy marcados. 

 

Después del golpe que provocó en el Gobierno el caso de la vacunación selectiva en el Ministerio de Salud, el Presidente quedó obligado a transformar la nueva crisis en oportunidad de cambio. El operativo al que había destinado gran parte de sus esfuerzos desde mediados del año pasado quedó dañado por los vacunados de privilegio de Ginés González García y ahora solo queda avanzar hacia la vacunación masiva con más humildad que nunca. Fernández pareció admitirlo cuando dijo: “Lamentablemente, hay una realidad. Hoy, el 10% de los países acapara el 90% de las vacunas existentes”.

 

La unidad que duele

Prosperen o no, la querella criminal contra Mauricio Macri por el crédito de U$S 44.000 millones que le otorgó el FMI, los nuevos intentos de reforma en el Poder Judicial y las críticas al “perverso sistema” en el que “entremezclan jueces, fiscales, pretensos espías y reconocidos periodistas para hacer un seguimiento ilegal de personas detenidas y para montar extorsiones judiciales” tienen un efecto político. Así como alteran a la oposición, complacen al cristinismo, le dan cohesión al oficialismo y le devuelven aire político al Presidente dentro de la coalición de gobierno. La vicepresidenta gana a Fernández para sus consignas y Fernández se repliega sobre su base más leal: así, abandona la pretensión de ir con todos que hace rato no le daba resultados. Para la sensibilidad no kirchnerista, lo hace porque resignó su objetivo inicial de ir hacia el centro y es un apéndice de CFK. Para el cristinismo, que ahora festeja, lo hace "un año tarde", después de ver cómo la oposición dura le gobernaba la coyuntura.

 

Tras haber pasado dos meses sin hablar en profundidad, la confluencia de Fernández con su socia no es poco si se conjuga con algunos elementos que inyectan optimismo en sectores del Gobierno: el rebote -dispar- de la economía después del derrumbe de la pandemia con cuarentena, el superávit primario del arranque del año y la cotización de la soja, que, según el último informe de la consultora de Emanuel Álvarez Agis, le dejará al Gobierno unos 8.500 millones de dólares en 2021, U$S 2.100 millones más de lo proyectado en el Presupuesto. Son datos que contrastan con el aumento de la inflación y la caída del poder adquisitivo, la realidad de los bolsillos flacos que acumulan tres años y el Gobierno promete resarcir de manera parcial, por ahora sin decir cómo. En lo político, lo que parece haber llegado a su fin es el intento inviable del Círculo Rojo por quebrar la sociedad AF-CFK.

 

Ni Néstor ni Alfonsín

Cuesta verlo en medio de la vorágine, pero no sólo el pancristinismo se está jugando mucho con Alberto como presidente. También él arriesga su carrera de hombre de Estado con un traje que nunca se había probado y decidió aceptar como parte de su acuerdo con Cristina, la gran electora que con un dedo lo convirtió en lo que es hoy.

 

Pese al covid-19, la deuda, la crisis y todos los atenuantes que el pankirchnerismo use en su favor, ni él ni ella pueden permitirse una derrota en la provincia de Buenos Aires. Después de haber sido poco más que un comentarista de la política entre 2008 y 2018, el caso del profesor de Derecho Penal puede compararse con el de un jugador que vuelve a su club para retirarse. Se pone a prueba a sí mismo, arriesga el recuerdo que dejó y se expone a que el paso del tiempo lo delate. En un ejercicio de nostalgia que ahora se demuestra inconveniente, Fernández asumió con la consigna de sacar a la Argentina del pozo como, según repetía, lo había hecho junto a Néstor Kirchner. Fue uno de sus primeros errores. Un año después, por lo menos dos cosas parecen claras para todos. Primero, que el país y el contexto son distintos y se burlan de la traslación mecánica que hizo el exjefe de Gabinete en campaña. Segundo, más preocupante, que el motor de esa recuperación fue Kirchner, en el mejor de los casos asociado a Roberto Lavagna, no Alberto, que era la mano derecha del Presidente al nivel de la operación política pero no el responsable de la gesta post 2001. Con su desempeño en la gestión, Fernández está redefiniendo su lugar en la historia reciente, de punta a punta.

 

Alberto no sólo probó con invocar a Néstor sino que también eligió a Raúl Alfonsín como ejemplo, en una comparación recurrente que erizó la piel del peronismo. Si bien Fernández levantó -todavía lo hace- la bandera de la ética y buscó reivindicar la transversalidad en la apelación a un radicalismo que hoy casi no existe, lo que logró fue un efecto adverso, más todavía en los meses de 2020 donde fue marcada la inestabilidad con el dólar: quedar emparentado con un gobierno que terminó su ciclo de manera traumática por la crisis económica y la hiperinflación. La presión del mercado para que Martín Guzmán devaluara a fines del año pasado puso al Presidente en el sendero ingrato de Eduardo Duhalde, que asumió forzado a ejecutar una megadevaluación con Jorge Remes Lenicov, pero finalmente y después de haber rifado el superávit comercial de 2020, las reservas del Banco Central dejaron de caer, producto de causas que cada quien atribuye a lo que quiere: la negativa del Gobierno a ceder, las medidas de Guzmán, la elección en Estados Unidos o el renacer de la soja. Ni Kirchner ni Alfonsin ni Duhalde.

 

Polo Cristina

Está claro que Fernández está obligado a transitar su propio camino, pero el inicio del año lo vuelve a conectar con la experiencia más próxima que hasta ahora había querido eludir: la de la propia Cristina. Con un frente más amplio, después de que la división del peronismo permitiera el triunfo de Macri y en otro contexto, el Presidente está a cargo de un ensayo de gestión que tiene más de un punto en común con la experiencia de gobierno de CFK. La polarización, la crisis y finalmente la pandemia sin fecha de vencimiento lo obligan a apartarse de la quimera del centro que todos invocan en campaña y se revela inviable en el poder. Alberto advierte ahora la pesada herencia: no sólo heredó el endeudamiento de Macri, sino la misma oposición que enfrentó a Cristina, un frente social-empresario que se orquesta a partir del eje Juntos por el Cambio-tribunales federales-medios de comunicación. Gran parte de los conflictos que marcaron el final del ciclo de Cristina se repiten ahora con Alberto.

 

Más allá de que el Presidente pretendía una relación armónica con las grandes empresas periodísticas que lo elevaron durante su década de opositor, el choque se reedita, igual que con Comodoro Py y la Corte Suprema. Se lo dijo hace unos meses a Letra P un colaborador de extrema confianza de Fernández, en relación al Grupo Clarín: “Él fue con la bandera blanca y se la agujerearon a tiros”. Después, vinieron dos hechos más que enturbiaron la relación: el congelamiento del abono de las telcos que el holding rechazó y la revelación del llamado vacunatorio VIP que el Presidente aún no logra digerir. La excepción más notoria con respecto al pasado ya vivido está en la relación con el campo, un frente de tormenta que -más allá de idas y venidas- los Fernández pretenden evitar cada uno a su manera, en especial a partir de la articulación con el Consejo Agroindustrial Argentino

 

Con sus cañones sobre el Poder Judicial y sobre la responsabilidad del Fondo en el endeudamiento argentino, Fernández amaga con regresar al modo campaña de 2019, en línea con las obsesiones y planteos de CFK. Después de un año de frustraciones y operativos fallidos para transitar el centro, el polo Cristina, esa zona inhóspita que prefería no habitar, es el refugio que parece haber encontrado para zafar de la intemperie.