24|6|2021

Por qué el Gobierno le huye a una devaluación como a la peste

21 de octubre de 2020

21 de octubre de 2020

Somos lo que comemos. Industria (inter)nacional. Depreciación del peso, inflación y recesión. Nafta al incendio de la pobreza. Lo que enseña la historia.

“Si me hubiesen dicho que las cosas iban a ir así, no me habría resistido tanto a devaluar”. La mitología popular suele atribuir la sentencia socarrona, en esos términos o en otros similares, a Fernando Henrique Cardoso, quien a comienzos de 2000 evaluaba positivamente, como presidente de Brasil, los efectos de un salto del dólar del orden del 40% producido un año antes. La clave de dicho proceso, que generó un relanzamiento de la economía y un repunte fuerte de la imagen de su gobierno, pasó por su escaso impacto en los precios. ¿Cabe pensar en una secuencia similar en la Argentina de 2020, en la que el presidente Alberto Fernández, el ministro de Economía, Martín Guzmán, y el titular del Banco Central, Miguel Pesce, intentan evitar a toda costa una depreciación del tipo de cambio oficial? No. La Argentina no se parece, en esta materia, ni a Brasil ni a casi ningún otro país del mundo.

 

 

 

Las devaluaciones son una herramienta para revertir desequilibrios de sector externo, que se producen cuando un tipo de cambio se aprecia con fuerza y deteriora la competitividad de un país. Se trata de una historia conocida en la Argentina. Devaluar, entonces, es el remedio para que las exportaciones resulten más rentables, las importaciones se frenen y el saldo de cuenta corriente pase del rojo al azul, de modo de acumular divisas necesarias para abastecer el aparato productivo, el consumo de lo que no se produce internamente, las ansias de ahorro de los habitantes de esta nación bimonetaria y, cómo no, el pago de deudas. Esa es la razón por la que tantas veces el Fondo Monetario Internacional (FMI) le prescribió a la Argentina la receta de la apertura cambiaria, que conllevaba, naturalmente, una devaluación hasta ese momento reprimida. Los efectos, sin embargo, son conocidos.

 

No es que las depreciaciones del peso siempre sean evitables; a veces, se imponen por la prepotencia de la realidad y resultan el mal menor. Con todo, hay quienes exageran su necesidad, groupies conocidos como “el club de los devaluadores”, compuesto tanto por exportadores como por aquellos que prosperan cuando las importaciones se hacen demasiado caras y su ausencia les abren de par en par las puertas del mercado interno. Sin embargo, una serie de condiciones hace que esas experiencias tengan patas cortas o efectos directamente nocivos en el país.

 

 

La economía nacional tiene un carácter bimonetario, en el que el peso sirve como moneda de intercambio, mientras que el dólar cumple la función de reserva de valor y, para transacciones importantes, incluso la de unidad de cuenta.

 

 

Se suele mencionar –y exagerar– el componente psicológico de las devaluaciones. Los argentinos tienen una memoria histórica tan amplia de inestabilidad que, como reflejo, corren hacia el dólar ante el menor indicio de zozobra. Eso, para quien tiene resto, implica comprarlo en forma de billete o hacer convertibles sus stocks de mercadería, tengan estos vinculación o no con el tipo de cambio.

 

Lo anterior es cierto y, de hecho, le ha dado a la economía nacional un carácter bimonetario, en el que el peso sirve como moneda de intercambio, mientras que la divisa estadounidense cumple la función de reserva de valor y, para transacciones importantes, incluso la de unidad de cuenta.

 

Los mencionados reflejos suelen hacer, en tiempos de inestabilidad como el actual, que la profecía se autorrealice: ¿puede haber devaluación?; pues habrá devaluación. Sin embargo, hay otras causas, más profundas y vinculadas a la estructura productiva nacional, que hacen que el remedio tenga efectos tan adversos.

 

Por un lado, la industria argentina depende en alrededor de un 30% de partes e insumos importados, algo que se refleja en el desglose ítem por ítem de las compras externas del país y hace que los precios finales de los productos manufacturados en el mercado interno se vinculen, en buena medida, con el tipo de cambio. 

 

 

Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

 

 

El déficit energético, que data del segundo mandato de Cristina Kirchner, es una parte crucial de esa ecuación y motivo de que Vaca Muerta genere tantas esperanzas a futuro.

 

En segundo lugar, las principales exportaciones del país son de alimentos. Aunque, en el caso de la soja, su consumo local es muy menor –en forma de aceite u otras–, su producción desplaza de la tierra disponible a otras que sí están vinculadas a la canasta alimentaria, por lo que influye en los precios de estas. Además de su importancia tributaria, las retenciones intentan desenganchar el precio doméstico del internacional y reducir, de hecho, el valor de las exportaciones, fuente permanente de conflictos económicos y políticos. Ese efecto, con todo, se logra parcialmente y cada salto devaluatorio encarece la comida y empeora la pobreza y la indigencia, ubicadas ya en niveles alarmantes de 40,9 y 10,5%, respectivamente.

 

 

Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

 

 

Como sea, por ambas razones, las devaluaciones bruscas del peso resultan especialmente destructivas del salario y del consumo, variable, esta última, que da cuenta de cerca del 70% del producto bruto interno (PBI). Como se sabe, “los salarios suben por la escalera y los precios, por el ascensor”; ¿sorprende, entonces, que las recesiones sean aquí antes recesivas que reactivadoras? Así pasó, por nombrar los hechos más recientes, en 2014 con la que le tocó a Cristina Kirchner y Axel Kicillof, en 2016 con la de Mauricio Macri y Alfonso Prat-Gay y en 2018-2019 al mismo presidente con Nicolás Dujovne.

 

Según un estudio del Banco Central, el pass-through, esto es, el traslado de una devaluación a los precios internos, es de alrededor de un 30% en los primeros 12 meses.

 

 

 

"El coeficiente de pass-through promedio para Argentina es mucho más alto que el de otros países latinoamericanos: tres veces mayor que el de Bolivia, el segundo país con mayor coeficiente de traspaso entre los analizados, y más de cinco veces más elevado que el de Chile, el tercer país con mayor coeficiente de traspaso. Por otra parte, el efecto de un shock cambiario sobre la inflación es más duradero. En todos los países de la muestra, el coeficiente pass-through prácticamente se estabiliza como máximo en el octavo mes (Bolivia), mientras que en Argentina sigue aumentando aun en el mes 12", indica el trabajo.

 

En tanto, de acuerdo con fuentes privadas, puede saltar al 50% si se consideran impactos indirectos. El remanente también pasa, aunque más o menos velozmente de acuerdo con la dinámica macroeconómica posterior.

 

No hay país de la región, se dijo, en el que dicho proceso sea tan rápido. Por caso, en Brasil, el dólar subió en lo que va del año un 40% contra el real, pero –es cierto que recesión mediante– la inflación se mantiene por debajo del 2,5% interanual.

 

A pesar de las recientes medidas de Guzmán destinadas a reducir la presión sobre los tipos de cambio paralelos, estos seguían este miércoles, cerca del cierre, en preocupante alza.

 

 


Fuente: Rava Bursátil.

 

 

Es ardua la pelea que el Gobierno tiene por delante para evitar una depreciación, que no parece justificarse esta vez en base a un atraso cambiario –el saldo comercial, de hecho, es superavitario este año. La máquina trituradora de las expectativas está en marcha-. De detenerla depende que la sociedad se evite otro golpe a su calidad de vida.