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Una tormenta perfecta en el horizonte de Fernández

La pandemia impone emitir pesos para evitar un colapso económico. La acrofobia de Martín Guzmán. ¿Inflación, dólar y recesión? La sociedad, irritada. La clave de la deuda. ¿Cómo eludir el peligro?

La pandemia impone emitir pesos para evitar un colapso económico. La acrofobia de Martín Guzmán. ¿Inflación, dólar y recesión? La sociedad, irritada. La clave de la deuda. ¿Cómo eludir el peligro?

Por 03/05/2020 9:23

Cuando el aislamiento pase y la crisis quede, será de justicia recordar que los dramas económicos de la cuarentena XXXL fueron aceptados como inevitables por la casi totalidad de los economistas, empresarios y dirigentes con responsabilidades de gestión. También lo fueron por una mayoría abrumadora de la población, aunque ahora la ciclotimia aprieta, el miedo cede y los males, en tanto evitados, resultan para los más hartos una entelequia. El Gobierno ya advierte una exasperación de contornos indefinidos, que comienza a irradiar desde algunos círculos políticos y medios hacia los balcones y, de estos, a la calle.
 

 

Obligado a asumir costos económicos y políticos pesados, Alberto Fernández deberá prestarse a un juego en el que se dirimirá el futuro de su administración. Tendrá que encontrar el modo de esquivar la tormenta perfecta que comienza a verse en el horizonte, cúmulos de impaciencia social, por un lado, y de una nueva crisis, por el otro, superpuesta a la que le había dejado Mauricio Macri, hecha de un déficit fiscal todavía mayor, aluvional emisión monetaria, espiralización de la inflación, desmadre del dólar y recesión más profunda.

Según cifras oficiales, el paquete de asistencia a empresas, asalariados, sectores sociales y territorios se elevará entre abril y junio a 5,6% del PBI, alrededor de 1,7 billón de pesos. El mismo, indicó el Ministerio de Economía con algo de autobombo, es similar al de países como Alemania y Reino Unido y superior a los de Brasil, China, Corea del Sur, Italia, España y Francia.

El problema es que, al revés de esos países, la Argentina no tiene quién le preste. Mientras intenta cerrar un acuerdo con los bonistas extranjeros para evitar un default total y recuperar el acceso al crédito –algo que, en teoría, debería definirse el próximo viernes–, Martín Guzmán debe financiar la emergencia a pura emisión monetaria.

Por momentos, el ministro siente acrofobia ante los niveles que alcanza la base monetaria y le recuerda a Fernández que la soga no es infinita. Este entiende y, conforme la curva epidemiológica se aplana, por eso ahora matiza su discurso sanitarista con iniciativas de cierta apertura de la cuarentena.

 

 

El incremento del dinero circulante es todavía más decisivo en la formación de la tormenta posible que el agujero de las cuentas públicas: el gasto de emergencia no tiene por qué mantenerse cuando esta pase, pero los pesos seguirán dando vueltas en la economía.

La ortodoxia sostiene que la inflación es un fenómeno exclusivamente monetario, algo tan tautológico como afirmar que el calor es uno térmico. ¿Y la latitud, la humedad, la altitud…?

 

 

El tema es más complejo –sobre todo en la Argentina– y está compuesto, además, por rigideces de mercado, expectativas, reflejos de los agentes agilizados por la experiencia y, fundamentalmente, las tensiones del dólar. Ahora bien, decir que la emisión monetaria no es el único combustible de la inflación no debe llevar a suponer que no tiene nada que ver con ella.Solo desde la llegada de la pandemia al país en marzo, la base monetaria se incrementó en un 40%. Con todo, las ineficiencias de los canales de crédito y el pase de plazos fijos no renovados a depósitos a la vista, que incrementó el nivel de encajes exigidos a los bancos, hicieron que buena parte de ese dinero haya quedado provisoriamente embalsada en el Banco Central. El futuro es otra cosa y las necesidades de financiamiento del plan para mantener vivos a empresas y consumidores comenzarán recién ahora a sentirse a pleno.

 

 

Cuando, con tratamiento o vacuna, el COVID-19 ceda, la economía tenderá a normalizarse y será necesario aspirar los pesos excedentes para evitar, cuando menos, una espiralización de la inflación y, en un extremo, una híper.

Si las autoridades apelaran a las recetas típicas, dispondrían elevadas tasas de interés que profundizarían una recesión que este año soplará su tercera velita. Para Fernández, además, implicaría una reversión total del programa que lo llevó al poder que mantiene unido el heterogéneo Frente de Todos.

Mayores tensiones en el mercado del dólar también son parte de la tormenta que se otea y, en un extremo, podrían hacer que ningún premio en tasa fuera suficiente para convencer a los inversores de quedarse en pesos. 

El dólar avisa y no traiciona: el Gobierno le teme al empinamiento de los tipos de cambio paralelos, solo efímeramente contenidos por las recientes limitaciones a los fondos comunes de inversión la dolarización de carteras. Abril fue demasiado verde.

 

Fuente: Rava Bursátil.

 

El fin de semana, el Banco Central fue por más y limitó el acceso al mercado de varias categorías de empresas y directamente lo clausuró para sociedades de bolsa que habían logrado la inscripción como agentes de compensación y liquidación. ¿El camino de la regulación hardcore, el mismo que nos trajo hasta aquí, será el que ofrezca la solución?

Con sus valores recientes, la brecha entre esos dólares paralelos –pero legales– y el oficial ya ronda un preocupante 70%, muestra de expectativas acuciantes de devaluación del tipo de cambio del cepo. Cuando esto ocurre, los importadores suelen anticipar sus operaciones para aprovechar la cotización presente y los exportadores demoran sus ventas a la espera de un premio mayor. Lo primero aún no se percibe porque la actividad está bajo cero, pero lo segundo se hace evidente en liquidaciones de exportaciones de soja 30% menores a las ya reducidas de hace un año y en la decisión de los productores de guardar en silobolsas todo lo que no deba ser vendido estrictamente para cubrir costos. Todo es historia: en promedio, la brecha fue similar en 2013 y llevó en enero de 2014 a Cristina Kirchner y a Axel Kicillof a resignarse y dejar correr el tipo de cambio oficial.

 

 

Inflación acelerada, tasas recontraaltas y huida del peso a toda costa son los fantasmas que conviene ahuyentar cuanto antes. Para no volver a escuchar hits bolicheros de los tardíos 80 como el plan Bonex, algunos economistas, como Carlos Melconian, proponen apagar el surtidor de pesos y, en lugar de eso, emitir una cuasimoneda nacional, híbrido entre bono de deuda y moneda no convertible a dólares, algo hasta ahora rechazado en la Casa Rosada. Pero la receta tiene efectos adversos: tomó cinco años terminar de rescatar los patacones, las lecops y las otras 14 especies nativas paridas en el caos de 2001.

Si Fernández pensaba que el legado de Macri era el revival de la crisis que le tocó enfrentar con Néstor Kirchner, la pandemia lo contradice. Su verdadero 2003 será la crisis que dejará el virus, que esta vez deberá enfrentar en condiciones más adversas. En efecto, ¿la recuperación de China será vertical, tal como era su crecimiento en los buenos viejos tiempos de la supersoja? ¿Qué será del Brasil de Jair Bolsonaro, el principal socio del país, que parece deslizarse hacia una crisis humanitaria, económica y política de calado?
 

 

Tal vez este panorama –para peor, con una economía que, antes de la pandemia, ya se había encogido a su tamaño de 2010– explique cuánto se juega el Gobierno en la negociación de la deuda. Recuperar un acceso razonable al crédito le daría una herramienta clave en la pelea que viene.