22|9|2022

El gran reto de Fernández para el segundo cuarto

09 de diciembre de 2020

09 de diciembre de 2020

La pandemia congeló los dramas de fondo y la negociación de la deuda fue, a la vez, necesidad y fetiche. Lo que viene: ajuste heterodoxo y exportaciones.

Si el tramo inicial de la gestión de Alberto Fernández, cuyo primer aniversario se cumplirá este jueves, se consumió en el plano económico en la expectativa sobre los efectos benéficos de arreglar la deuda en manos de tenedores privados extranjeros, el segundo cuarto se inicia con una tentación similar: la de suponer que un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) significará la solución a los males de la Argentina. No será así.

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Lo dicho no implica que ambos objetivos carezcan de importancia, pero sí que la misma terminó valiendo menos que lo deseado: ambos hechos no son más –ni menos– que una base para normalizar la encabritada macroeconomía nacional y de ningún modo un punto de llegada.

 

El propio ministro de Economía, Martín Guzmán, fue víctima de ese espejismo. Cuando el acuerdo con los bonistas parecía al alcance de la mano, imaginó que depararía un cambio de expectativas suficiente para derrumbar el riesgo país y poner fin a la presión sobre el dólar. La euforia, con todo, fue efímera. Con el diario del 9 de diciembre en la mano, la primera de esas variables aún vuela por encima de los 1.400 puntos básicos –un nivel que le cierra al país el acceso al mercado internacional del mismo modo que uno de diez millones– y la segunda atraviesa la tregua estacional de diciembre, apenas agazapada para volver.

 

Fuente: Rava Bursátil.

Esas dos variables son clave para entender tanto el momento como lo que viene. Sin posibilidad de nuevo endeudamiento, el exceso de gastos en relación con los ingresos tributarios –el déficit fiscal– solo podría sostenerse en base a impresión de dinero, pero esta, más temprano que tarde, impacta sobre la demanda de dólares. Como todas las crisis argentinas se gatillan tras una devaluación descontrolada, el silogismo tiene un remate cantado: hay que avanzar hacia el equilibrio presupuestario.

 

Esa y no otra es la misión histórica que le ha tocado a Fernández, algo que, se espera, sí debería tranquilizar al mercado cambiario y devolverle al país acceso al crédito internacional por resultar una solución de fondo. Si los agentes financieros y empresariales miraran bien la realidad, acaso deberían seguir este ciclo con algo menos de desconfianza: sobre todo tras la frustración que fue Mauricio Macri y su propuesta de pureza ideológica como garantía del ajuste, ¿qué gobierno que no sea peronista, con el control que podría ejercer, en teoría, sobre sindicatos y movimientos sociales, sería más apto para lograrlo?

 

De los problemas de base de la macro argenta, el déficit fiscal acaso sea el mayor. Sin embargo, no es el único. Otro –tan anciano como aquel– es la escasez de dólares para sostener el crecimiento de un aparato productivo muy dependiente de partes e insumos importados. Aun cuando no existiera déficit fiscal, el del sector externo supondría un problema mayúsculo, al punto de que el pertinaz endeudamiento nacional se explica más por el segundo que por el primero.

 

La sustitución de importaciones es un camino empinado que no lleva necesariamente a finales felices. Alivia en el corto plazo la demanda de dólares, pero la ineficiencia de sectores que viven una infancia sin fin los hace poco competitivos y obtura la salida de fondo al dilema: que el país se dé, por fin, con un auge exportador tal que permita incrementar la oferta de divisas duras.

 

Drama y fetiche

Este artículo no mencionó todavía la gran calamidad de 2020: la pandemia. No es que la misma no sea central para entender la recesión de la que viene la Argentina, una mayor incluso que la posterior al estallido de 2001; ocurre que ella profundizó los males mencionados y haberla traído a colación antes habría sido equivalente a tender, otra vez, un velo sobre los problemas verdaderos.

 

La pandemia, aunque agónica en todos los sentidos del término, le pegó a la Argentina donde más le duele: obligó a disparar hasta un 7 o un 8 por ciento del producto bruto interno (PBI) el déficit fiscal primario –antes del pago de deuda– y limitó más la llegada de divisas duras a través de una hiperrecesión global que deprimió el comercio y llevó a cero el turismo.

 

Si 2021 será –se reza– el año de la normalización de la economía internacional, aunque probablemente de modo más paulatino que lo deseable, tendrá una virtud acaso poco disfrutable: la de eliminar el espejismo de la emergencia sanitaria y volver a poner en primer plano los problemas reales: gastos superiores a los ingresos y falta de dólares.

 

El segundo cuarto de la administración Fernández estará signado por una pelea de fondo: evitar un estallido cambiario destructivo en un año electoral y lograr, por fin, un equilibrio sustentable de la economía nacional. Acaso este, su (¿primer?) mandato no sea el del crecimiento sostenido, pero bastará con que sea el de la refundación para que su misión histórica haya sido alcanzada.

 

El Gobierno detesta que se hable de ajuste, pero eso y no otra cosa es lo que intenta poner en marcha. Que las autoridades se esfuercen en preservar equilibrios sociales mínimos y busquen un camino gradual para no ahogar un rebote productivo y así aliviar la cuenta de los recortes en base a un incremento mayor de la recaudación no hace que lo que viene sea otra cosa que una política de austeridad: gastar menos que lo que se recauda. ¿A qué apunta, si no, la reforma de la movilidad de las jubilaciones, que implicó suspender la fórmula previa que, dada la desaceleración –recesiva– de la inflación de este año impidió actualizar los haberes en base a la más elevada de 2019? ¿Qué busca, en la misma línea, la desindexación de largo plazo de ese ítem pesado del gasto público? ¿Qué supuso la caída de los salarios reales, producto de la crisis sanitaria, pero de cualquier manera eficaz para licuar costos en el sector privado y, especialmente, en el público? ¿Qué intenta, finalmente, el descongelamiento nominal de las tarifas de servicios públicos?

 

La ceguera ideológica puede llevar a pensar que el ajuste siempre es una elección. Lo que no siempre se entiende es que puede resultar imperativo y que ello no obtura la convicción: la ideología es la que genera un programa de recorte nominal, ahogo de la demanda y consecuente recesión o uno dinámico, que apuesta al sostenimiento del crecimiento para que los ingresos les ganen a los gastos con menor sacrificio social.

 

Esa es la apuesta.