Si el Mundialno distrajo mayormente la atención de la opinión pública sobre los grandes temas nacionales, su finalización, lamentablemente con derrota en la final, marca desde hoy el inicio de una nueva etapa. En un sentido, si no fuera porque los años duran estrictamente 365 días, podría decirse, figuradamente y dada la velocidad que adquirirán desde ahora los acontecimientos, que ya comienza el 2027 electoral.
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Apenas pasadas las siete de la tarde de ayer –ni bien terminado el partido–, Javier Milei, le agradeció a la Selección, igual que millones de argentinos orgullosos por la entrega, el desempeño y el comportamiento a la vez competitivo y ejemplar.
Poco después, acaso tardíamente, atinó a montarse a una ola que subirá todavía un poco más antes de declinar velozmente: el subcampeonato será acompañado por un feriado nacional cuando la delegación decida juntarse con la gente, probablemente mañana.
Cuando, como se dijo, la ola decaiga, comenzará la etapa nueva: la pelea por su reelección, que de concretarse, conllevaría el inicio de una era de hegemonía de la extrema derecha, con control del Congreso y, en buena medida, de un Poder Judicial que está colonizando sin mayores resistencias.
El clima futbolero que comenzó el 11 de junio se extenderá durante la llegada de los jugadores al país esta tarde y más aun mañana, cuando reciban el merecido calor popular. Ayer, tras el 0-1 con España, Lionel Messi lloró y conmovió con algo que debe entenderse como una despedida y el Obelisco se volvió a colmar con una multitud. Todo eso flotará en el aire.
Pronto se sabrá si la guerra judicial entre el Gobierno y la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) inviabiliza la invitación a la Casa Rosada extendida por Milei a los futbolistas, desde las intenciones facilitada por la oferta del Presidente de vaciarla de funcionarios. O, simplemente, si aquellos mantienen la decisión de revertir viejas tradiciones y, tal como lo hicieron después de Catar en tiempos de Alberto Fernández, evitan cualquier roce con la grieta.
Un juego, un gesto de alto impacto
El Mundial fue, más que una distracción, un recreo permitido, durante el cual millones de argentinos se dieron el permiso de jugar a que el resultado de un Brasil-Japón, por dar un ejemplo, era algo importante. El goce vale y también la inocencia temporal, sobre todo cuando la realidad es tan árida para las mayorías.
El Argentina-Inglaterra, sin embargo, trajo la novedad política fuerte de que la bandera que reafirmaba que "Las Malvinas son argentinas", sostenida por un grupo de jugadores, hizo más por esa causa que las idas y vueltas rituales, poco comprometidas y a veces rayanas con la claudicación del gobierno de extrema derecha.
Milei y su gente quedaron confundidos ante el impacto de ese gesto, que hasta contribuyó a meterle un palo más a la rueda al proyecto de extranjerización irrestricta de tierras.
La bandera hizo polemizar a la prensa internacional, chillar de bronca al gobierno ocupante –el del Reino Unido– y a los representantes de la población implantada de kelpers, y hasta sentar postura al gobierno de Donald Trump a favor de la libertad de expresión de los jugadores argentinos.
La ministra Alejandra Monteoliva, vocera voluntaria de la censura de FIFA, quedó offside, determinó el VAR.
Fue, en lo político y en lo internacional, lo más relevante que el Mundial le dejó a la Argentina.
Va a ser muy lindo hacer un puente
El fútbol entendido como un hecho cultural que sirve de puente intergeneracional, ayuda a reconfigurar la idea de "lo argentino". Lo mencionado sobre Malvinas es una parte importante de eso.
El fútbol constituyó durante 39 días una excusa para el encuentro. En una interesante nota en La Nación, Jorge Liotti escribió que en el escenario mundialista hubo "dos protagonistas: el equipo y la gente, enlazados por una conexión pasional que sólo fenómenos muy extraordinarios pueden lograr". No hubo entre ellos lugar "para ningún tipo de intermediación institucional o política", en especial del Estado, siguió.
En referencia a la propuesta de Milei de desalojar la Casa Rosada para hacerles lugar a los jugadores, el periodista señaló que esa sería "simbólicamente (…) una imagen muy fuerte: el Estado se retira de su oficina central al asumir que en estas circunstancias puede enturbiar la fiesta. Es una señal de saludable pragmatismo; también una admisión implícita de que las nociones de felicidad popular y política ya son incompatibles", añadió.
Habrá que ver si el convite encuentra eco: cabe recordar que Fernández había hecho una propuesta similar, pero que ni así fue aceptada hace algo más de tres años y medio.
En su nota, Liotti cita un estudio del consultor Fernando Moiguer que indica que el 80% de los jóvenes se declara "muy orgulloso del país que tenemos" –por encima del 60% que se registra en el total de todos los cortes etarios– y el 71% prefiere seguir viviendo aquí que en cualquier otro país –bien por encima del 54% promedio–.
"Hay un nuevo fervor por lo argentino. En los 90 la Argentina era todo lo malo; todo lo lindo estaba afuera. Ahora eso cambió, especialmente por los jóvenes, ya que el adulto se identifica más con la protesta, la lógica del tachero. Pero ese fervor joven no es un amor por el himno, por Aurora y la escarapela. Es un amor por el mate, el fernet, la amistad, la juntada. Es la gente y esa capacidad hermosa de ritualizar cualquier cosa y de buscar exportarla con orgullo", añadió.
Esto es relevante y, aun con ciertos desbordes, se ve en los mundiales, pero también en cada domingo de cancha: la recreación de lo comunitario, nueva victoria sobre una "batalla cultural" que se empeña en imponer un darwinismo extremo.
El fútbol ha hecho más de lo que se le podía pedir por la idea de sociedad. La política, previsiblemente, volverá ahora a restaurar el imperio de la grieta.
Más allá de la defenestración de Adorni, durante el Mundial 2026, Milei avanzó unos cuantos casilleros en la colonización del Poder Judicial, mediante la aprobación en dos tandas en el Senado de los pliegos de 103 pliegos enviados por el Ejecutivo. Entre ellos hay que destacar los de Ana María Juan, la esposa de Marcelo Martínez de Giorgi, el juez que va vaciando la causa del Libragate; Emilio Rosatti, hijo del presidente de la Corte Suprema Horacio Rosatti, y María Julia Sosa, secretaria del juez federal Julián Ercolini.
Los datos de actividad, en tanto, arrojan el espectáculo de una gallina panzona y encadenada al suelo tratando de levantar vuelo, con más y más cierres de empresas, pérdida de puestos de trabajo de calidad y retracción del consumo.
Es tal la debilidad del mercado interno que en junio hasta el superávit presupuestario se vio comprometido: el ancla fiscal tendrá patas cortas mientras se base en el ajuste puro y duro, lo que no hace más que deprimir la economía y erosionar la recaudación.
Tiempo de definiciones para Milei
El subibaja de la política y la economía confunde. La imagen de Milei parece haber detenido su deterioro y mejorado relativamente en algunas mediciones, como el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella, que arrojó en junio un rebote de 3,9%. Sin embargo, las caídas acumuladas en los seis meses precedentes siguen sin ser compensadas.
¿La causa? La penuria de los ingresos que no alcanzan y la percepción de que el país va en la dirección equivocada.
Los días y semanas que vienen definirán el tono de la economía y, probablemente, de la paciencia popular ante un plan económico que, pruebas al canto, da para lo que da.
El peronismo necesita de ese recurso para evitar un cisma que luce cada vez más probable.
La dirigencia que rodea a Axel Kicillof hace oídos sordos –aunque cada tanto responde con filo–, pero desde La Cámpora ya no dudan en compararlo con Augusto Vandor –no podría pensarse en una referencia menos feliz– o en llamarlo "hombrecito".
En lo internacional, se sabrá pronto si la guerra de Trump en Irán deriva en nuevas y más duraderas disrupciones de los precios de la energía, las materias primas en general y el dólar. En un escenario extremo, la Argentina podría ganar mucho en términos comerciales y perder mucho en términos financieros.
Además, las elecciones brasileñas del primer domingo de octubre están a la vuelta de la esquina, por ahora con favoritismo de Luiz Inácio Lula da Silva sobre Flávio Bolsonaro, el hijo candidato del expresidente encarcelado por golpista.
Apenas más adelante, el 3 de noviembre, el propio Trump enfrentará su destino en las midterms, que amenazan con convertirlo en un prematuro "pato rengo".