En la era de la política visual, gestual y vacía, muchos dirigentes suelen abusar del valor de las imágenes. A través de estas, y de su edición y difusión cuidadas, pretenden transmitir mensajes que, a veces, resultan fallidos. Es lo que ocurrió ayer, cuando Karina Milei y Patricia Bullrich posaron para fingir normalidad y contener el peligro de desmoronamiento del artefacto de la extrema derecha.
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La secretaria general de la Presidencia, radiante, aparece de frente, protagonista, magnánima y sonriente. La jefa del bloque de senadores ultras transmite convicción al acompañar su discurso con su puño izquierdo. Hablan, se supone que en los mejores términos, de la unidad del Gobierno.
"Reunión con Karina, trabajando siempre juntas por las transformaciones que lidera el Presidente Javier Milei", posteó la senadora rebelde, llamando, con afecto, a la hermana del mandatario por su nombre de pila.
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Semiología de una foto
Lo anterior es lo que se quiso transmitir. Algunas personas recibirán el mensaje buscado –que la interna no existe–, pero otras pueden advertir matices importantes.
El primero es que la reunión fue una impostación.
El segundo, que la guardiana del Presidente aparece inconvenientemente artificial, excesivamente pasada por un filtro fotográfico de suavizado de piel, y obsesionada por lucir joven y bella.
El tercero, que el acting fue difundido solamente por la legisladora díscola, quien aceptó –en aras de un cese del fuego precario– aparecer esta vez en un escalón inferior y subordinado.
Por último, esta aparece de espaldas, sin identidad y sin mostrar su rostro, sus sentimientos ni sus intenciones. Borrada.
Con esa imagen, se supone, el conflicto queda desactivado, al menos en su dimensión pública. Sin embargo, la imagen de esas dos mujeres remite a algo más: la política limitada a una dimensión hiperpersonalista, alejada de la gente para la que, se supone, se hace.
En efecto, Karina Milei y Patricia Bullrich no eligieron mostrarse en una recorrida por un barrio popular o por una fábrica. Tampoco en una reunión más coral. Se juntaron en una oficina, a solas –salvo por la presencia supuestamente furtiva de la cámara– y con un café de por medio. Eso refuerza la pregunta por cuál es el nudo de la pelea que buscan asordinar.
¿Esa disputa tiene que ver con intereses populares o de casta? ¿Esa forma de la política merece tal nombre o es apenas un nuevo episodio de las actividades cupulares que monopolizan dede hace años la política argentina? ¿Está la gente, de alguna manera, en esa escena?
Desde afuera, podría decirse, mira la gente que, aislada entre sí, no es mirada por nadie.
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Imagen generada con inteligencia artificial.
Vivimos la era de la soledad.
Había una vez un circo
En una de sus frases más acertadas, María Eugenia Vidal suele decir que la política se ha convertido en "un circo sin gente". Que ella misma sea –con sus selectividades, apariciones, omisiones y eclipses– muchas veces parte voluntaria de esa anomalía no limita el mérito de su diagnóstico.
La foto que encabeza esta edición de desPertar es más que un intento fallido de simular normalidad donde no la hay. Es una expresión profunda de dos descomposiciones.
Una, la de un gobierno que, como dice Carlos Pagni, "vive en las redes", pero –agreguemos– termina por comprobar que la política existe aunque la ningunee.
Dos, que esa política, al menos en su forma realmente existente, ya no tiene contornos verdaderamente democráticos, sino hiperpersonalistas, alejados de los intereses, deseos, temores y sentimientos populares. Es el circo de Vidal.
En el fondo, se trata de una demostración impresionante de la "democracia de audiencia" de la que habló el politólogo francés Bernard Manin, en la que los partidos políticos son cáscaras vacías, la competencia electoral se mediatiza –a través de la TV y, ahora, de las redes sociales–, los programas y las ideas desaparecen y los liderazgos se generan en base a una simple agregación de apoyos individuales, aislados entre sí.
Definitivamente, la política de masas ha mutado en aislamiento y soledad. No solo en Argentina, pero, lamentablemente, especialmente en Argentina.
El marquito de la foto
En el fondo, ¿a quién le importa si Karina Milei y Patricia Bullrich se llevan bien o se detestan?
¿Qué las separa más que sus intereses personales, qué concepción de la política o de la economía, qué idea sobre la importancia de la construcción de consensos y cuál sobre la validez de la represión brutal?
¿A quién, si esa pelea es parte o no de la mamushka de internas que suma a Santiago Caputo a la ecuación y que, por intereses privadísimos, no deja de erosionar al Gobierno?
Ayer nomás, Karina M. "ganó" con la foto, pero Bullrich "se impuso" al obligar al Gobierno a posponer el tratamiento en el Senado del pliego para jueza de María Verónica Michelli.
En tanto, Milei salió por primera vez a defender en público su "derecho" a retirar la postulación de esta por el pecado de ser cuñada de un periodista que él, personalmente, detesta y teme, como Hugo Alconada Mon, cosa que, insólitamente, parece haberse naturalizado. Le bastó para eso con repostear un mensaje en X del exsecretario letrado de la Corte Suprema y exjuez en lo criminal de la Ciudad Ricardo Manuel Rojas.
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Asimismo, la exministra de Seguridad y ahora senadora sin rostro Bullrich recibió del Presidente cierta reparación tras la aceptación del acting de subordinación a Milei Hermanos. "Masterclass", calificó la reacción de esta a la marcha por Ni una menos, que mezcló la apropiación de la reducción –por demás muy discreta y provisoria– de los femicidios conseguidos por políticas provinciales con barbaridades como la alusión a un supuesto "partido feminista".
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Circo sin gente.
Todo el poder a los lobbies
En una política hiperpersonalista y concebida como la construcción de poder a espaldas de la gente –un cratos sin demos –, lo que se expresa son intereses de cúpula. Personales, desde ya, y más profundamente los de lobbiescon una capacidad de incidencia desproporcionada respecto de la voluntad popular.
La hora del voto debe ser valorada, pero la democracia –al menos tal como se la entendía hasta el momento no tan reciente, pero vago en el que se desnaturalizó– no se limita a ello. También –y acaso fundamentalmente– está hecha de opinión pública, reclamos, manifestaciones, huelgas… Sin embargo, en la democracia sin pueblo que deslumbra a magnates que quieren convertir la Argentina en un laboratorio de monstruosidades nada de eso encuentra incidencia.
Cientos de miles de personas pueden reunirse en diversas ciudades del país una, dos, tres o cuatro veces para defender la universidad pública, pero nadie escucha su reclamo.
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Jubilados pueden juntarse cada miércoles en torno al Congreso, aunque saben que solo será para ser molidos a palos y gaseados por agentes de policía sin padres ni abuelos.
Ayer nomás, una impresionante multitud de mujeres y también de hombres sensibilizados por la violencia de género de cada día y por el reciente femicidio de la niñaAgostina Vera pueden demandar la reactivación de políticas públicas imprescindibles y la elaboración de narrativas que deploren esa locura en lugar de relativizarla o incluso legitimarla, pero no logran influir.
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La política no escucha y, por eso mismo, se da un baño de inmersión en ácido.
La ficción de la grieta
En la política hiperpersonalista, hecha de alianzas y de rupturas que se fraguan en minúsculas mesas de café, el recurso a la grieta no es más que la fabricación de una ficción generalizante y, por ende, pretendidamente legitimadora de cuestiones que sobrevuelan muy por encima de ella. En esa órbita alta, circulan los negocios grandes, las desgravaciones impositivas decididas a dedo, la reforma laboral redactada en estudios jurídicos que atienden a grandes empresas, los beneficiarios vitalicios del RIGI y del Súper-RIGI, los vivillos y los adornis…
En el fondo, la grieta paraliza a la sociedad, pero, ante ciertas situaciones de fondo, es asumida ampliamente como una ficción: si la gente comprara de verdad la agonía de la "batalla cultural", el cuco del "socialismo asesino" y el "riesgo kuka", a esta altura se estaría matando en las calles.
Afortunadamente eso no ocurre, ¿pero qué le queda por creer?
La oposición, por su lado, debería apostar a una forma política más parecida a la democracia extraviada, atenta a los reclamos, necesidades y sensibilidades de la base y menos dada a las mesas de café.
Sin embargo, la mutación de la política no perdona ni a quienes deberían apelar a otras lógicas.
Fatalmente carente de brújula, el gobernador de La Rioja Ricardo Quintela intentó subirse a la nueva revolución de Carolina Serrano proponiendo públicamente una alianza con el peronismo.
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Eso no difiere demasiado de lo que plantean referentes –decir "dirigentes" sería un pecado de grandilocuencia– como Guillermo Moreno y otros, que encuentran algo interesante en Victoria Villarruel.