LA QUINTA PATA

Donald Trump, Irán y el riesgo de otra guerra inconclusa

Los patrones de Gaza y Venezuela. ¿Qué significa “ganar” para Estados Unidos e Israel? El deadline de noviembre. Argentina y los límites del dolor económico.

Un escenario probable de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán es que se convierta en una inconclusa, en la que el régimen islamista pierda –junto a sus recursos misilísticos, su conexión con proxies regionales y sus aspiraciones nucleares– buena parte de su capacidad de daño, pero aun así logre subsistir. ¿Qué significaría eso para el mundo?

Cuando se omiten las penurias que el conflicto ya causa y seguirá causando a personas de carne y hueso en todo el teatro de operaciones, la ofensiva de Donald Trump y Benjamín Netanyahu da lugar a otro tipo de preocupación: la posibilidad de que una disrupción duradera de los mercados financieros globales, comenzando, como se vio en la última semana, por los del petróleo, contagie las economías reales de las grandes potencias y de los países emergentes –como la Argentina por igual, con secuelas de inflación, recesión y violentas devaluaciones monetarias. En este sentido, la gran pregunta de los analistas apunta al tiempo en que duraría el conflicto.

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Donald Trump reunió el sábado a sus peones latinoamericanos, a quienes comprometió en la creación de un "escudo" regional contra el narcotráfico. Javier Milei, claro, es de la partida.

Donald Trump reunió el sábado a sus peones latinoamericanos, a quienes comprometió en la creación de un "escudo" regional contra el narcotráfico. Javier Milei, claro, es de la partida.

La guerra ingresó este sábado en su segunda semana y nada indica que esté por terminar. El duro castigo que los dos aliados están infligiendo a los depósitos de misiles y drones iraníes, a sus plataformas de lanzamiento, a sus instalaciones de producción y a otras infraestructuras indica que Irán tendría motivos para buscar, en un tiempo no demasiado distante, una salida negociada.

Asimismo, los peligros económicos mencionados darán lugar a presiones de numerosos países para que el fuego se limite en el tiempo, mientras que la proximidad de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos y el carácter impopular de la ofensiva deberían limitar a este Trump 2.0, que pasó del aislacionismo de su primer mandato a la belicosidad del actual.

Esos son elementos que jugarían a favor de una guerra corta –de más de un mes, pero de menos de tres meses, por decir algo–. Sin embargo, las características de esta ofensiva hacen pensar en la posibilidad –sólo eso por ahora– de un desenlace híbrido.

Los objetivos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu

Estados Unidos e Israel lanzaron una campaña de bombardeos de altísimo impacto. Irán responde con tenacidad, pero sobre el final de la primera semana resultó claro que sus réplicas fueron menguando en cantidad, en parte por los daños que le causaron los ataques recibidos y en parte por la necesidad de dosificar existencias y capacidad de producción de misiles y drones que son limitadas.

Los objetivos de los aliados no son necesariamente los mismos.

Los de Israel son conocidos. Prioritariamente, cuanto menos limitar y, en un extremo, aniquilar el plan nuclear de Irán, una "amenaza existencial" por el Estado judío. Segundo, acabar con la capacidad del régimen de Teherán de alcanzar territorio israelí con sus proyectiles.

Las metas de Estados Unidos son menos claras, lo mismo que el tipo de salida que sus estrategas imaginan a esta aventura. Asimismo, los plazos de un país y otro para el logro de los objetivos pueden ser diferentes: ¿en qué afectaría al Estado judío un conflicto extenso si lograra mantener el apoyo de su socio?

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Las penurias de la población iraní crecen en el contexto de la guerra. Por ahora, pasa llamativamente por debajo del radar el ataque, atribuido a Estados Unidos, a una escuela primaria para niñas en el sur de Irán que provocó al menos 168 muertes.

Las penurias de la población iraní crecen en el contexto de la guerra. Por ahora, pasa llamativamente por debajo del radar el ataque, atribuido a Estados Unidos, a una escuela primaria para niñas en el sur de Irán que provocó al menos 168 muertes.

En Washington la lectura es diferente.

La lengua floja de Donald Trump

Las motivaciones mencionadas para el caso de Israel también valen para Washington, pero el lenguaraz Trump y sus no menos lenguaraces funcionarios no han logrado ni justificar el "peligro inminente" que los llevó a atacar sin aval del Congreso –situación que se mantiene– ni a precisar cómo conciben el final del camino. El peligro de una erosión suplementaria de la figura del presidente antes de las midterms es tangible.

El republicano habló de entrada de "cambio de régimen", luego señaló que las bajas masivas de figuras de la teocracia chiita impedían establecer puentes de negociación y finalmente exigió tener voz y voto en la designación del sucesor del asesinado líder supremo, Alí Jameneí. Así, pasó de animar a la población a derrocar a los ayatolás a aceptar que estos sigan liderando el país en tanto eso no suponga una amenaza de corto o mediano plazo para Estados Unidos.

Tal vez escaldado por la experiencia de la guerra en Gaza que siguió al dramático ataque terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023, Netanyahu parece más medido en el habla que su socio estadounidense. En esa guerra, cuyas características genocidas le valieron al primer ministro israelí un proceso por crímenes de guerra y de lesa humanidad, con orden de captura internacional incluida, en la Corte Penal Internacional (CPI), su promesa inicial de aniquilación del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás, un aliado de Irán) terminó probándose de imposible cumplimiento.

Israel y las lecciones de Gaza

Hamás quedó extremadamente debilitado como para atacar a Israel con cohetes o con incursiones como la del 7-O, pero sigue mandando en el devastado territorio, cosa que no logró impedir ni siquiera el uso de tropas terrestres israelíes. He ahí una primera guerra inconclusa, tal vez un signo de época que obliga a revisar toda la nomenclatura conocida.

¿Será ese el modelo que la realidad imponga para el Irán posterior a 2026?

Trump es un hombre extremadamente audaz –al extremo de la imprudencia– y también intuitivo. Otro caso de guerra inconclusa fue el de Venezuela, aunque, a diferencia del de Gaza, no por imposibilidad práctica, sino por diseño original.

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El secuestro de Nicolás Maduro, en enero último, le bastó a Donald Trump para poner al régimen chavista bajo su control.

El secuestro de Nicolás Maduro, en enero último, le bastó a Donald Trump para poner al régimen chavista bajo su control.

Los bombardeos y el operativo comando que el 3 de enero de 2026 terminó con el secuestro de Nicolás Maduro nunca tuvieron como objetivo la ocupación militar de Venezuela, sino simplemente de generar una sucesión dentro del régimen que asegurara el sometimiento del país a Estados Unidos. La figura de Delcy Rodríguez aseguró esa transición, sin que halcones como Diosdado Cabello y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López –ambos, igual que el dictador, a tiro de captura y juicio en Estados Unidos–, hayan osado desafiar el esquema.

¿En busca de una salida a lo Venezuela?

Trump va y viene; él es así. El llamado inicial a la rebelión interna y la proclamación del objetivo del cambio de régimen fueron seguidos por apelaciones a una negociación y a la búsqueda de un equivalente iraní de Delcy R. Con todo, la primera semana de violencia se cerró con la exigencia de una "rendición incondicional".

Sin embargo, como se sabe, el jefe de la Casa Blanca tiene un diccionario propio. ¿Qué significará para él "rendición incondicional"?,

Abusivamente, interpretó en esa clave declaraciones del presidente iraní, Masud Pezeshkian, sobre la intención de su país de no volver a atacar a los vecinos del golfo Pérsico, sino sólo a bases y objetivos de Estados Unidos instalados en ellos. La realidad es otra: la Guardia Revolucionaria –fuerza de élite e ideológica del régimen, paralela a las Fuerzas Armadas regulares– bombardea aeropuertos, hoteles y otras instalaciones.

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Si allí anida un posible punto de fractura en el liderazgo iraní –con el ala política actuando de modo más pragmático y con la militar apostando a una radicalización y extensión de la guerra para testear el aguante político de Washington–, Trump no ayudó a Pezeshkian al describirlo como emisor de una rendición.

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Las urgencias de Donald Trump

El norteamericano está urgido. Eso demuestra cuando habla de plazos para la guerra –"cuatro o cinco semanas", se ató las manos–, cuando dice que el cumplimiento de los objetivos militares "va más rápido que lo previsto" y cuando anticipa golpes inminentes y definitivos.

También, cuando, impaciente por la capacidad de respuesta del enemigo –menguada, pero persistente–, explora la idea absolutamente impopular de una intervención acotada de tropas terrestres o la fantasía de una invasión de kurdos iraníes apostados en Irak desde el noroeste. Esto último, reportado por CNN como una operación en curso de la CIA, demandaría meses en materia de entrenamiento y equipamiento, además de resultar probablemente poco desafío para un aparato militar que, si evitara fugas, mantendría alrededor de un millón de hombres en armas.

Los casos de Gaza y Venezuela, así como las perspectivas de la actual confrontación en Irán no se adecúan a las doctrinas conocidas de victoria total –la "rendición incondicional" que pidió Trump– ni de "corte del césped" –acciones bélicas limitadas para mantener periódicamente bajo control las capacidades militares del enemigo–. En cambio, parecen ajustarse más a una idea de degradación máxima de los recursos de Teherán sin una ocupación como las de Afganistán en 2001 e Irak en 2003. Experiencias ruinosas, por cierto, más complejas en el caso de un país extenso de 92 millones de habitantes como Irán e imposibles de vender de nuevo a la opinión pública de Estados Unidos.

La guerra busca nueva doctrina

Así, se abren paso otras expresiones, como la de una suerte de tercera vía definida por analistas como el iraní-estadounidense Ray Takeyh y por funcionarios como el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, como de "contención agresiva".

Sin embargo, la escala de las actuales operaciones parece exceder esa categoría, de por sí una admisión de la imposibilidad de doblegar totalmente al enemigo.

A regañadientes, Netanyahu debió aceptar que no puede –no al menos sin una ocupación del terreno que excede las capacidades militares y políticas de su país– erradicar a Hamás. Ya no alcanza con "cortar el césped" porque las raíces no pueden arrancarse. En la hipótesis que surge de los dichos del propio Trump y de su abandono o redefinición de la idea de "rendición incondicional", tampoco sería suficiente en Irán.

De ser así, la guerra en curso podría suponer una mutación de la doctrina militar reciente para Oriente Medio, que pasaría de la conocida gestión de los conflictos a una administración de la destrucción del enemigo. Algo así como una guerra perpetua –no necesariamente intermitente– de contención.

Esto lleva a otro interrogante y a otra hipótesis. ¿El rival –en el caso que hoy desvela al mundo, Irán– podría quedar tan debilitado que la victoria total sería un objetivo posible sólo en un contexto de guerra civil y disolución de Estado? En tal caso, habría que revisar la propia idea de proyección de duración del conflicto y los cálculos de sus daños sobre la economía global.

¿Y Argentina a todo esto? Apenas una hojita en un vendaval.

Javier Milei, en su burbuja.
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