Una persecución desde el Caribe hasta el Atlántico Norte. Un buque con petróleo de Venezuela abordado por militares de Estados Unidos. La presencia de una "flota en las sombras" de Rusia para escoltar al carguero. El secuestro de Nicolás Maduro, la aplicación del Corolario Donald Trump y la obsesión del republicano por Groenlandia depararon este miércoles una historia de piratas.
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Es una historia peligrosa, dado que el cruce de barcos de guerra de Washington y Moscú supone rociar la tierra de nafta –de petróleo, en este caso– con un fósforo en la mano. Y el fósforo lo sostiene Trump para moldear a garrotazos un orden mundial a su gusto.
#BREAKING Despite Russia deploying a submarine to protect the tanker Bella 1 in the Atlantic Ocean, U.S. airborne forces began helicopter landings on the tanker minutes ago. An operation is currently underway to seize the tanker belonging to Russia’s shadow fleet.
El fotograma de lo ocurrido, parte de la película que tiene en vilo al mundo, mostró al carguero Marinera –antes llamado Bella 1– perseguido durante dos semanas desde las costas venezolanas por haber eludido el cerco impuesto por el Comando Sur a Venezuela. Al final fue interceptado este miércoles por la Guardia Costera norteamericana.
La sorpresa de último momento fue el intento improvisado de un cambio de bandera con el que los tripulantes trataron de hacerlo pasar por un buque ruso para disuadir a los estadounidenses. En paralelo, se constató que la "flota en las sombras" que lo acompañaba incluía un submarino. Finalmente no hubo enfrentamiento ni resistencia y los corsarios del siglo XXI se lanzaron al abordaje.
Donald Trump y Vladímir Putin: juegos de guerra
Llama la atención el gesto de Rusia, por ahora sólo un mensaje. Estados Unidos sospecha que ese tipo de barcos son usados también para el transporte de armas y de personal militar y de inteligencia, aunque el Marinera iba en sentido opuesto, de regreso a Europa. ¿Llevaba algún material o personal que mereciera escolta? Pronto debería saberse.
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Desde su primer mandato, Donald Trump ha mantenido una relación ambigua con Vladímir Putin: rivalidad y sintonía.
El buque petrolero estaba incluido desde 2024 en la lista de naves sujetas a decomiso por parte de Estados Unidos en el marco de las sanciones petroleras aplicadas a Venezuela y, de hecho, zafó meses atrás de un primer intento de intercepción.
Poco después de lo ocurrido este miércoles, se informó de un segundo decomiso en el Caribe, el de un buque cargado con dos millones de barriles.
Venezuela es un país sitiado, pero ese es sólo el comienzo de una estrategia que Trump, inspirado por el secretario de Estado de origen cubano Marco Rubio –un presidenciable para 2028– y sus halcones, que imagina como un dominó que irá volteando a sus pies una ficha tras otra.
Después de Nicolás Maduro: el dominó
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El secuestro de Nicolás Maduro por parte de militares estadounidenses podría marcar un antes y un después en el orden internacional.
Con el bombardeo y el secuestro de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, Venezuela fue vulnerada el sábado en su soberanía y en su integridad territorial. Aunque el "segundo ataque" o, en un extremo, la invasión son por ahora sólo amenazas, ese país sufre de hecho un estado de guerra dado por el bloqueo naval estadounidense, destinado a impedir exportaciones de petróleo en cumplimiento de las sanciones impuestas, desde ya, por los propios Estados Unidos.
Para una nación que obtiene el 90% de sus ingresos de divisas en base a ese comercio, eso supone una amenaza vital. El ahogo económico, aplicado por encima del desmadre generado por el propio madurismo, es la gran carta de presión para que el régimen se deje gobernar por Trump, con Delcy Rodríguezcomo presunto holograma en el Palacio de Miraflores.
Venezuela es la primera ficha del dominó imaginado por Rubio. La segunda, acaso fácil, sería Cuba, privada desde ahora del crudo subsidiado de Venezuela. Esa es su gran obsesión personal.
Fuera del hemisferio, otra víctima de una futura apertura de la canilla del crudo venezolano –en beneficio de empresas estadounidenses–, que revirtiera el desplome de la extracción en años recientes, sería Irán. Las tensiones económicas, la represión y el extremismo religioso del clero chiita gobernante se han traducido, en los últimos 11 días, en protestas que dejaron, según fuentes de la oposición en el exilio, 29 muertos y 1200 detenidos.
Este miércoles, el jefe del ejército iraní, Amir Hatami, amenazó con una acción militar preventiva debido a la “retórica” contra el régimen islámico, en aparente alusión a la advertencia de Trump de que, si Teherán “mata violentamente a manifestantes pacíficos”, Estados Unidos “acudirá en su rescate”. Diría Sergio Massa: "No nos entra un quilombo más".
Conviene volver a la historia de piratas y detenerse en el lugar en el que se produjo el abordaje.
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Hablar del apetito de Trump por Groenlandia puede parecer en la Argentina una reedición de las Crónicas marcianas. Sin embargo, no lo es porque en el Ártico se juega buena parte del destino del nuevo desorden mundial.
Esa inmensa isla, prácticamente congelada e inhabitable, es una dependencia de Dinamarca. Ese estatus colonial es una permanente fuente de controversia tanto en Copenhague como en Nuuk, donde el movimiento independentista no tremina de tomar vuelo debido a la pobreza del territorio y a su dependencia presupuestaria de la metrópoli.
Flagelos como el alcoholismo y los suicidios cuentan con incidencias demasiado elevadas entre la población de 57.000 habitantes, establecida mayormente en la costa sur.
Controlar Groenlandia ha sido una obsesión para Trump desde su primera presidencia (2017-2021), pero se acentúa en el actual contexto de su agresiva política imperialista.
No alega para fundamentar esa pretensión ningún título legal; lo suyo es pura imposición.
Su fundamentación de que Groenlandia es crucial para la seguridad nacional de Estados Unidos es que Dinamarca en particular y los países europeos de la OTAN en general no hacen nada para asegurar militarmente las aguas circundantes, que describe como zona de paso libre para las armadas de Rusia y China.
Además de bloquear ese tránsito hacia el Atlántico y "su hemisferio" –cada vez más, una autopista por el deshielo permanente que crea el calentamiento global–, imagina usar ese territorio para reforzar la defensa antimisiles de los Estados Unidos y acceder a minerales raros fundamentales para las industrias de alta tecnología y armas. No es que eso le falte a su país, pero, como ocurre con el petróleo, acaparar esos recursos implica privar de ellos a los rivales, sobre todo a China.
El republicano quiere la isla sí o sí, dicen sus críticos, más por inscribir su nombre entre los de los presidentes que ampliaron el territorio estadounidense que por esas consideraciones de fondo.
Como sea, para eso multiplica la presión y lo que un día es una amenaza de invasión, al siguiente es una oferta de compra, cosas, ambas, rechazadas por Dinamarca y la propia administración de la isla.
Su enviado especial para Groenlandia, Jeff Landry, incluso propuso un estatus de independencia en arreglo con Washington. ¿Una opción más viable para el movimiento independentista –si consiguiera debidas garantías de que no seguiría vigente un colonialismo extractivista, aunque fuera de distinto origen– y hasta para la propia Copenhague, algo cansada ya de volcar recursos allí?
Una fuente diplomática europea con la que conversó Letra P afirmó que desde hace meses hay un pequeño grupo de lobistas estadounidenses repartiendo recursos para volcar la opinión pública de Groenlandia a favor de un nuevo estatus.
Estados Unidos cuenta hoy con una presencia militar limitada, la base Pituffik Space, pero quiere más.
La ruptura menos pensada
La pregunta natural es por qué Trump no busca asegurar esos intereses a través de Dinamarca y la OTAN. Sólo se explica por su impronta personal y política, que lo muestra más inclinado a arrancar concesiones unilateralmente que a perseguir sus fines mediante la cooperación.
Eso explica que no dude en humillar más a los socios que a los enemigos (la fábula de la paloma de iglesia expuesta por el gobernador de Salta, Gustavo Sáenz). Sobre los gobernantes de los Estados vasallos de América Latina –los ya existentes, como la Argentina de Javier Milei, y los que vienen– no hace falta hablar. De hecho, al menos en sus declaraciones públicas, trata mejor a Xi Jinping y a Vladímir Putin que a los mandatarios europeos.
De hecho, aunque raspe al líder del Kremlin, no deja de ofrecerle en bandeja, para desesperación de la UE, parte de Europa Oriental. Tanto Rusia como los propios Estados Unidos planean cobrarse lo que desean a expensas de una Ucrania respaldada con retórica por sus vecinos del oeste, pero acaso condenada al abandono.
Francia y Reino Unido planean enviar tropas a Ucrania en caso de un alto el fuego
Un día después de la reunión en París con la Coalición de Voluntarios, el primer ministro británico, Keir Starmer, presentó el plan acordado con el presidente francés, Emmanuel Macron, para… pic.twitter.com/NuYseAZrVC
Críticas por no incrementar los presupuestos de defensa, aranceles punitivos, amenazas de invasión… nada le ha ahorrado a Europa.
Esta misma semana se burló de Emmanuel Macron en una aparición ante legisladores republicanos, sin privarse incluso de imitarlo de modo burlón y de revelar que le pidió por favor que no revelara ante la gente su claudicación en materia arancelaria.
Trump se burla de Macron con una imitación: "Emmanuel me dijo: Lo que quieras Donald, por favor, no se lo digas a la población, por favor Donald, te lo ruego." pic.twitter.com/WrQATrD4jh
Decir que los Estados Unidos de la extrema derecha trumpista están rompiendo el orden internacional no es idealizar el anterior a esta experiencia. De hecho, la legalidad global y la ONU son vulneradas cada vez que una potencia grande así lo dispone. Lo que es inexplicable es que países frágiles como la Argentina renuncien a la herramienta del derecho, su único escudo y argumento para sostener, por caso, la causa Malvinas. En un nuevo desorden formado a garrotazos no existiría ni siquiera una esperanza teórica de recuperar, alguna vez, esa parte irredenta del territorio nacional.
La ruptura del orden conocido implica mucho más que lo institucional recién consignado. Supone dislocar, acaso de modo permanente, las alianzas y bloques conocidos, por empezar con el transatlántico, posibilidad probada por las advertencias alemanas –improbables– de conflicto armado en caso de avance de hecho sobre Groenlandia y por las críticas a Estados Unidos del gobierno británico.
Sí, hasta la "relación especial" anglo-estadounidense, una de las más antiguas y estables de los últimos cien años largos –sólo la ignoró Leopoldo Galtieri en 1982–, parece quedar en suspenso, mal que le pese al premier laborista Keir Starmer.
Embed - Una de Piratas
Trump está rompiendo todo. El futuro es una distopía.