03|12|2020

2018-2020: la mano invencible del mercado

25 de octubre de 2020

25 de octubre de 2020

De Macri a Fernández: dos modos de caer en el mismo error. Dispersión de decisiones, el “embudo de Olivos” y gestión a “gonadotracción”. Anécdotas y sarcasmo.

En el caso de uno, el pasado es inapelable. El tiempo, esa arcilla maleable, permitiría marcar su condena en el 8 de mayo de 2018, cuando, en un país que había fundido y se le iba de las manos, anunció: “He decidido iniciar conversaciones con el Fondo Monetario Internacional”. Él, sin embargo, benigno consigo mismo, prefiere decir que su “gobierno económico” terminó con las primarias del 11 de agosto del año pasado, cuando los que “no vuelven más” comenzaron a volver. Dudoso… lo único seguro es que terminó.

 

 

 

La suerte del otro aún está en curso a menos de un año de iniciada su aventura, pero un espejo misterioso ubicado en el despacho presidencial de la Casa Rosada, que devuelve todo el tiempo imágenes del pasado, lo intriga con secuencias que no cesan de la corrida cambiaria más larga de la historia nacional contemporánea, una que se desató en abril de 2018 y, con intermitencias, continúa en la actualidad. Con Mauricio Macri, un liberal, o con Alberto Fernández, un peronista, algo que falta es eficacia de la autoridad política, pecado que siempre trae la misma consecuencia: el reinado de la mano invencible del mercado.

 

 

Fuente: Rava Bursátil.

 

 

La tendencia, vinculada a la lógica de los intereses financieros desnudos, crece en ferocidad conforme se acentúa la debilidad del Estado para imponerle condiciones. Es sabido que el mero amontonamiento de regulaciones no implica autoridad.

 

Asimismo, el progreso tecnológico hace que la política corra cada vez desde más lejos al dinero, problema que se acentúa cuando el proceso de toma de decisiones viene mal barajado desde la cima del poder.

 

Aunque por diferentes razones, tanto Macri como Fernández han dispersado en varios despachos el manejo de la economía. En el caso del primero, la tendencia fue extrema y la razón, estratégica… por darle un nombre. Su decisión de no entronizar a un superministro y de delegar –cómo no– el manejo del Gobierno en el entonces poderoso Marcos Peña provocó un verdadero “prodigio”: un ministro de Hacienda devaluó sin que nadie le hiciera entender que eso era inflacionario; un secretario de Finanzas devenido ministro empapeló el país con bonos de deuda; un titular de Energía hizo la suya con las tarifas de servicios públicos y combustibles; un presidente del Banco Central se dio el lujo de fracasar por segunda vez en menos de dos décadas –y a lo grande– al suponer que la emisión descontrolada de pesos a cambio de esos dólares prestados –reabsorbidos luego con endeudamiento masivo de corto plazo– no implicaba ningún inconveniente; otro manejó la caja a cambio del apoyo de gobernadores y, por si faltaba algo, hubo quien dio rienda suelta a su espíritu creativo en el financiamiento de la obra pública. Todo a la vez y sin que el mejor equipo de los últimos 50 años haya funcionado sin conducción centralizada conocida, salvo cuando se decidió cambiar las metas de inflación y terminar de romper todo el Día de los Santos Inocentes de 2017.

 

 

Sturzenegger, Peña, Dujovne y Caputo, en una de las postales del declive del proyecto macrista.

 

 

Es curioso que, aun hoy, los responsables de semejante desaguisado sigan sin dar alguna señal de haber entendido por qué todo les salió tan mal. Por momentos, la Argentina parece indestructible. 

 

 

 

Una excepción, posiblemente, sea la de Lucas Llach, vicepresidente del Banco Central en tiempos de Macri, quien resumió aquella falta de coordinación en una entrevista que concedió hace casi dos años a Letra P. Al hablar de las metas de inflación “tan exigentes” que había impuesto Alfonso Prat-Gay, recordó que “a los cuatro días (el entonces ministro de Educación) Esteban Bullrich firmó una paritaria con los docentes del 38%. Y ahí dijimos: ‘Chau, muchachos’”.

 

Alberto Fernández no hizo lo mismo que Macri y, por caso, no hay en su gabinete ningún exceo reciclado en ministro que incremente los ingresos de la empresa que acaba de dejar y de la que aún posee acciones. Sin embargo, su estilo de gestión lleva a efectos similares. Las formas de joderse son infinitas.

 

Es habitual encontrarse con un relato coincidente de funcionarios que salen de Olivos tras despachar con el Presidente. El mandatario los escucha, avala sus planes y los alienta hasta que, al final, casi en la puerta de salida, los desconcierta: “Igual, esperá un poco con eso”.

 

Fernández heredó, aunque de un modo peculiar, el estilo radial de Néstor Kirchner para relacionarse con sus ministros. Sin embargo, lo que en este último era decisión final personalísima, en Fernández es más una tarea de mediación, que hace que un día el curso de acción consensuado sea el impulsado por un funcionario y, poco después, el de otro, aunque ellos resulten antitéticos.

 

 

Las marchas y contramarchas no son la receta que necesita una economía a la que le faltan dólares y le sobran incertidumbres.

 

 

Así ocurrió con la estrategia para controlar la escapada del dólar paralelo, principal causa del ruido financiero desde hace meses, generador de expectativas de devaluación del tipo de cambio oficial y alerta meteorológica descollante sobre el posible inicio de una tormenta perfecta en la economía

 

Primero, el 15 de septiembre, Fernández le dio la derecha al presidente del Banco Central, Miguel Ángel Pesce, para que endureciera el cepo y trabara severamente la operatoria del dólar “contado con liquidación”. Un poco más de un mes más tarde, advirtió el error e hizo lo propio con su ministro de Economía, Martín Guzmán, a quien habilitó para que hiciera todo lo contrario y le diera más volumen del mercado paralelo del CCL.

 

No puede decirse que Guzmán y Pesce tengan visiones antagónicas. Es más, el diagnóstico sobre la raíz de las presiones cambiarias es compartido: fondos internacionales que vinieron a practicar ciclismo con Macri y quedaron atrapados en el cepo buscan salir a toda costa y, al agolparse ante la puerta de salida, elevan al cielo al dólar paralelo. Sin embargo, las tareas de uno y otro los llevan a poner énfasis en diferentes aspectos de la gestión.

 

Por caso, más allá de la saga del CCL, el primero resiste una suba de tasas de interés más agresiva. Ese es un clásico: los titulares de Economía siempre se preocupan por el nivel de actividad, mientras que los del Banco Central pierden el sueño a la noche por las reservas y las presiones sobre el dólar.

 

Por otro lado, en la autoridad monetaria advirtieron desde el primer momento que la idea de estimular una mayor liquidación de sojadólares con una baja de apenas tres puntos de las retenciones era pretender que una gallina volara como un cóndor.

 

 

 

Evidentemente, las marchas y contramarchas no son la receta que necesita una economía a la que le faltan dólares, le sobran incertidumbres y parece acercarse a momentos de definiciones dolorosas. Además, ese estilo atiza los roces internos.

 

Mientras Guzmán y Pesce juegan al sube y baja, otras figuras del equipo económico siguen con sus tareas y se abren, acaso, caminos futuros. Matías Kulfas está jugado a la tarea de preservar el empleo y contener los efectos de la doble crisis –Macri y la pandemia–, Cecilia Todesca emerge como una vocera solvente y Sergio Chodos no puede pensar hoy en otra cosa que no sea en cinchar con el Fondo Monetario Internacional. Todas las voces, ¿pero quién mira toda la cancha?

 

 

El gabinete económico de Alberto Fernández y sus muchas voces.

 

 

En los despachos oficiales, muchos reconocen que el gobierno del Frente de Todos tiene, además de un problema en el proceso de toma de decisiones, uno de comunicación, incluso interna. El reclamo casi público de que los ministros no dejen solo al Presidente en la tarea de defender las políticas se produjo sin contraorden que revirtiera la anterior: que nadie saliera a hacer declaraciones sin aval superior.

 

En tanto, en las redacciones periodísticas, es frecuente que algún editor de buena memoria, pero demasiado pendiente de la aritmética, pregunte: “Che, ¿en qué quedó eso de las 60 medidas de las que habló Alberto hace tiempo?”. La verdad, en nada, porque nunca hubo tal cosa, no al menos como un plan preconcebido o como un intento de generar impacto en una sociedad ávida de sentir que el rumbo es más firme y hacia adelante.

 

Así pensada, la idea de las “60 medidas” no era mala, pero ocurre que el Presidente nunca la bajó como consigna a trabajar y, si se consideran las de cuño productivista, el contador del Gobierno todavía no llega a 40. Paciencia: administrar es tomar decisiones; ya habrá 60.

 

Ya sea por indecisión, embudos o "gonadotracción" presidencial de la gestión, el Gobierno llega tarde a las decisiones.

Las teorías internas sobre la dispersión por otros medios son varias: desde la necesidad de dar lugar a los diferentes sectores de Todos en el gabinete –algo que, en teoría, podría hacer más “charlada” la gestión– hasta la vocación de Fernández por ser el filtro de todas –cuando dicen todas, se refieren a todas– las medidas. Como sea, en diversos ministerios se habla de la existencia del “embudo de Olivos” y, entre los más soeces, de la “gestión testicular de Alberto”. A veces, el jefe de Estado anuncia, sin avisarle a nadie, lo que se le cantan…

 

Ya sea por indecisión, embudos o "gonadotracción" presidencial de la gestión, el Gobierno llega tarde a las decisiones. En el plano económico, se demoró demasiado en limitar el cupo de 200 dólares de dólar ahorro, una sangría del orden de los 800 millones de dólares mensuales hasta septiembre. Además, como se dijo, la operatoria deseable para el dólar paralelo, hendija por la que buscan filtrarse los fondos extranjeros acorralados, se definió por el cierre un mes atrás para ahora ir en sentido opuesto. Y esta misma apertura fue una promesa a esos acreedores durante la negociación de la deuda que recién ahora se concreta. En el medio quedaron, como saldo, zozobras innecesarias.

 

Las anécdotas sobre errores, críticas socarronas y motes zumbones son ideales para el ejercicio de esa forma del humor tan argentina: el sarcasmo. Pero el sarcasmo deja un regusto amargo cuando se lo traga. Mejor sería que la autocrítica oportuna de los gobernantes evitara la recaída en errores ya conocidos y que la restauración de la autoridad política tomara estatus de prioridad. Porque, se sabe, cuando esta claudica, es la mano del mercado la que dibuja la realidad.